Cuando nada importa
Muchas veces la indiferencia no se expresa en palabras, sino en decisiones: cuando el trabajo siempre está antes que la familia, cuando los padres siempre están antes que la pareja, cuando el dinero siempre está antes que el tiempo con los hijos, cuando las reuniones siempre están antes que la casa.

Hace algún tiempo alguien me dijo algo que no he olvidado: “El problema no es la economía ni la competencia; el problema es que a la gente ya no le importa”. Con el tiempo entendí que esa frase no solo describe a muchas empresas, sino también a muchas familias, instituciones y sociedades. Tal vez uno de los problemas más grandes de nuestro tiempo no es la falta de recursos o de oportunidades. Tal vez el problema más grande de nuestro tiempo es la indiferencia, un estado silencioso que no rompe de golpe, desgasta; no genera crisis visibles, genera vacío; no genera conflicto, genera distancia. Un estado cuando nada importa.

Las sociedades funcionan cuando las personas participan, confían, cooperan y se involucran en la vida pública. Cuando las personas se vuelven indiferentes hacia su comunidad, su país o sus instituciones, disminuye la confianza y la cooperación. Las sociedades no se sostienen solo con leyes o infraestructura; se sostienen cuando a las personas les importa lo que ocurre a su alrededor. Cuando a nadie le importa, las conexiones se debilitan, la corrupción crece y el desarrollo se vuelve más difícil.

En el mundo profesional, la indiferencia se traduce en falta de compromiso, bajo desempeño y culturas organizacionales mediocres. Muchas organizaciones creen que su problema es la estrategia, la competencia o el mercado, cuando en realidad su problema es que a las personas dejó de importarles. Simon Sinek lo dice de forma simple en Start With Why: “Working hard for something we don’t care about is called stress; working hard for something we love is called passion.” Por eso, las organizaciones no se transforman solo con planes estratégicos, se transforman cuando las personas creen en lo que hacen. Cuando el trabajo pierde sentido, aparece la indiferencia; cuando aparece la indiferencia, desaparece el compromiso; y cuando desaparece el compromiso, desaparecen los resultados. El problema de muchas organizaciones hoy no es la falta de talento, sino la indiferencia organizacional.

Ahora bien, las sociedades no se originan en las instituciones o las empresas, sino en casa. Es el lugar donde quizá la indiferencia causa más efecto, es más destructiva y actúa más rápido que en el entorno social. En las relaciones de pareja y familia nuclear, la indiferencia es probablemente uno de los problemas más silenciosos y destructivos. El investigador John Gottman encontró que uno de los mayores predictores de divorcio no son las discusiones, sino la indiferencia emocional y la desconexión. Las relaciones no suelen romperse por un gran problema, sino por la acumulación de indiferencias diarias: no escuchar cuando el otro habla, no preguntar cómo estuvo el día, no agradecer, no valorar, no compartir tiempo, vivir mirando el celular, dejar de conversar o interesarse.

La psicología infantil demuestra que la indiferencia no es un problema menor. Estudios clásicos sobre desarrollo indican que bebés que recibieron alimento, higiene y cuidados físicos, pero no afecto ni interacción emocional, empezaban a enfermar y a deprimirse. Es decir, desde sus inicios un ser humano puede contar con lo material y aun así deteriorarse si vive en un entorno de indiferencia. Necesitamos sentir que a alguien le importa nuestra existencia.

Otra forma de indiferencia es la falta de prioridades. Alguna vez escuché la frase: “Dime cuánto tiempo dedicas a algo y te diré cuáles son tus prioridades”. Muchas veces la indiferencia no se expresa en palabras, sino en decisiones: cuando el trabajo siempre está antes que la familia, cuando los padres siempre están antes que la pareja, cuando el dinero siempre está antes que el tiempo con los hijos, cuando las reuniones siempre están antes que la casa.

La indiferencia muchas veces no es que no queramos a las personas, es que no las priorizamos. Y las relaciones no se destruyen solo por falta de amor, sino por falta de prioridades. Cuando las personas sacrifican personas por dinero, tiempo por trabajo, familia por obligaciones externas, los lazos se erosionan y no siempre se rompen por una gran razón, sino por muchas pequeñas decisiones donde una persona deja de ser prioridad en la vida de otra.

Si seguimos avanzando hacia el plano personal, encontramos que la indiferencia está dentro de uno mismo. En El Hombre En Busca de Sentido, Victor Frankl explica que el ser humano puede soportar casi cualquier dificultad si encuentra sentido en lo que hace, pero cuando lo pierde, aparece el vacío existencial y la apatía. La indiferencia muchas veces no es falta de emoción o capacidad. Es falta de significado. Cuando las personas dejan de encontrar propósito en su trabajo, en sus relaciones o en su vida, dejan de involucrarse, comprometerse y esforzarse. Por eso hay que revisar ese sentido propio.

Además de los grandes problemas del mundo, tenemos otros más simples y cercanos: personas a las que ya no les importa su propio significado, su familia, su trabajo, su comunidad o su sociedad. Y una sociedad llena de personas indiferentes es una sociedad que no avanza. La indiferencia, en el fondo, es lo contrario del amor, del liderazgo y de la responsabilidad con uno mismo. Amar algo implica que importa. Liderar implica que importa. Educar implica que importa. Construir una familia implica que importa. Gerenciar una empresa implica que importa. Emprender implica que importa. Ser parte de una comunidad implica que importa. Vivir en tu País implica que importa. La indiferencia empieza cuando las cosas dejan de importar.

Porque al final, el problema más grande del mundo no es que existan problemas. El problema más grande del mundo es cuando a nadie le importan los problemas. Y ese problema se llama indiferencia. (O)