Pedro Maldonado Ordóñez Editor
Los ojos de Martha Muñoz se humedecen y su voz casi se quiebra. Esta empresaria tiene los recuerdos frescos, no olvida nombres, ni lugares y detalla diferentes hechos que fueron dando forma a La Perla Foods, la empresa que se enfocó en elaborar golosinas que se convirtieron en una suerte de marca país y que este año cruzaron las fronteras para llegar al mercado de Estados Unidos.
Cuenta que fue en 1975 el año en que comenzó esta historia. Su esposo, José Cortez, y su suegro, Alonso Cortez, eran fabricantes de chocolate. "José se graduó en la universidad de ingeniero químico e hizo la tesis sobre el procesamiento de cacao. Allí nació el gusto por elaborar dulces".
La especialidad de la familia política de Martha era el chocolate amargo, aquel que se batía. Pero el joven matrimonio decidió emprender por su cuenta y empezó a elaborar distintas golosinas. Primero compró una bañera de chocolate para elaborar un producto tan sencillo como efectivo.
"Mi esposo compraba las galletas, las cubría con chocolate, las colocábamos en fundas plásticas y las vendíamos en tiendas de la avenida 24 de Mayo e Imbabura, en el centro de Quito". El trabajo se hacía en un pequeño espacio de la casa de la familia Cortez.
Así de simple fue el inicio de esta empresa que hoy produce 110 toneladas de gomitas y 200 toneladas de masmelo (también conocido como malvavisco) al año y que tiene ingresos anuales cercanos a los US$ 2 millones. Para llegar a esos números Martha y José recorrieron un camino lleno de aprendizajes, con retos y lecciones de vida que hoy se mantienen en la segunda generación de esta familia.
De las galletas bañadas en chocolate pasaron a una tipo sánduche, rellena de mermelada de frutilla hecha en pailas de cobre. La receta era de la familia y los recipientes fueron pensados por Cortez, a quien Martha lo describe como un emprendedor lleno de ideas que nunca se quejaba.
El siguiente invento fue un bombón relleno para aprovechar una nueva bañadora y otros equipos que iban llegando a la pequeña fábrica. José y Martha bordeaban los 34 años y ya tenían tres hijos pequeños.
El espacio quedó reducido y estos emprendedores levantaron una planta más adecuada en el sector de La Magdalena, en el sur de Quito, en un terreno de la familia. El trabajo aumentaba y la mente de Cortez no paraba.
Así empezó a investigar la elaboración de gomas de pectina, una fibra vegetal que se encuentra en la manzana y frutas cítricas. "La pectina importábamos desde Florida, es un polvo que genera una textura más suave que la de la gelatina", explica Martha junto a su yerno, Galo del Pozo, quien se encarga de la expansión internacional de La Perla Foods.
A mediados de los años ochenta los productos, que ya llevaban el nombre La Perla, ingresaron a los locales de Supermaxi. La cartera estaba integrada por las galletas recubiertas de chocolate, galletas tipo sánduche, bombones y gomitas. "Con eso nos defendíamos", dice Martha en una entrevista con Forbes Ecuador, en la planta de la empresa, en el sector de Amaguaña, en el Oriente de Quito.
Por esos mismos años, Cortez supo de otro emprendedor que elaboraba masmelos, esa golosina esponjosa que encanta a niños y adultos. Era un negocio asentado en Los Chillos, pero con problemas familiares, según narra Martha. "Mi esposo dijo: ‘vamos a conocer’. El proceso era muy simple y rústico. Con mesas llenas de almidón, moldes de figuras, batidoras y mangas pasteleras. Y estaba ya en las perchas del Supermaxi". Pero el dueño quería vender la empresa.
La pareja adquirió el negocio, se llevó la maquinaria a su planta del sur de Quito y sumó los masmelos, con la marca Spumis, a su oferta. El calendario marcaba la década de los noventa y empezaba una nueva etapa para esta familia y para la empresa que seguía creciendo. "Éramos al menos 12", dice Martha con la voz más calmada, pero igual de emocionada.
Los momentos difíciles también son parte de la historia. Uno fue el feriado bancario de 1999, cuando fue necesario reducir horarios y ajustar sueldos. "Pero aguantamos. Mi esposo renegaba, pero seguía adelante". Además, Cortez seguía pensando en más productos y con ello en la necesidad de nuevas máquinas.
