El fútbol es, o al menos debería ser, una escuela abierta. Un espacio donde se aprende a ganar y a perder, a respetar reglas, a convivir con la diferencia y a entender que la pasión no está reñida con la dignidad. Por eso, lo vivido recientemente en un estadio me obligó a reflexionar —con incomodidad y tristeza— sobre la dinámica que estamos normalizando alrededor de este deporte en el Ecuador.
Asistí a un partido entre el equipo del cual soy hincha y Liga Deportiva Universitaria, en su estadio, sí de visitante, pero ese no es ni debe ser el problema si uno actúa con respeto. Fui acompañado de mi hijo y de otra persona adulta con sus hijos: dos adultos y niños entre cuatro y seis años. Un plan que, en teoría, debería ser seguro; un espacio que debería garantizar no solo seguridad física, sino también emocional, sobre todo para niños que están formando criterios, valores y referencias sobre el comportamiento humano y la vida en comunidad.
Durante un ataque claro de gol del equipo al que apoyo y que marcó en ese momento, celebré. Nada más. No miré a nadie, no provoqué, no insulté, no hice gesto alguno dirigido hacia otro hincha o equipo. Celebré el fútbol. Sin embargo, de forma sorpresiva, varios adultos —de uno y otro lado— comenzaron a increparme con insultos fuertes, epítetos graves, palabras soeces y actitudes desmedidas, algunas incluso con intención de escalar a lo físico. Todo esto ante la mirada atónita de niños que asistían como pasa en nuestra niñez a sus primeras experiencias en un estadio.
La escena fue absurda. No entendía qué había hecho para desatar tal reacción. No había provocación, no había agravio, no había motivo. Solo una celebración. Y, sin embargo, ahí estaban adultos incapaces de autocontrol, gritando groserías frente a menores, mostrando versiones distorsionadas de lo que debería ser el deporte. Pero lastimosamente veo que esta es la dinámica habitual.
Digo el nombre del equipo porque fue ahí donde ocurrió -pudo haber sido en cualquier otro estadio-, pero sería profundamente injusto —e incorrecto— atribuirlo a una sola camiseta. Esto puede suceder con cualquier club, en cualquier estadio, en cualquier país. El problema no es el equipo. El problema somos nosotros cuando confundimos pasión con agresión, rivalidad con odio y pertenencia con violencia.
Vale la pena detenernos y mirar a los lados. Revisar nuestra escala de valores. Preguntarnos, con honestidad, qué estamos enseñando. ¿Queremos que nuestros hijos asocien el fútbol con insultos, amenazas y miedo? ¿O queremos que lo vivan como un espacio sano, de recreación, competencia y aprendizaje?
Necesitamos estadios donde se pueda ir en familia. Donde un gol no sea una excusa para el enfrentamiento, ni físico, ni verbal. Donde la camiseta no sea una armadura para justificar lo injustificable. No más actitudes violentas, no más malos tratos, no más experiencias que erosionan lo que debería unirnos.
Así estamos viviendo como sociedad, al mínimo resquisio entre las personas, incluso vemos violencia con armas, o agresiones físicas. Veamos al mundial que se avecina como una forma de comportarnos, la de tener una misma camiseta, independientemente de su color, es la misma, región, sexo, color, el respeto debe mantenerse incolumne. Enseñemos eso a nuestros hijos, no un país de división, por ahí podemos empezar.
Es momento de un cambio. Es momento de respetar estos espacios. Y si no lo hacemos por una sociedad más sana y coherente, hagámoslo al menos por nuestros hijos. Porque ellos miran, escuchan y aprenden. Y el fútbol, nos guste o no, también educa. (O)