Crónica de un crimen literario
Cuando escribir mal se confunde con sensibilidad

Hay quienes creen que la poesía es un accidente gramatical, una línea cortada a la mitad, una emoción mal digerida y un adjetivo en ayunas. Se autoproclaman poetas con la misma facilidad con la que otros se declaran gurús, chamanes o analistas universales del espíritu.

El problema no es la osadía -la literatura siempre ha sido insolente- sino la confusión o las ganas de confundir la catarsis personal, visiones y alucinaciones con la obra poética, es como creer que el grito reemplaza al canto o que el balbuceo ya es lenguaje, aunque ahora hay un conejo malo que lo ha vuelto hit. No todo lo que duele es poema, ni todo lo que se quiebra y se sufre merece ser publicado.

Arthur Rimbaud incendió su juventud para forjar una voz que aún hoy quema los dedos, no escribió para desahogarse, escribió para descomponerse y rehacerse. “A la mierda la poesía” sentenció y con esa herejía fundó una ética en donde el poeta no se confiesa, se transfigura. Muy lejos de quienes hoy escriben como quien deja notas de voz emocionales y las llama versos, el poema no es un diario íntimo con renglones cortos, es una máquina de sentido, una trampa para el lenguaje, un artefacto peligroso.

César Vallejo, el peruano que conoció el hambre real y no el metafórico, sabía que el dolor no garantiza grandeza estética, sus versos no suplican aplauso, lo exigen por su rigor, por su torsión del idioma, por su riesgo. Vallejo no escribió “desde el sentimiento”, sino contra él, domándolo como se doma una bestia peligrosa. Hay una diferencia abismal entre sufrir y saber escribir el sufrimiento, diferencia que muchos poetas de taller exprés y redes sociales ni siquiera sospechan.

Oscar Wilde que era dandy, hereje y moralista encubierto al mismo tiempo, despreciaba la mediocridad con precisión y elegancia, no le interesaba la sinceridad si venía desnuda de talento y, tenía razón cuando advertía: “Hoy en día la gente conoce el precio de todo y el valor de nada…” La frase, escrita hace más de un siglo, parece pensada para esta época de aplausos automáticos, donde la viralidad precede al mérito y la sensibilidad se mide en reacciones y likes, no en lectura.

Walt Whitman entendía que la voz poética no se infla, se expande, en cambio nuestros falsos bardos confunden intensidad con volumen y profundidad con oscuridad tipográfica, creen que escribir “hondo” es escribir oscuro, cuando a menudo es solo escribir mal.

Recuerdo una lectura pública – tomando vino de cartón y arrancando aplausos fáciles- en la que un joven “poeta” leyó un texto compuesto enteramente por frases como “me duele existir” y “soy un abismo que camina”. Al finalizar, alguien preguntó con inocencia peligrosa, cuáles han sido las influencias literarias, el poeta respondió: “yo no leo, porque contaminaría mi voz”. Fue el instante exacto en que la poesía murió… pero de risa. El analfabetismo orgulloso se había puesto toga de literato.

Y si ampliamos el foco al ambiente literario ecuatoriano, el diagnóstico no es halagador, salvo honrosas y necesarias excepciones, el ecosistema parece atrapado entre el hábito rutinario, los concursos sin rigor, el elogio mutuo y la confusión entre militancia cultural y literatura. Abundan los cenáculos donde todos se premian, se publican y se aplauden, mientras el lector -ese sujeto incómodo- ha sido expulsado de la ecuación. La crítica casi ha desaparecido, sustituida por reseñas complacientes o silencios cobardes, se confunde gestión cultural con calidad literaria, visibilidad con obra, y presencia en ferias con permanencia en el tiempo. El resultado es una escena ruidosa, pero frágil, abundante en autores, escasa en libros necesarios.

La poesía exige disciplina, riesgo, lectura voraz y una humildad feroz ante el lenguaje. Escribir mal no es un pecado, insistir en hacerlo y exigir reverencia es el verdadero crimen, porque cada poema burdo celebrado como genial, es una afrenta a siglos de literatura trabajada con sangre, amor, hambre, lucidez y talento.

Tal como escribió el propio Vallejo, en uno de los versos más demoledores del idioma: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!”. El poeta auténtico reconoce ese no saber, el impostor lo cubre con adjetivos inflados... Al final del día, es preferible hacer nuestras las afirmaciones de dos poetas de verdad, Jaime Sabines: “…antes que poeta, prefiero ser peatón…” y Manuel Machado: “…antes que un tal poeta, mi deseo primero, hubiera sido ser un buen banderillero…

La poesía no necesita más autores…necesita menos farsantes… (O)