Abrazos para la soledad
Que sean abrazos en el corazón de las familias: parejas, hijos, nietos, padres, hermanos, tíos. Que sean abrazos cálidos en el espacio mágico de los amigos: los serios, los graciosos, los tristes, los habladores, los ingeniosos. Que sean pretexto que permita recargar energías y complicidades para enfrentar un nuevo año que se viene complejo y desafiante.

Se acaba el año. Se consume diciembre. Un mes de ilusiones. Se cumplirán para algunos. Se negarán para muchos. Un mes marcado por los encuentros, los buenos deseos, los regalos, los brindis, la fantasía, los abrazos. Que en estas épocas se dan sin vergüenza: en la casa, la calle, los mercados, el trabajo. Se reparte felicidad y bendiciones sin medida ni clemencia. Como si nos sobraran.

Sociedad movilizada, excitada, inquieta por las apuestas de futuro. El centro social se traslada a las “compritas”. A los mercados, centros comerciales, bazares, ferias, casetas de esquina. Por eso mismo, por ese trastoque de prioridades de diciembre, cobra mayor valor el espacio de los afectos, de la familia, en cualquiera de las modalidades que exista.

Este ambiente radiante, exacerbado por la publicidad, contrasta con muchos submundos grises que pasan desapercibidos. Submundos en los que prima la soledad y el abandono, la nostalgia y la tristeza. Forzadas, la mayoría de ocasiones. Su gravedad y sus secuelas suelen expresarse con mayor dureza en diciembre. Por el contraste con las muchedumbres agitadas, los ritmos frenéticos y los amigos y parientes que se encuentran y se dicen lo que nunca se dijeron. 

Son submundos habitados en su mayoría por personajes de la tercera edad. Por viejos olvidados, que se deterioran día a día, camino a la desaparición. La soledad y el aislamiento no es exclusivo de la vejez; afecta también a otros sectores. Vienen a la mente el caso de muchas madres solteras y de puñados de migrantes desencantados.

 

SE VENDE ABRAZOS

Resulta oportuno en estas condiciones, comentar una noticia que circuló hace varias semanas. La emisión original apareció en el New York Post. Se trata de la “compra de abrazos” que se realiza en algunas ciudades del primer mundo. El caso de una señora -Ella Amorim de 48 años- en Nueva York ha sido el más significativo. Sus abrazos se venden. A 150 dólares por hora. Nada despreciable.

No hay cuento en este episodio. La señora en mención, se define como “terapeuta del tacto” y como “abrazadora profesional”. Provee abrazos a desconocidos que la buscan. Adultos entre 35 y 60 años. Les suministra reconfortantes apretones, alivios curativos instantáneos. Lo que la señora proporciona -un “tipo específico de intimidad y aceptación incondicional”- los demandantes no lo consiguen ni en casa ni en el spa y sus masajes, ni en terapias de conversación.

El objetivo de esta estrategia relajante, según su promotora, es la resolución de la crisis de soledad que soportan muchos adultos. Afirma que existe en Nueva York mucha gente solitaria. Aunque esté rodeada de miles de personas.

La nota de prensa se vuelve insólita porque reconoce que existe evidencia científica sobre la eficacia de los abrazos. Un estudio de julio 2.023, al que hace referencia, llega a la conclusión:  “los abrazos profesionales son una práctica terapéutica… permiten tanto a quienes los reciben como a quienes los practican experimentar una sesión enriquecedora y relajante de contacto mutuo, no sexual”. 

Los abrazos -tan comunes e ignorados- aportan pues al bienestar físico y sicológico. El informe destaca también la reducción de estrés, la falta de sueño, las enfermedades cardiovasculares. Estimulan además el sistema inmunológico…. Toda una batería de beneficios. En manos de un mecanismo tan simple como los abrazos, tan a la mano, tan cotidiano. Y que no precisa aprendizaje ni preparación, dinero ni justificaciones.

El tema se presta para muchas reflexiones. Adelantamos por ahora dos. La primera sobre el incremento de vidas en soledad y aislamiento en nuestras sociedades. Vidas hundidas en desaliento que desembocan en existencias sin sentido y hasta suicidios. Procesos sociales despiadados y deshumanizantes que reparten en forma desigual las condiciones de felicidad. Soledades (aunque hay otras aceptadas y constructivas) instaladas en medio del abatimiento y la depresión, la pérdida de referentes en el hoy y el mañana.

La segunda reflexión alude al mercantilismo. Esta peste que todo lo contamina y pudre, que todo lo vuelve objeto de compra y de venta. Que nos convierte a la fuerza en vendedores o compradores. En negociantes y regateadores. Que cosifica todo y pone precio hasta los afectos.

Se esfuma el 2.023. Ocasión para desear que a nadie la falte abrazos. Abrazos para dar. Abrazos para recibir. Que sean francos, estrechos, disfrutables y numerosos. Que sean abrazos en el corazón de las familias: parejas, hijos, nietos, padres, hermanos, tíos. Que sean abrazos cálidos en el espacio mágico de los amigos: los serios, los graciosos, los tristes, los habladores, los ingeniosos. Que sean pretexto que permita recargar energías y complicidades para enfrentar un nuevo año que se viene complejo y desafiante. (O)