Otro batacazo en el US Open y otra vez el protagonista es un tenista argentino. Claro, la tarde transcurría tranquila, todo parecía normal, hubo un momento en el que el partido parecía encaminado hacia el trámite lógico: el número 10 del mundo y noveno favorito del torneo, el estadounidense Taylor Fritz, impulsado por el público neoyorquino, se había quedado con los dos primeros sets por 6-3 y 6-4. Jugaba cómodo, conectaba el saque con autoridad y dominaba desde la línea de base. Francisco Cerúndolo -número 25 del ránking ATP-, en cambio, parecía correr detrás de una versión demasiado precisa del estadounidense.
Pero el tenis, por suerte, todavía conserva una zona de rebeldía que no responde a rankings, cuotas ni a las predicciones que daban a Fritz como claro favorito. Cerúndolo encontró una grieta, empezó a soltar el drive, sostuvo intercambios cada vez más largos y obligó al norteamericano a jugar un partido que ya no quería jugar.
El argentino se quedó con el tercer set y cambió la temperatura del estadio. De pronto, Fritz dejó de parecer invulnerable; Cerúndolo dejó de parecer el jugador que había llegado a Flushing Meadows con una campaña trabajosa. En el cuarto parcial, la historia se volvió física, mental y emocional. Cada punto tuvo la tensión de un quiebre. Cada error se escuchó más fuerte que el anterior.
Cerúndolo terminó imponiéndose tras levantar una desventaja de dos sets a cero, una remontada que eliminó a Fritz y terminó con las expectativas de uno de los principales aspirantes locales al título.
La victoria -con un festejo extremadamente sobrio por parte del porteño- tiene un valor especial por el contexto. Fritz venía de dos actuaciones contundentes: había superado a Darwin Blanch y aplastado a Mattia Bellucci por 6-0, 6-1 y 6-1, con un tenis que lo instalaba como una amenaza seria en el último Grand Slam de la temporada. Cerúndolo, en cambio, había llegado a la tercera ronda después de otra batalla de cinco sets ante Jan-Lennard Struff.
En teoría, el cansancio debía pesar más del lado argentino. En la práctica, fue Cerúndolo quien encontró reservas cuando el partido pedía algo más que tenis. Con paciencia, agresividad medida y una determinación que fue creciendo con cada juego, convirtió un escenario adverso en una noche que sin dudas puede quedar grabada entre sus mejores triunfos.
La victoria también rompe una barrera personal: este año Cerúndolo alcanzó por primera vez la tercera ronda del US Open y, ahora, la supera con una de las remontadas más resonantes de su carrera.
Vale recordarlo, hace dos semanas, mientras entrenaba durante el Master 1000 de Cincinnati, este mismo jugador explotaba y decía “no puedo jugar, me quiero ir. No quiero jugar más. Esta gira la odio con mi vida, me quiero ir a Buenos Aires".
Pero como si de magia se tratara, la ciudad de Nueva York suele hacer grandes a quienes aceptan el caos. Cerúndolo lo hizo. Perdió los dos primeros sets, resistió el momento de mayor presión y terminó jugando con la soltura de quien entiende que, en un Grand Slam, la única cuenta que importa recién se cierra con la última pelota del último y definitivo juego, en el quinto set.