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El factor que nadie mide: contagio emocional vs productividad

Roberto Moncayo

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¿Con quién estamos sincronizando nuestro sistema nervioso cada día? Porque esa respuesta está moldeando nuestra energía, liderazgo y resultados, mucho más de lo que imaginamos.

1 Abril de 2026 15.29

En el mundo corporativo se suele asumir que la productividad depende de estrategia, hábitos y ejecución. Pero en la práctica, muchas decisiones se toman desde un lugar mucho más reactivo: nuestro sistema nervioso. Si entramos a una reunión recurrente con un cliente volátil, un proveedor impredecible, un socio que explota sin aviso o un compañero crónicamente irritable, la mente intenta “mantenerse profesional”, pero el cuerpo entra en hipervigilancia. Esa diferencia, la mente racionalizando y el cuerpo preparándose para la amenaza, es el inicio de tropiezos que pueden terminar siendo caros.

La ciencia lleva años describiendo algo que en la oficina se vive a diario: el contagio emocional. En equipos, el estado emocional de una persona puede contagiarse al grupo y afectar cooperación, comunicación y, sin duda, desempeño. Sigal Barsade (Yale University) lo documentó en grupos de decisión gerencial: el ánimo de un solo integrante se transfería al resto e impactaba la dinámica general del equipo.

Y cuando hablamos de sincronía entre sistemas nerviosos, tampoco es misticismo, existe evidencia de coordinación de señales fisiológicas y no verbales (ritmo cardíaco, respiración, gestos, expresión corporal) durante la interacción social, asociada con cohesión y desempeño. En pocas palabras, nos regulamos o desregulamos en compañía, y más aún cuando la interacción es recurrente.

Ahora viene el punto clave para la vida profesional, la imprevisibilidad. El cerebro no tolera un “no sé con qué me voy a encontrar”. En neurociencia, la amenaza impredecible tiende a generar un estado de ansiedad más sostenido que la amenaza predecible. Por eso, cuando trabajamos (o vivimos) con alguien que cambia de humor como clima de Quito, el cerebro opera en modo hipervigilante: interpretamos microgestos, tonos o silencios para anticiparnos. Ese escaneo constante, del jefe irritable que no sabes cuándo pedirá una o mil tareas, del compañero malgenio que cambia la energía del grupo, o del cliente que un día fluye y al siguiente es explosivo, solamente desgasta, causa más estrés, y empuja a funcionar desde el caos y la urgencia.

Lo complicado es que el sistema nervioso aprende el patrón y sostiene la idea de que “la calma solo es temporal”. Así, mantiene activados circuitos del estrés durante más tiempo, sostiene el cortisol en niveles no saludables y nos predispone negativamente. Presionamos de más, nos volvemos reactivos, operando a la defensiva, y eso repercute en peor comunicación, menor creatividad y resolución de conflictos. La cultura se vuelve un reflejo de la desregulación y, sin darnos cuenta, se ve reflejado también en resultados económicos: la OMS estima que, por ansiedad y depresión, cada año se pierden 12.000 millones de días de trabajo, con un costo aproximado de 1 billón de dólares.

Ahí aparece lo más peligroso: que el equipo completo empiece a normalizar el caos como identidad, que lo transforme por exposición crónica a este status quo. Y cuando eso pasa, la desregulación deja de ser un episodio esporádico y se vuelve el clima permanente en el que se trabaja.

Entonces, ¿qué se hace con esto sin convertir la oficina en terapia? Nuestro trabajo no es regular el sistema nervioso de otros; lo que sí debemos hacer es autoliderarnos y sostener estándares que protejan el rendimiento y lo que todos queremos, operar con fluidez y claridad.

En la práctica funciona un enfoque de tres movimientos, muy cortos, que caben en la agenda de cualquier persona, generan resultados inmediatos, pero es necesario hacerlos todos:

1. Reconocer las sensaciones: sin análisis, solo observación sin juicio. 

Cuando no identificamos lo que sentimos, el cuerpo está en modo “automático” y reaccionamos inconscientemente. Cuando reconocemos tensión, urgencia o un nudo en la garganta, la mente pasa de impulso a observación.

2. Etiquetado emocional inmediato para volver al control. 

Al describirlo en palabras (estrés vs miedo vs frustración) la emoción pierde carga; deja de ser una ola que arrastra y se vuelve un hecho consciente que podemos manejar. Esa pausa reduce la intensidad emocional y permite elegir una respuesta más consciente.

3. Autorregulación.

Como describe Stephen Porges (Polyvagal Theory: A Science of Safety), la respiración lenta ayuda a desactivar la respuesta de nuestro sistema nervioso simpático (el de la supervivencia, estrés, ansiedad, conflicto, ira, impulsividad, etc). Muy sencillo: inhala contando hasta 4, exhala hasta 6, y repítelo al menos 4 veces. Así activamos el sistema nervioso parasimpático (calma, equilibrio, aprendizaje), baja la activación física como la tensión o el pulso, y vuelve la claridad para interactuar sin impulsividad.

Lo que cambia nuestra vida no es evitar personas difíciles, que seguro seguirán apareciendo, sino saber que sus estados emocionales son contagiosos, que la imprevisibilidad erosiona nuestra paz; y lo más importante, que está en nuestras manos saberlo manejar, recuperando nuestra coherencia interna y, por lo tanto, decidir conscientemente desde la claridad y el balance. Cuando lo vemos así, dejamos de interpretarlo como drama, dejamos de ser víctimas y empezamos a tratarlo como lo que es: un factor real que impacta decisiones, productividad, cultura y salud.

Al final, esta pregunta se vuelve inevitable: ¿con quién estamos sincronizando nuestro sistema nervioso cada día? Porque esa respuesta está moldeando nuestra energía, liderazgo y resultados, mucho más de lo que imaginamos. (O)

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