El reloj se detuvo a las seis, justo cuando el mar se agotó de volver. No a las seis y un minuto. Ni a las cinco cincuenta y nueve. A las seis. Con la exactitud con que empiezan los terremotos. Nadie supo si era de la mañana o de la tarde. Al principio nadie lo tomó en serio. Después de todo, ¿quién iba a preocuparse por algo que se da por sentado? Así que todos siguieron haciendo lo mismo.
Solo al tercer día alguien dijo, por pura intuición, que el aire olía distinto. No a pescado ni caracoles, sino a sal dormida, a agua inmóvil. Fue ahí cuando algunos se percataron y miraron el reloj. No se había movido. Las agujas estaban perfectamente alineadas. Todos esperaban que pasara algo, pero el reloj decidió entrar en rigor mortis. Primero pensaron que algo se había dañado o que alguien se olvidó de darle cuerda. Nada de eso. No era el reloj. Era el tiempo. Y el mundo, obediente como un perro viejo, hizo lo mismo.
La gente se tardó en entender que el problema no era el reloj. Porque el tiempo, esta vez, era el que había dejado de funcionar. El reloj no estaba dañado; podía volver a cumplir su misión. Y era lógico porque en nuestro imaginario, el tiempo no es el que se descompone. Siempre son los relojes a los que les echamos la culpa. Pero esta vez fue el tiempo el que se detuvo y no nos dimos cuenta. Había una paz insoportable.
En este mundo inmóvil, tranquilo pero intolerable, sin futuro, sin tiempo ni pérdidas, la gente se acostumbró a una vida anodina. Nadie volvió a escribir canciones. Nadie inventó nada. Tampoco hubo revoluciones. Cuando el futuro desaparece, la imaginación deja de ser necesaria.
Alguien preguntó qué pasaría con los muertos. Nadie respondió. Descubrimos entonces que los muertos no necesitan tiempo. Solo nosotros, los vivos.
Un anciano levantó la mano y exclamó.
—¡Qué nadie nos quite lo bailado!
Una mujer adulta preguntó:
—¿Volverán las oscuras golondrinas?
Un niño quiso saber si el verano continuaría.
—Y así se va a quedar, respondió otro niño.
—¿Y los que estaban llorando?
Nadie dijo nada.
Porque comprendimos algo que nadie nos había explicado. El tiempo no solo mueve relojes. También mueve las heridas. Las enfermedades que estaban esperando el siguiente minuto, que no llegó. Las despedidas pendientes. Las guerras pausadas. Las cartas que aún no llegaban. Los accidentes que todavía no ocurrían. Las personas que no nos olvidaban. Y esas cosas duelen. Por eso nadie quería arreglar el tiempo.
Si el reloj volvía a caminar:
El mar despertaría,
Las olas caerían,
Los enfermos terminarían de enfermar,
Los ancianos morirían,
Las balas volverían a recorrer el aire,
Los enamorados tendrían que cumplir las promesas hechas aquella tarde.
El mundo, en definitiva, recuperaría su costumbre de perder cosas.
Por eso nadie quería dar cuerda al reloj.
De vez en cuando alguno se despabilaba. Era raro que eso ocurriera, pero a veces pasaba. Entonces, empezaba a cuestionar por qué el tiempo estaba detenido. Decía que no estaba conforme con su vida y que prefería un mundo vivo donde todo, inevitablemente, termina. Ese tiempo donde muere la gente, pero también vive para trascender. Un mundo con más retos, alegrías y sufrimientos. Se le recordaba que el tiempo había dejado de existir. Entonces, como por arte de magia, volvía a la comodidad en la que estaban.
Como en toda sociedad, siempre hay alguien que maneja los hilos. Que controla a todos y lo sabe todo. Por eso, el Ministerio del Tiempo me nombró guardián del reloj. No porque fuera el más valiente. Todo lo contrario. Porque soy el único suficientemente cobarde para no darle cuerda y hacer que funcione otra vez.
Ahí fue que entendí que el tiempo no era lo que más miedo daba. Lo insoportable era volver a perder.
A veces me siento frente al reloj y pongo la mano en el segundero. Como deteniendo el tiempo. Creo escuchar un tic-tac. A veces es mi imaginación; otras, simplemente el estómago. Desde ahí escucho cómo los viejos conversan bajito para que no cambie nada. Los adultos viven ansiosos y atormentados esperando una vida que nunca avanza. Los niños no paran de jugar, porque a eso se deben dedicar siempre. Las parejas continúan prometiéndose un mañana que nunca llega y los jóvenes solo quieren crecer, pero no pueden.
Quizás, por eso, hasta el tiempo se cansó de volver. Y entonces, al igual que el tiempo, me aparto del minutero y camino de regreso. Porque sé que el día que el mar vuelva a respirar, tendremos que aprender a vivir otra vez. Y yo no quiero ser el culpable de aquella desgracia. Es que nadie, en este mundo detenido, está dispuesto a pagar ese precio. (O)