En las oficinas de Ferro Torre, en el norte de Quito, la decoración es sencilla. Hay fotografías enmarcadas que retratan el inicio de la construcción del edificio donde la firma opera hace más de 20 años. En una de las salas de reuniones cuelga una imponente imagen de Antonio Ferro Torre, fundador de la compañía que a principios de la década de los 70 abandonó Chile para regresar a Ecuador y construir un negocio que se reinventó tres veces.
En esta constante evolución, hoy la empresa se dedica a la fabricación de elementos para estructuras metálicas como correas, canaletas, tubos, perfiles, paneles… En 2025 registró ingresos por US$ 110,8 millones, según la Superintendencia de Compañías, Valores y Seguros.
Detrás de esa cifra hay una historia de persistencia y resiliencia. Antonio Ferro Torre incursionó en el mercado de la construcción de estructuras metálicas. Cofundó Ipac con uno de los tantos chilenos que llegaron a Ecuador junto a él.
“En ese entonces, en el país, predominaba la construcción con hormigón y varillas. Eran muy pocos los que trabajaban con estructuras metálicas. Antonio llegó al país para desarrollar ese segmento”, asegura José Pedro Mella, CFO de Ferro Torre.
En 1972, Ferro Torre S.A abrió sus puertas como una distribuidora exclusiva de IPAC en la Sierra. La estrategia de la compañía madre fue crear una red de abastecimiento a escala nacional. A la par se inauguró Manta Dipac, para el mercado de la Costa y Simpac y Compac para el resto del país. Estas dos últimas ya no existen.
A inicios de la década de los 90, Antonio decide dejar Ipac, de la cual era dueño del 40 %. Dentro de las negociaciones logró quedarse con Ferro Torre. A partir de esta decisión empresarial, la firma que lleva sus apellidos dio un giro de 180 grados en su business core.
Cambiar para sobrevivir
Los años 90 fueron una verdadera montaña rusa para las empresas. El país vivió la guerra con Perú en 1995, hubo inestabilidad política y la economía estaba débil. También hubo afectaciones en algunas zonas, especialmente en la Costa, por el fenómeno de El Niño. A pesar de ello, en medio de esta incertidumbre, la decisión de los socios fue mantener vivo el negocio y encontrar un mercado nuevo.
“La compañía se transformó en unwholesaler. Éramos un distribuidor mayorista de materiales de construcción. En nuestro portafolio de productos incorporamos tubería PVC, grifería, cemento… Importábamos varilla corrugada desde Venezuela”, asegura Mella.
Esta primera reinvención hizo que la empresa madurara y descubriera oportunidades en el sector de la construcción que no eran atendidas o que cubrirlas implicaba altos costos para los contratistas, arquitectos e ingenieros a cargo de los proyectos.
En 2000, la empresa decidió invertir para industrializarse. Ferro Torre adquirió maquinaria de segunda mano desde Estados Unidos y Argentina para fabricar planchas de acero.
“Eran maquinarias que estaban botadas y que nadie usaba. Las adquirimos, las repotenciamos y dimos los primeros pasos para convertirnos en una empresa industrial”.
El primer equipo fue una segadora de bobina que servía para desenrollar, alisar y elaborar planchas de acero. También compraron una perfiladora, una guillotina y plegadora con las que se fabricaron las primeras correas y canales. A la par, seguían distribuyendo varillas corrugadas.

Un segundo aire en medio de la crisis
En 2001 la firma abrió su primera planta industrial en Guayas, en la vía a Daule. Esta fábrica empezó con dos líneas de producción de tubos. Ahora, también se fabrican perfiles.
La decisión de abrir esta instalación a cientos de kilómetros de su casa matriz, en Quito, obedeció a un plan logístico. “Las importaciones de materia prima llegan a los puertos de Guayaquil. Movilizarlos hasta la capital implica altos costos y tiempo. En la zona nos volvemos ágiles y eficientes en la distribución de productos finalizados”.
