Están en clase, pero su atención no está del todo ahí: cada cierto tiempo revisan el celular “por si acaso” hay una notificación. TikTok, Instagram… pequeñas interrupciones que parecen inofensivas, pero fragmentan el foco y debilitan el aprendizaje.
Otro ejemplo: se conectan a clases o reuniones mientras manejan, trabajan, van al dentista o al gimnasio. Todo al mismo tiempo.
También ocurre cuando conduces y miras el celular porque “es necesario” seguir respondiendo correos, chateando o enviando audios. O cuando estás en una reunión y piensas: tengo que avanzar con mis pendientes. Te convences de que estás escuchando y “prestando atención”.
Y así, un sinnúmero de escenas cotidianas que revelan algo incómodo: no somos tan eficientes como creemos. En realidad, cuando hacemos multitarea, no estamos haciendo varias cosas a la vez, sino cambiando rápidamente de una tarea a otra.
Héctor Ruiz Martín lo plantea con claridad: el cerebro no puede procesar simultáneamente dos tareas cognitivamente demandantes. Lo que hacemos, en realidad, es alternar la atención entre tareas.
Esto se vuelve evidente en el aula. Cuando pregunto a mis estudiantes por las instrucciones de una actividad —o, peor aún, cuando presentan sus trabajos— aparecen inconsistencias, errores evitables, vacíos de comprensión. No es falta de capacidad; es falta de foco.
El problema es que el costo de la multitarea es invisible. Quien la practica no percibe que está disminuyendo su precisión, aumentando sus errores y haciendo un mayor esfuerzo para recuperar la atención perdida. Volver a enfocarse no es inmediato: tiene un costo cognitivo.
En educación, las consecuencias son claras: aprendizaje superficial, menor comprensión y menor retención. Porque aprender exige algo que hoy parece escaso: atención sostenida.
Como insiste Ruiz, el aprendizaje requiere tres condiciones básicas: foco, tiempo y pensamiento activo. Sin ellas, lo que queda no es aprendizaje… es solo la ilusión de haberlo intentado.
También lo he vivido. Cuando intento hacer varias cosas al mismo tiempo, no logro ejecutar bien ni una ni otra. Pierdo información, omito detalles y, más adelante, eso pasa factura: en una actividad, en un informe, en una decisión. Mi atención estuvo en muchos lugares, pero no realmente en ninguno.
Y ahí aparece el verdadero costo: el doble esfuerzo. Porque en lugar de comprender en el momento, tengo que volver atrás, reconstruir, buscar lo que no capté.
Entonces, ¿qué sentido tiene hacer varias cosas al mismo tiempo si no genera conexión, reflexión ni aprendizaje?
Sé que algunos seguirán defendiendo el multitasking. Dirán que pueden escuchar música, revisar el celular y trabajar al mismo tiempo. Pero la evidencia es consistente: cuando intentamos procesar dos tareas cognitivamente exigentes a la vez, el rendimiento disminuye.
No es una opinión. Es un límite del funcionamiento humano.
Estamos viviendo en una cultura donde pausar, detenerse y hacer una sola tarea a la vez parece ineficiente. La rapidez se ha confundido con el logro.
Y en la familia ocurre lo mismo: nos mostramos imparables frente a nuestros hijos, siempre ocupados, siempre en algo más. Si no somos capaces de autocontrolarnos y concentrarnos en una sola cosa a la vez, difícilmente podremos enseñarles a hacerlo. Porque educar también es modelar estando realmente presentes. (O)