Inteligencia artificial en educación: ¿pensar mejor o aprender a obedecer?
Tal vez sea momento de abandonar la falsa dicotomía entre permitir o prohibir la inteligencia artificial y comenzar a observar, en el micro nivel, lo que ocurre dentro de las aulas. Los propios docentes podríamos preguntarnos si las experiencias de aprendizaje que proponemos invitan a diseñar, cuestionar y tomar decisiones, o si, por el contrario, fomentan una actitud pasiva en nuestros estudiantes.

La inteligencia artificial ha irrumpido en nuestras vidas al punto de obligarnos a replantearnos hasta dónde estamos dispuestos a dejarla entrar. Su aplicación en múltiples sectores, particularmente en educación, nos enfrenta a una pregunta inevitable: ¿permitiremos que se convierta en la mayor oportunidad educativa de nuestra generación o en un mecanismo cada vez más sofisticado para socavar el pensamiento crítico?

No podemos perder de vista un aspecto clave: el acceso no es el mismo para todos. Por lo tanto, habría que cuestionarse quiénes están haciendo uso de esta herramienta, con qué fin y bajo la guía de quién. 

A esto se suma un escenario inquietante. Mientras muchos docentes debaten si utilizar la inteligencia artificial para apoyar el desarrollo del pensamiento crítico o, por el contrario, prohibirla, nuestros estudiantes van un paso más adelante. Ya la están utilizando, en muchos casos sin que los adultos siquiera lo hayan advertido.

Este contexto nos obliga a profundizar la discusión. A mi juicio, la pregunta de fondo no es la tecnología en sí. Al ritmo que avanzamos, es probable que aparezcan nuevas formas de inteligencia artificial en poco tiempo. La pregunta es, más bien, profundamente educativa: ¿estamos preparando a los estudiantes para liderar un mundo con inteligencia artificial o solo para adaptarse a él?

Si realmente aspiramos a que nuestros estudiantes utilicen la inteligencia artificial para impactar positivamente el mundo, las escuelas debemos impulsarlos a cuestionarla y a comprender cómo funciona. Para que eso ocurra, resulta evidente que necesitamos repensar nuestros sistemas educativos. La brecha entre lo que enseñamos y su aplicación práctica en la vida debería ser visible y significativa para niños y jóvenes. De lo contrario, si no les mostramos cómo usar estas herramientas para avanzar en su aprendizaje, corremos el riesgo de automatizar la mediocridad.

La responsabilidad es nuestra. Somos los adultos quienes debemos guiar a los jóvenes para que sean ellos quienes utilicen las plataformas, y no al revés. Esto implica, además, abrir espacios para discutir los posibles sesgos de la información generada por la inteligencia artificial y las dimensiones éticas que conlleva su uso. En otras palabras, queremos formar estudiantes que aprendan a pensar con la inteligencia artificial, no solo a obedecerla.

Aquí surgen una serie de preguntas incómodas pero necesarias: ¿estamos desarrollando pensamiento crítico cuando gran parte de lo que enseñamos puede encontrarse en Google o en ChatGPT? ¿Cuál es hoy la verdadera función de la escuela? ¿Cómo podemos usar esta herramienta para formar ciudadanos con conciencia social, capaces de mirar la realidad desde múltiples perspectivas y no solo desde la propia?

Tal vez sea momento de abandonar la falsa dicotomía entre permitir o prohibir la inteligencia artificial y comenzar a observar, en el micro nivel, lo que ocurre dentro de las aulas. Los propios docentes podríamos preguntarnos si las experiencias de aprendizaje que proponemos invitan a diseñar, cuestionar y tomar decisiones, o si, por el contrario, fomentan una actitud pasiva en nuestros estudiantes.

Al mismo tiempo, quienes ocupamos roles de liderazgo en las instituciones educativas deberíamos revisar nuestras estructuras y procesos para no caer en modas pasajeras que, una vez superadas, nos dejan exactamente en el mismo lugar. Un lugar que sigue promoviendo pasividad en los aprendices, en vez de una educación que fomente la creatividad, la búsqueda y la resolución de conflictos. Si continuamos operando desde un modelo pedagógico de transmisión, “si no te enseño, no aprendes”, es probable que sigamos formando generaciones que obedecen la tendencia del momento sin cuestionar su utilidad. En ese escenario, la tecnología termina reforzando prácticas obsoletas en lugar de transformarlas. A mi juicio, la verdadera brecha educativa del futuro no será tecnológica, sino decisional: entre quienes utilizan la inteligencia artificial para pensar mejor y quienes solo la usan para obedecer. Por ello, me atrevo a decir que la tecnología no va a definir el futuro de la educación; lo harán las decisiones que tomemos, o dejemos de tomar. (O)