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¿Son nuestras escuelas laboratorios de aprendizaje o estructuras de control?

Priscila Alvarado

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Si queremos ciudadanos capaces de pensar, innovar y cuestionar, tal vez debamos empezar por rediseñar las estructuras que gobiernan el aprendizaje.

1 Abril de 2026 15.23

En un mundo cambiante como el que vivimos, es importante revisar de vez en cuando nuestras estructuras y preguntarnos si están diseñadas para educar, para facilitar el aprendizaje y movilizar a la sociedad, o si, por el contrario, son simplemente estructuras de control.

¿Cómo determinamos cuál es hoy la función de nuestras instituciones, en particular de la escuela? Una manera de hacerlo es analizando sus resultados, es decir, el tipo de ciudadano que estamos ofreciendo a nuestra sociedad. Vale la pena preguntarnos si el comportamiento que fomentamos alimenta la curiosidad, la creatividad y la búsqueda de soluciones a problemas ya existentes, así como a los nuevos desafíos que surgen con los cambios que enfrentamos, o si, por el contrario, estamos educando para obedecer o para llevar la contraria sin realmente reflexionar sobre aquello que se apoya o se cuestiona.

Lamentablemente, la falta de juicio crítico se evidencia a cada paso. Existe una tendencia creciente a creer que todo lo que circula en redes sociales es verdadero, sin verificar las fuentes de la información. Lamentablemente, la propaganda amarillista ha demostrado su poder frente a la información veraz y verificable. Nuestro país tiene varios ejemplos. Durante la crisis de seguridad de 2024 circularon videos que se volvieron virales y que no correspondían a los hechos de ese momento; incluso algunos ni siquiera correspondían al país. Esto generó más caos del necesario, amplificando el miedo y la sensación de inseguridad. El ciclo es evidente: alguien publica un video, este se vuelve viral, no se verifica la información y, para cuando se hace la verificación, esta llega a muchos menos de quienes vieron el video inicialmente.

Pero ¿qué es exactamente lo que hace que nuestra sociedad carezca, en gran medida, del juicio crítico que nos permitiría detenernos a pensar antes de actuar o de asumir una información como verdadera? ¿Es posible que los sistemas de control que Michel Foucault (1975) criticó ampliamente sigan influyendo en nuestras vidas? A mi juicio, las escuelas aún reflejan muchas de esas manifestaciones de control, produciendo ciudadanos obedientes, en ciertos aspectos, pero al mismo tiempo carentes del juicio crítico, la curiosidad y la creatividad que tanta falta nos hacen.

Algunos ejemplos lo ilustran. Nuestros horarios siguen siendo rígidos: ofrecen pocas oportunidades de elección al aprendiz y escaso margen para contar con tiempos extendidos que promuevan su curiosidad. Quienes utilizamos pruebas estandarizadas, en muchos casos las empleamos para clasificar a los estudiantes y no para analizar qué hay detrás de un desempeño bajo o mediocre y cómo podemos mejorarlo. Nos preocupamos más por el resultado que por el trayecto de aprendizaje del estudiante, como si éste careciera de importancia. Tomamos decisiones de forma centralizada sin considerar las perspectivas de los actores del aprendizaje, profesores y estudiantes, porque creemos que es lo mejor o porque es lo que está de moda.

¿Cuál es el efecto de un sistema que controla? Docentes desempoderados que dejan de arriesgar e innovar para cumplir con lo establecido. Por su parte, los estudiantes también se dedican a cumplir y no a aprender ni a pensar. El talento innato de muchos se pierde, así como el compromiso por superarse. De ahí que sea común que las tareas se hagan la noche anterior y que no resulte extraño escuchar excusas como “se fue la luz”, “se acabó la tinta de la impresora” o “mi perro se comió el deber” y otras aún más creativas (¡para eso sí funciona la creatividad!).

Adicionalmente, como instituciones, nos hemos vuelto lentas para cambiar, o nuestros cambios son superficiales en su naturaleza. Pasamos del pizarrón de tiza a la presentación en PowerPoint, pero el contenido sigue siendo el mismo. En gran medida, esto luego se refleja en organizaciones empresariales mal diseñadas, que responden a modelos obsoletos de gestión y que, en el mejor de los casos, obtienen resultados mediocres o desaparecen en poco tiempo.

Entonces, ¿qué podemos hacer para evitar este círculo vicioso? Empecemos por dar más autonomía a nuestros docentes y confiar en los profesionales que hemos contratado. Si no podemos hacerlo, habría que revisar nuestros procesos de contratación, porque entonces quienes estamos fallando somos nosotros. Cuando privilegiamos la autonomía, abrimos la puerta a la creatividad y permitimos que los actores del proceso asuman la responsabilidad y el propósito de lo que hacen.

Esto no significa que no deban rendir cuentas. La rendición de cuentas es indispensable en cualquier organización para avanzar y para articular el trabajo cotidiano con el plan estratégico que se haya diseñado.

Por otra parte, es fundamental que existan procesos constantes de retroalimentación. La evaluación debe entenderse como un proceso de acompañamiento que permita al aprendiz alcanzar un nivel superior de desempeño, y no solamente como un mecanismo de medición.

Finalmente, sería importante que los líderes educativos asumamos el rol de coaches: acompañantes del proceso, y no fiscalizadores.

Si hay algo que he aprendido a lo largo de 30 años en educación es que una institución que no confía, que teme perder el control, es una institución que no innova, se estanca y puede incluso desaparecer. Si nuestra intención no es solo parecer, sino ser, no podemos cambiar nuestros programas sin cambiar también nuestras estructuras; de lo contrario, esos cambios se convierten en mero maquillaje. Si queremos ciudadanos capaces de transformar sus comunidades e incluso el mundo, primero tendremos que atrevernos a transformar las estructuras con las que los educamos. (O)

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