Sofía Lara Benítez Periodista
La mora está entre los 20 y 25 ingredientes (frutas, especias y otras hierbas) que se usan para preparar la Colada Morada. Esta bebida tradicional ecuatoriana, que se consume entre octubre y noviembre, conmemora el Día de los Difuntos.
La celebración genera un cambio de precio en la fruta. Según datos publicados por el Ministerio de Desarrollo Económico y Productivo, para 2026 la libra del producto cuesta entre US$ 0,55 a US$ 60. Sin embargo, en la temporada de alta demanda, puede costar entre US$ 1 y US$ 1,50.
No es el mercado internacional el que mueve esa aguja, sino la tradición local. Cada familia tiene su receta, pero la mora nunca falta. Esa demanda cultural concentrada en pocos días empuja los precios al punto más alto del año y convierte a este fruto andino en protagonista de las cocinas nacionales.
Eso que pasa una vez al año en el país es parte de un mercado en proceso de crecimiento y que está avanzado en el comercio internacional. 13,6 toneladas de mora ecuatoriana viajaron al exterior entre enero y agosto de 2026, por un valor de US$ 108.350. Casi todo llegó a Estados Unidos y se realizó un solo envío marginal a Reino Unido, según datos de la Federación Ecuatoriana de Exportadores (Fedexpor), basados en cifras del Banco Central del Ecuador (BCE).
El sector agropecuario y agroindustrial del país, al que la mora pertenece, aporta el 15,8 % del Producto Interno Bruto (PIB), y una de cada tres personas empleadas trabaja en esa rama, según detalla el Atlas Agroeconómico 2026, elaborado por el Ministerio de Desarrollo Económico y Productivo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).
La mora es un rubro de nicho. Pequeña en volumen, pero con una identidad propia ya que crece en los Andes, depende de manos familiares y llega al mundo en forma de pulpa, fruta congelada o mora fresca empacada para viajar en avión.
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Pero su historia empieza mucho antes de cualquier puerto o aeropuerto. En las laderas de la provincia de Tungurahua se cosechan más de 7.000 toneladas al año en 868 hectáreas, en cantones como Ambato, Tisaleo, Mocha, Cevallos, Patate y Pelileo. También en Bolívar, con aproximadamente 4.000 toneladas, en 900 hectáreas, aproximadamente.
Entre las dos provincias se produce cerca del 72 % de la mora que sale del campo ecuatoriano, según datos publicados en la página web del Sistema de Información Pública Agropecuaria y el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (Iniap).
Desde allí, la fruta baja hacia Quito, Guayaquil y Cuenca, y a las plantas agroindustriales que la convierten en pulpa, mermelada o sirope.
Más de 12.000 personas sostienen la cadena productiva de forma directa, y el 83 % de esa fuerza laboral es mano de obra familiar, con las mujeres al frente de la cosecha y la postcosecha. Los predios son pequeños (la mayoría no supera la hectárea) y la planta fructifica todo el año, lo que convierte a la mora en ingreso semanal para economías campesinas que no pueden esperar una sola cosecha anual.
El precio de cosechar a mano
Según estudios de la Universidad Técnica de Cotopaxi, la estructura de costos por hectárea a lo largo del ciclo productivo de la mora asciende a aproximadamente US$ 18.000. De ese total, el 81,3 % corresponde a la cosecha, unos US$ 14.640 en recolección manual y continua.
No se puede cosechar con maquinaria ya que cada baya se recoge a mano, durante toda la vida productiva de la planta. Eso explica por qué cualquier mejora en la eficiencia del jornal tiene un impacto directo en la rentabilidad del pequeño productor.
Frente a ese problema, el INIAP desarrolló la variedad Andimora en 2013, una mora sin espinas. El detalle parece menor hasta que se entiende lo que significa en la práctica. Sin espinas, la fruta llega a la cosecha con menos microlesiones, los hongos penetran menos y la vida útil se extiende.
El rendimiento también cambia de manera significativa ya que pasa de las cinco toneladas por hectárea que da la variedad tradicional, a 18, que puede llegar la Andimora.
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El reto de conservarse entera
La mora tiene una estructura frágil y por eso, más del 20 % de lo que se cosecha se pierde antes de llegar al mercado. Solo el 30,61 % de las unidades productivas tiene acceso a sistemas de riego, según el informe técnico elaborado con datos del ex MAG, INIAP, la Universidad Nacional de Chimborazo y la de Cotopaxi. Sin frío, sin infraestructura, la fruta no aguanta el viaje.
El recorrido desde el campo hasta el consumidor pasa por una red de retail, supermercados, intermediarios y mercados mayoristas. Una cadena larga, con varios eslabones, en la que cada punto de contacto representa también un punto de pérdida si no se cuenta con las técnicas de transporte adecuadas para el producto.
Sin embargo, la transformación agroindustrial es la respuesta al problema de la perecibilidad. La mora sale del campo fresca, congelada (cada baya individualmente a -18 grados centígrados para preservar su estructura) y como pulpa o puré procesado para la industria.
Cada formato tiene su propia logística, ya sea en avión, con tiempos de tránsito cortos y costos de flete elevados; o como la congelada y la pulpa que se transportan en contenedores refrigerados por vía marítima, con una vida útil de hasta 24 meses. (I)