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Nos caemos, nos quejamos, hacemos memes, votamos, pagamos impuestos y seguimos adelante. Porque en el fondo sabemos que la patria no es ese concepto solemne que aparece en los discursos oficiales, sino esta suma caótica de personas intentando sobrevivir con dignidad y siempre con una sonrisa en la cara.

20 Mayo de 2026 12.58

Gustavo Noboa, el Bueno, en una entrevista respondió: "… Tengo seis hijos con María Isabel, tengo muchísimos hijos espirituales, decenas de decenas… y dos o tres hijos de puta…". Pues bien, siempre hay de esos. Pero también hay otros que podrían ser unos hijos de la grandísima patria.

¿Qué es exactamente ser hijo de la grandísima patria? Es una mezcla extraña entre orgullo nacional y síndrome de Estocolmo. Al nacer, de manera automática uno recibe tres cosas: una bandera, el número de cédula y el himno nacional. La camiseta de la selección de fútbol viene después, que también se ha convertido en un símbolo patrio. Así empieza a impregnarse el orgullo nacional. El síndrome de Estocolmo es, en cambio, “una respuesta psicológica paradójica donde una víctima desarrolla un vínculo afectivo, lealtad o empatía hacia su captor o abusador. No es una enfermedad mental oficial, sino un mecanismo de defensa inconsciente para sobrevivir a una situación de extremo peligro”, según Ciara Molina. 

Entones, empezamos a crecer en el país en el que nos tocó nacer. Muchas veces sin medicinas, con educación escasa, pero ¡qué gran país! Nos empezamos a acostumbrar y a disfrutar con lo que tenemos y, en particular, echamos raíces en este país que nos captura. Es decir, empezamos a desarrollar vínculos afectivos.

Creces y aprendes que las filas son eternas en el Registro Civil, pero te das cuenta de que así mismo es. Que hay que pedir cita en el IESS sano, para que cuando te la den llegues enfermo. Aprendes de automovilismo viajando en buses que compiten con otros buses. Qué “la hora ecuatoriana” es lo más parecido a la puntualidad. Entre tanto, el Terruño nos inculca leyendas y tradiciones y nos vuelve más empáticos con el lugar en el que nacimos.

También aprendemos que la patria es madre. Una madre amorosa, protectora, que nos cuida. Pero con el tiempo descubrimos que esta madre también pierde las llaves, se le quema el arroz y a veces no paga las cuentas a tiempo. Una madre que te dice “lucha por tus sueños” mientras cuenta cuanta plata hay en el IESS porque se gastó demás y ya perdió la esperanza.

El hijo de la grandísima patria puede ser pesimista o tiene algún pariente que siempre repite “este país se va a la mierda”, o “por eso no progresamos”. Cuenta que “este país es peligroso” y que “la selección de fútbol va a perder”. Típico de un sujeto así. 

Pero aprende con la experiencia: se cola en la fila y lee un letrero en el bus que dice “sea culto, bote la basura por la ventana” y lo hace; come y se saca los restos de comida con la cédula; cuando conduce hace tres filas en vez de una; estaciona en espacios para minusválidos, porque tiene verdaderos problemas de cretinismo y salud mental. 

Así, el patriotismo termina siendo un deporte de resistencia. Porque amar a la patria no se parece a esos comerciales en los que aparecen las familias perfectas. No. La verdadera patria huele a oficina pública. A café recalentado y expediente de juzgado. A paciencia y paracetamol. A funcionario que dice “vuelva mañana”.

Nos caemos, nos quejamos, hacemos memes, votamos, pagamos impuestos y seguimos adelante. Porque en el fondo sabemos que la patria no es ese concepto solemne que aparece en los discursos oficiales, sino esta suma caótica de personas intentando sobrevivir con dignidad y siempre con una sonrisa en la cara. 

Si bien pasa todo eso, el hijo de la grandísima patria la defiende. Aunque la critica todo el día y dice que el tráfico es imposible, que los impuestos son una extorsión y que a la selección de fútbol le queda grande al técnico (no importa cuándo lea esto), cuando es necesario sacar el machete lo hace sin contemplaciones y sale en su defensa. Porque ahí está la paradoja del asunto: nadie insulta a la patria con más creatividad que sus propios hijos, pero nadie la quiere tanto tampoco.

Y tal vez ahí está el verdadero patriotismo: no en cantar el himno con la mano en el pecho, sino en seguir apostando por este lugar incluso cuando parece que juega en contra. En encontrar belleza en lo imperfecto y sentido en lo absurdo.

Ser hijo de una grandísima patria es eso. Reírse del desastre mientras se lo empuja cuesta arriba. Como quien vive en una casa desordenada y, aun así, cuando llegan visitas, dice con orgullo: “No será perfecta, pero es de este hijo de la grandísima patria”. (O)

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