Vivimos en una época curiosa: nunca se ha hablado tanto de valores, integridad, respeto y transparencia en redes sociales como en temas públicos. Sin embargo, a veces pareciera que el código de ética de muchas personas fue redactado en una servilleta, y luego lavado en agua caliente para ser transformado en papel higienico en muchos casos.
La falta de ética no siempre aparece en los grandes escándalos. A veces se cuela en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo aparentemente “normal”. En la vida profesional, por ejemplo, hay quienes creen que competir consiste en trabajar mejor, y hay otros que creen que competir consiste en llamar al cliente ajeno para decirle, con tono de falsa preocupación: “Solo quería advertirle algo sobre a, b c persona”. Traducido al castellano real: no confían en su propio mérito, así que intentan demoler el del vecino, desmereciendo o inventandose falsos hechos para ganarse un trabajo.
En el mundo de la abogacía y de los servicios, esto se ve con frecuencia incómoda, el drama, el chisme, el desprestigio. Está el profesional que no presenta mejor propuesta, sino mejor chisme o mejor desprestigio de sus colegas, así no exista fundamento, siempre hablando del qué diran o inventando historias. El que no resalta su experiencia, sino que fabrica defectos ajenos. El que no construye reputación, sino que terceriza el desprestigio. Es el equivalente elegante del codazo bajo la mesa, pero con membrete, corbata y factura. ¿Por qué no mejor nos dedicamos a hacer las cosas con ética, con respeto con frontalidad, y con una sana competencia? ¡Qué mala y fea costumbre esta no solo de la “ecuatorianidad” del desprestigio y el chisme!
También existe el campeón del “yo jamás haría eso”, que casualmente sí lo hace, pero con mejor dicción. O el colega que saluda con afecto en público y compite con veneno en privado. Una especie de Dr. Jekyll jurídico con Mr. Hyde comercial. Lo más curioso es que muchos de estos personajes todavía se sorprenden cuando alguien deja de confiar en ellos. Como si la deslealtad no tuviera consecuencias, o como si la ética fuera una materia optativa del posgrado.
Pero el problema no termina en la oficina. En las relaciones de pareja también parece haberse debilitado el sentido básico del respeto. Y no, no se trata de moralismo ni de rigidez decimonónica: se trata de mínimos civilizados de urbanidad y convivencia. Honestidad, lealtad, claridad, coherencia. Decir la verdad, no jugar a la confusión, no sostener vínculos paralelos como si la vida fuera una mala serie de Netflix, o pareciere de un canal de bajo presupuesto -o-. En Occidente hemos modernizado muchas cosas, pero eso no debería incluir la idea de que faltar al respeto es una expresión de libertad personal, de no respetarse en pareja, o con terceros.
Algo parecido ocurre en la amistad. El amigo que solo aparece cuando necesita un contacto, un favor o un salvavidas económico no es un amigo: es un usuario con acceso premium a uno. Y el que celebra tus logros en redes, pero los minimiza en persona, tampoco. La amistad, como la ética, se prueba más en la consistencia y con la veracidad de las acciones que en el discurso.
Luego está la convivencia diaria, ese termómetro moral que pocos toman en serio. Colarse en una fila, no devolver una llamada importante, ser intrusivo, grosero con terceros, tratar mal a quien presta un servicio, hablar a gritos en altavoz en un café o en un transporte público, estacionarse ocupando dos puestos “porque vuelvo en un minuto”. Hay personas que no rompen la ley, pero sí rompen la paciencia colectiva y el básico estándar de convivencia.
Tal vez el gran problema de nuestro tiempo no sea la ausencia de normas, sino la ausencia de vergüenza frente a incumplirlas. Porque un verdadero código de ética no sirve para colgarlo en la pared ni para citarlo en conferencias, ni para vanagloriarse con otros: sirve cuando nadie mira, cuando no conviene, cuando el atajo parece tentador.
La ética, en el fondo, no es una pose. Es ese pequeño y escaso acto revolucionario de portarse decentemente. Y visto el panorama, quizá lo revolucionario hoy no sea ser brillante, sino simplemente ser correcto. Cuanta falta nos hace entender el verdadero valor de la ética, y como esto puede generar una sana convivencia en la oficina, en pareja y con los amigos.
Ahora si: ¡a trabajar, a no chismosear, y a ser respetuosos en comunidad! (O)