Forbes Ecuador
HEMOFILIA
Columnistas

Hemofilia: la brecha entre lo posible y lo disponible

Isabel Muñoz

Share

El verdadero avance no está únicamente en el desarrollo de nuevas terapias, sino en garantizar que lleguen a quienes las necesitan. La innovación médica ha demostrado que la hemofilia puede ser controlada. Lo que aún no ha demostrado es que ese control sea equitativo.

15 Abril de 2026 17.14

A pesar de los avances científicos, el acceso al tratamiento sigue dependiendo del país en el que se nace.

En pleno 2026, hay personas que aún viven con miedo a una caída. No por fragilidad, sino por algo más silencioso: una hemorragia que podría no detenerse. En una era donde la medicina ha logrado avances extraordinarios, resulta incómodo aceptar que ciertas condiciones, como la hemofilia, siguen dependiendo menos de la ciencia y más del contexto en el que se nace.

La hemofilia es un trastorno genético que impide la correcta coagulación de la sangre y afecta principalmente a hombres. A nivel global, según la Federación Mundial de Hemofilia (WFH), el principal organismo global en esta área, ha documentado que hasta 2023 más de 465.000 personas habían sido diagnosticadas formalmente en el mundo, una cifra que, lejos de representar la totalidad de casos, evidencia una brecha crítica en diagnóstico, especialmente en países de ingresos medios y bajos. Su propio Registro Mundial de Trastornos de la Coagulación —el único sistema global estandarizado— recopila datos clínicos de decenas de países y ha confirmado una realidad incómoda: millones de personas siguen fuera del sistema, sin diagnóstico o sin tratamiento adecuado. 

Es decir, la innovación existe, pero no llega. Durante un reciente encuentro organizado por Roche Ecuador, una idea se repetía con claridad: la ciencia ha avanzado más rápido que los sistemas que deberían garantizar su acceso. Y esa brecha no es abstracta. Tiene rostro, tiene geografía y tiene consecuencias.

En Ecuador, el Ministerio de Salud Pública registra alrededor de 854 pacientes con hemofilia. Sin embargo, estimaciones de la Federación Mundial de Hemofilia sugieren que la cifra real podría superar las 1.700 personas, lo que implica que hasta la mitad de los casos podrían permanecer sin diagnóstico.Cientos de personas podrían estar viviendo con riesgo constante sin siquiera saberlo, o recibiendo atención tardía cuando las complicaciones ya son irreversibles.

Incluso entre quienes han sido diagnosticados, el acceso al tratamiento continuo sigue siendo irregular. La profilaxis —considerada hoy el estándar internacional— no está garantizada de forma equitativa para todos los pacientes. Esto transforma una enfermedad controlable en una experiencia marcada por la incertidumbre, donde cada episodio hemorrágico puede significar hospitalización, discapacidad o daño articular permanente.

La Organización Mundial de la Salud ha reconocido este problema al impulsar el acceso a terapias innovadoras y promover su inclusión en listas de medicamentos esenciales, estableciendo un estándar global: el tratamiento de la hemofilia no debería depender de la geografía ni del nivel de ingresos. Sin embargo, entre la recomendación internacional y la implementación local existe una brecha que sigue sin resolverse.

La hemofilia expone así una de las contradicciones más profundas de la medicina moderna. Nunca antes la ciencia había estado tan avanzada. Nunca antes había sido posible prevenir complicaciones con tanta eficacia. Y, sin embargo, millones de personas siguen viviendo bajo condiciones que podrían evitarse.

El rol de la industria farmacéutica en este contexto es complejo y cada vez más relevante, son ellos quien han liderado avances significativos en el desarrollo de tratamientos que han transformado la historia natural de la enfermedad. Pero el desafío actual ya no es únicamente científico. Es también estructural.

La conversación global ha evolucionado. Ya no se trata solo de qué tan innovador es un tratamiento, sino de quién puede acceder a él. Esto implica repensar sistemas de salud, fortalecer políticas públicas, priorizar el diagnóstico temprano y construir modelos que garanticen continuidad en la atención. También implica reconocer el papel de organizaciones como la Federación Mundial de Hemofilia, que no solo recopila datos, sino que impulsa programas de acceso humanitario, educación médica y fortalecimiento de capacidades en países con menos recursos.

Hablar de hemofilia es, en esencia, hablar de calidad de vida. Es hablar de niños que crecen aprendiendo a medir sus movimientos, de familias que viven en estado de alerta constante, de adultos que han tenido que negociar su día a día con la posibilidad de una emergencia invisible. Pero también es hablar de lo que ocurre cuando el acceso sí existe: vidas que cambian, rutinas que se normalizan, futuros que dejan de estar condicionados por el miedo.

Ahí es donde la conversación se vuelve urgente.

Porque hoy, el verdadero avance no está únicamente en el desarrollo de nuevas terapias, sino en garantizar que lleguen a quienes las necesitan. La innovación médica ha demostrado que la hemofilia puede ser controlada. Lo que aún no ha demostrado es que ese control sea equitativo.

Y esa es, quizás, la contradicción más incómoda de todas. La hemofilia ya no debería definir cuánto vive una persona. Pero aún define cómo vive. Define si un niño puede correr sin miedo, si una familia puede planificar a largo plazo o si un paciente debe seguir dependiendo de la incertidumbre.

En un mundo donde la ciencia avanza a una velocidad sin precedentes, el verdadero indicador de progreso no debería ser solo lo que somos capaces de crear, sino lo que somos capaces de garantizar.

Porque cuando el acceso falla, la innovación deja de ser una solución y se convierte en un privilegio.

Y en enfermedades como la hemofilia, ese privilegio puede marcar la diferencia entre vivir con libertad o vivir con miedo. (O)

10