Forbes Ecuador
oportunidad
Columnistas
Share

La primera vez en la que decido creer sin escuchar el ruido, entendiendo que los cambios comienzan así, casi siempre en silencio, con convicción. Porque la seguridad se forma con los primeros retos después del miedo, no antes, cuando alguien se atreve a empezar.

13 Febrero de 2026 15.27

Las primeras veces cuestan, gustan, asustan, encantan. Algunas incluso llegan a detestarse. Nos exponen y quiebran un poco, pero sobre todo nos vuelven resilientes.

“Siempre hay una primera vez”. Lo escuchamos constantemente, casi sin pensarlo. Sin embargo, esa frase encierra algo más profundo: una oportunidad. La mente suele olvidar esos instantes iniciales, tan únicos y determinantes, que marcan, transforman y guían. Sin aviso previo, nos empujan hacia cambios fundamentales.

Las primeras veces llegan cargadas de errores, temores y prejuicios. De eso se habla poco. A veces preferimos ocultar las experiencias que no dejaron buenos recuerdos y que, en apariencia, tampoco dejaron aprendizajes. Aceptar los malos ratos no es sencillo, pero en silencio, con el tiempo, entendemos que también fueron el punto exacto donde algo empezó a construirse.

Las primeras veces importan porque exigen valentía. Obligan a decidir, a apostar, a asumir el riesgo. Son el momento en que se define algo interno. Se convierten en una marca persistente: no siempre perfecta, pero sí memorable.

Como abogada, he sido testigo de muchas personas que se atreven por primera vez. Tal vez por eso me apasiona la propiedad intelectual, la rama del derecho por la que elegí formarme. Ahí acompaño comienzos: el nacimiento de una idea, el primer paso, el punto de partida. Y si algo he aprendido más allá de lo legal, es que detrás de cada intento hay personas que arriesgan y confían; que fallan, pero también resisten, insisten y continúan.

Cuando decidí iniciar una firma de abogados por primera vez, puse un escritorio en la casa de mi suegra, un espacio suficiente para empezar desde cero. Todo estaba por definirse. Era mi primera vez sin un plan claro, con un margen amplio de error. La incertidumbre no me resultó sostenible por mucho tiempo y pronto aparecieron nuevas opciones y propuestas de alianzas. Varias fracasaron. Y aunque fracaso suena a sentencia condenatoria, hoy reconozco que esa “condena” fue necesaria: ayudó a construir y a definir el propósito.

La primera vez no suele ser brillante. No trae manual. Atraviesa la conocida curva de aprendizaje, donde se aprende a medir y gestionar el riesgo y a formar el criterio. Es, en el fondo, un llamado a despertar y a iniciar un proceso de construcción personal.

Solemos escuchar que hay que “disfrutar del proceso”. No siempre es tan simple. Muchas veces suena a consuelo: “ya pasará”, “todo mejorará”. Para mí, esa frase dejó de tener sentido. 

Empecé a verla como una invitación a conformarse. Entonces la transformé. El primer intento no se disfruta: se habita, con intención y con atención, mientras se camina y se aprende.

Tengo un niño de dos años que, con voz aguda, me pide: “quiero escribir un poquito”, “mami, por fa”. Se acerca al teclado, lo cargo, lo abrazo; presiona algunas teclas, se distrae y se va. Yo regreso a mi primera vez, pensando que debería concentrarme más, que necesito espacio. Y, sin embargo, es ahí donde la cabeza y el corazón se conectan. La intención se aclara, la atención se afina, y entonces —solo entonces— aparece el disfrute.

Este es mi primer artículo y lo escribo desde un lugar distinto. Pocos podrían imaginar desde dónde lo termino, pero sé que aquí mi intención y mi atención son más precisas. No tengo un manual, pero siento un plan en construcción. Esta es mi primera vez: no perfecta, pero consciente. La primera vez en la que decido creer sin escuchar el ruido, entendiendo que los cambios comienzan así, casi siempre en silencio, con convicción. Porque la seguridad se forma con los primeros retos después del miedo, no antes, cuando alguien se atreve a empezar.  (O)

10