El inicio de la primera década del nuevo milenio fue productivo para Ferro Torre. Empezaba su consolidación en la industria de la conformación y la metalmecánica. Pero en 2008 estalló la crisis inmobiliaria en Estados Unidos que afectó a todo el mundo. Hubo cambios en el precio de commodities como el acero.
“El acero es un insumo altamente volátil, lo que representa uno de los mayores riesgos en esta industria debido a sus largos ciclos de inventario; una caída abrupta en los precios internacionales afecta directamente la rentabilidad”, explica el CFO.
Ante la expectativa de alzas, la empresa se abasteció rápidamente. Esto expandió los márgenes y revalorizó el inventario de las compañías. El precio del acero se disparó de US$ 600 hasta alcanzar los US$ 1.400 por tonelada, convirtiéndose en “un año excepcionalmente generoso en utilidades para el sector”.
La apuesta de los socios fue invertir las utilidades en material. Llenaron las bodegas y apostaron cerca del 50 % del patrimonio de la compañía. Tres meses después, ya en 2009, los costos cambiaron. El acero pasó de US$ 1.400 la tonelada a US$ 550.
“El patrimonio de los socios era de US$ 7 millones y en 2009 tuvimos pérdidas que llegaron a un poco más de US$ 4 millones. Fue la crisis más grande e importante que vivimos como empresa”.
Las pérdidas no fueron la única consecuencia. Los bancos y los proveedores internacionales les cerraron toda línea de crédito.
Ya con Sebastián Ferro, hijo de Antonio, al frente de la compañía, buscaron soluciones y encontraron en la empresa privada su mejor aliado. Se recuperaron y agregaron un nuevo producto a su portafolio.
2009 fue el año de la segunda reinvención. “Salimos vivos de esta crisis gracias a la visión de Sebastián, pero también se tomaron decisiones importantes que en 2010 se cristalizaron”, cuenta Mella.
La empresa introduce al mercado de la construcción soluciones tubulares estructurales de acero. Además, deja de ser proveedor de varillas para dedicarse por completo a sus procesos industriales.
En 2010, el tubo más grande que se fabricaba en el país era un cuadrado de 100 x 100 milímetros. En ese entonces, la firma introdujo tuberías de hasta 150 x 150 milímetros y la de 200 x 100 milímetros. Eso hizo que se diferenciara en el sector.
Hoy, la empresa procesa entre 11.000 y 12.000 toneladas de acero al mes y cuenta con un portafolio de más de 1.000 productos. Esto equivale a construir la estructura metálica de dos centros comerciales de 110.000 metros cuadrados mensualmente. Además, genera 330 fuentes de empleo y cuenta con dos plantas en Guayas, oficinas en Quito y un nuevo centro de distribución que ya está en construcción en Itulcachi.

El tercer tiempo: el crecimiento empresarial
La pandemia fue otro de los retos que tuvieron que superar. Cuando todas las industrias paralizaron sus actividades, Ferro Torre entendió que debía ser sostenible en el tiempo y agregar valor real en el mercado. Para ello era fundamental estar muy bien abastecida en términos de inventarios.
“A diferencia del mercado de la varilla, que se maneja con pocas medidas estándar, el mercado del acero plano y estructural es sumamente complejo. Abarca múltiples espesores, calidades de acero (laminado en caliente, galvanizado, aluzinc, prepintado) y formas (tubos redondos, rectangulares, cuadrados, canales, correas, paneles, etc.)”. Por ello, la empresa entendió que el éxito radicaba en tener el suficiente stock para satisfacer de manera inmediata la demanda de sus clientes.
Actualmente su principal canal de distribución está concentrada en una red de 300 ferreterías que representan el 70 % de su facturación.
A partir de 2020 se ejecutaron inversiones cercanas a los US$ 34 millones. En el segundo semestre de ese año se adquirió una nueva línea de fabricación de tubos estructurales y se puso en marcha la planta de galvanizados. Esto les permitió duplicar el tamaño de la empresa en seis años y pasaron de vender 58,000 toneladas anuales a proyectar 130,000 toneladas para el cierre de este 2026. (I)