Era finales de los 90 y el fundador de la empresa conoció sobre una máquina para elaborar malvaviscos y donas en Inglaterra. "La compramos, pero llegó desarmada y sin overholear. Casi nos da un ataque, pero mi marido peleó y recibió una compensación para reparar la maquinaria". Todo esto a través de llamadas telefónicas y telegramas, cuando el internet era un lujo y las redes sociales no existían.
Martha se detiene un momento y recuerda una frase que siempre repetía su esposo: "Ser empresario es tener madera de valientes", dice esta empresaria que genera empleo para alrededor de 30 personas.
Un viaje a Alemania y la llegada a Amaguaña
José Cortez era incansable. En su mente siempre surgían ideas y una de esas fue aprender sobre confitería. No lo pensó y en 2000 tomó un avión para irse a estudiar confitería en ZDS Central College of the German Confectionery Industry, en Solingen, Alemania. Allá estuvo dos meses y medio y regresó con un plan: una planta más grande.
Además, llegó con unas gomitas alemanas. Martha las probó y le encantaron, pero él no tenía mucho interés, aunque reconoció que su elaboración no era complicada. "Entonces, empezamos a hacer unas pruebas". El reto era lograr la consistencia adecuada.
En este punto entra en escena Galo del Pozo, quien supo de una maquinaria alemana que estaba en venta en Corea del Sur. "Hubo tensión porque la planta era de locos", dice el yerno de Martha. En la Magdalena ocupaba unos 700 metros cuadrados, pero para esta nueva maquinaria se requería un espacio cuatro veces más grande.
El plan fue traer la maquinaria del país asiático, algo que se logró en medio de algunas adversidades. "Llegaron 19 contenedores", explica Del Pozo. Todo estaba en la aduana y faltaba una serie de permisos y trámites, hasta dar con un lote donde instalar la nueva planta. La empresa buscaba espacios en distintas zonas, desde Tumbaco hasta la Mitad del Mundo.
Y un día llegó una mala noticia: Cortez fue diagnosticado con cáncer. Martha recuerda ese momento: "Él estaba en una reunión cuando llegaron los resultados. Tenía cuatro meses de vida por un cáncer a la columna. Resistió nueve". Todo ocurrió en medio de la negociación del lote de Amaguaña donde la empresa opera desde 2007.
El área del terreno es de 5.140 metros cuadrados y el área de producción ocupa 1.607 metros cuadrados. Tras la muerte de Cortez, Ella se hizo cargo, instaló la maquinaria y asumió la dirección de la operación con apoyo de su yerno.
La internacionalización
Los retos siempre dicen presente en las empresas. En el caso de La Perla Foods uno de esos desafíos fue controlar la humedad de los productos. Entonces Martha tomó algunas decisiones. Una fue contar con una maquinaria específica para elaborar masmelo extruido. "Pedí ayuda a la familia y metimos capital para traer una maquinara desde Holanda, poco antes de la pandemia".
La inversión fue de unos US$ 700.000 y sirvió para ganar mercado con el masmelo blanco que se vende en supermercados, autoservicios y tiendas de barrio. En este punto Martha y su yerno explican cuánto se debe producir para tener rentabilidad. "La orden de producción mínima o batch debe ser de media tonelada", dice Del Pozo.
El capítulo más reciente de esta historia se escribe desde hace dos años. Se planteó exportar y el primer paso fue identificar cuellos de botella. "Uno de ellos era el empacado. Para esto compramos empacadoras que son más rápidas, lo que nos permitió tener mayor productividad". Otra acción fue participar en ferias en el extranjero para conocer las tendencias de las gomitas y los masmelos.
Con las tareas hechas, La Perla Foods apuntó a Estados Unidos. Luego de un proceso de seis meses obtuvo los permisos de la FDA, la administración de alimentos y medicamentos de EE.UU., y desde junio pasado las gomitas y los masmelos de esta empresa ecuatoriana ya se venden en New Jersey. Pasaron 51 años y la firma que fundaron José Cortez y Martha Muñoz cruzó fronteras con sus productos. Los envíos suman 3.488 kilogramos.
"Es una emoción grande", dice Martha y su yerno la complementa: "Lo interesante es que estamos preparados. Nos venimos preparando desde hace dos años. Y la idea es internacionalizarnos con socios en otros países", dice mientras prueba una de las golosinas que conoce como la palma de su mano.
Hoy, la historia continúa y las ideas en La Perla Foods siguen apareciendo, fieles al estilo de Cortez. (I)