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La riqueza invisible: capital social, palancas y las verdaderas puertas del empleo

Silvia Tapia

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Las políticas públicas deben promover programas de mentoría, pasantías inclusivas y vinculación efectiva entre universidades y el sector productivo; las empresas por su parte deberían garantizar procesos transparentes que valoren competencias y no solo referencias

20 Febrero de 2026 15.03

Vengo de una familia de bajos recursos económicos y sociales, con gran esfuerzo personal y familiar puedo decir que he superado algunas de las grandes barreras que dichas condiciones, juntas o separadas, imponen. No solo hablo de la escasez material, sino también de esa otra forma de pobreza menos visible: la ausencia de contactos, de redes, de recomendaciones, de alguien que “conoce a alguien”. Crecí entendiendo que estudiar era el único camino posible para “salir de la pobreza” pero, con el tiempo comprendí que la formación académica, aunque indispensable, no siempre es suficiente. Sabía que me faltaba algo, ese conocido que te cuenta de una oportunidad de empleo, ese que estabas buscando y esperando. Sí me refiero a esa riqueza que no aparece en los estados financieros ni en los certificados universitarios: la riqueza social.

Esta riqueza social (conocida como capital social en la literatura académica) se refiere al conjunto de redes, vínculo y relaciones de confianza que facilitan el acceso a diferentes oportunidades. Diversos estudios del Banco Mundial y de la Organización internacional del Trabajo muestran que entre el 40 y 60% de los empleos en América Latina se consiguen a través de contactos personales o referencias. No es un dato menor: implica que la mitad de las oportunidades laborales circulan por “canales informales de confianza”.

En Ecuador, según datos del INEC, el empleo adecuado se ha mantenido en los últimos años por debajo del 40% de la población económicamente activa, mientras que el subempleo y la informalidad sigue afectando a un porcentaje significativo de trabajadores. En un mercado labora estrecho y competitivo, las redes se convierten en un factor diferenciador clave.

¿Es lo mismo tener riqueza social que tener una palanca? No necesariamente. La palanca suele asociarse a favoritismos indebidos, socialmente tenemos ejemplos claros a la vista. Sin embargo, una recomendación profesional basada en confianza y reputación no es corrupción: es reducción de incertidumbre. Las empresas contratan personas en quienes pueden confiar. El problema surge cuando las redes se vuelven círculos cerrados que excluyen sistemáticamente a quienes no pertenecen a determinados entornos.

El capital social no se distribuye de manera equitativa, familias con mayores recursos económicos suelen también tener mayores redes: acceso a colegios privados, intercambios internacionales, espacios empresariales y culturales, que están generados y sostenidos por su misma clase socioeconómica. La CEPAL ha señalado que América Latina continúa siendo una de las regiones con menor movilidad social intergeneracional. El origen socioeconómico indiscutiblemente sigue pesando en el destino laboral.

¿Qué ocurre entonces con quienes no cuentan con esta riqueza social? Respuesta: El camino suele ser más largo. La meritocracia, entendida como la idea de que el esfuerzo basta (aunque en la práctica, esto no es totalmente cierto) encuentra límites estructurales. ¡El talento es universal; las oportunidades no!

Con frecuencia, el pensar en este tema me preguntaba ¿cómo consigo eso que no tengo? La riqueza social se construye, se forja en la universidad, en prácticas preprofesionales, en voluntariados, en asociaciones gremiales, en redes profesionales, en evento académicos. También se construye mediante habilidades blandas: comunicación efectiva, liderazgo, empatía, reputación ética. No es únicamente herencia; es también inversión consciente.

Esta inversión requiere de tiempo, voluntad, y en muchos casos recursos económicos: aprender otros idiomas, realizar intercambios, cursos complementarios, participar en congresos: todo suma en la ampliación del círculo relacional. Lo lamentable de esto es que no todas las familias pueden asumir estos costos, por eso la responsabilidad no puede recaer únicamente en el individuo, por ejemplo, tal vez quieras ingresar a un voluntariado, pero entre ser voluntario y trabajar para subsistir eliges trabajar.

Las políticas públicas deben promover programas de mentoría, pasantías inclusivas y vinculación efectiva entre universidades y el sector productivo; las empresas por su parte deberían garantizar procesos transparentes que valoren competencias y no solo referencias. Tal vez un primer gran paso sea el publicar todas las ofertas laborales, sin tener los seleccionados listos y publicar únicamente por cumplir con la normativa.

Reconocer que la riqueza social pesa tanto como el título no deslegitima el esfuerzo, lo contextualiza. Si aspiramos a un mercado laboral más justo, debemos hablar de ese capital invisible y trabajar para que deje de ser un privilegio de pocos y se convierta en una oportunidad para muchos. (O)

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