Un misterio en el convento
“La plaza de San Francisco siempre ha sido el corazón de Quito”. Luciano Andrade Marín

Cuando los conquistadores españoles llegaron a lo que hoy es el denominado “Centro Histórico” de Quito, se encontraron con quebradas y quebradillas, pendientes con una topografía absolutamente irregular, su condición de meseta andina aparecía por doquier, su geografía  pero en especial su accidentado relieve, le conferían una  dificultad para trazar, diseñar y construir un poblado de acuerdo con las ideas hispanas de la época, no obstante aprovecharon lo que los antiguos pobladores aborígenes ya tenían trazado, utilizando los mismos materiales hallados más la concepción o aporte arquitectónico traído de Europa se dieron a la tarea de edificar y construir-conquistados y conquistadores- la que siglos después pasaría a ser “Patrimonio Mundial de la Humanidad”.

Desde el año en que Benalcázar funda la ciudad y con la idea principal de catequizar a los pobladores originarios, varias órdenes o comunidades religiosas fueron “beneficiadas” con la donación de terrenos para que construyeran sus templos, conventos y plazas, destacándose franciscanos, jesuitas y dominicos. Con el paso del tiempo y ya en la época colonial, todas esas construcciones religiosas, más las realizadas por agustinos y mercedarios, contribuyeron dar a Quito un aspecto o un aire de gran monasterio o de “ciudad convento “como era conocida en otras latitudes. 

Las plazas quiteñas, tan afamadas como sus monumentales iglesias y conventos, tuvieron muchos cambios, el desarrollo y crecimiento de la ciudad fue marcando su metamorfosis, así la llamada “plaza Mayor” o plaza de La Independencia, la plaza de Santo Domingo, la plaza de Santa Clara, la plaza del Teatro o la plaza de la Recoleta han sido testigos del paso del tiempo, sus piedras, muros, rincones y atriles permanecieron invariablemente dispuestas a seguir su misterioso destino dejando a pasadas y futuras generaciones, una estela de tradiciones y leyendas nunca del todo explicadas.

La plaza de San Francisco

La historia nos señala que la plaza de San Francisco- hoy atendida con una espléndida estación del Metro- fue en principio una sementera de trigo, luego un cementerio humano y durante un buen tiempo, mercado al aire libre y gracias a su pileta, una obligada visita de los quiteños del siglo XVII para abastecerse de agua. 

En tiempos más recientes, a mediados del pasado siglo, la plaza de San Francisco se convertía durante la temporada de “inocentes” en un gran casino de multicolores luces: rifas, tómbolas y toda clase de juegos más las infaltables carpas con títeres o marionetas.  La franciscana plaza en otras épocas sirvió como termómetro de popularidad de tal o cual candidato a la presidencia de la república o a la alcaldía de Quito, también fue utilizada por trabajadores para rematar sus marchas reivindicativas del primero de mayo, la magnífica explanada también se usó durante largo tiempo como escenario del pregón de las fiestas capitalinas, en fin la plaza ha cumplido y sigue cumpliendo con su papel urbanístico, se ha adaptado a todo y a todos. 

Historia de un misterio

 En la esquina noroccidental de la plaza de San Francisco, junto a la escalinata norte se halla la estatua en piedra de Fray Jodoco Ricke, obra concebida y ejecutada por el artista ibarreño Luis Mideros y que fuera develada el 9 de agosto de 1932 como homenaje a quien trajo el trigo y la cebada al Ecuador y que además fue fundador y gran impulsor de la Escuela de Artes y Oficios, a este sacerdote franciscano también se le atribuye la creación de la primera cervecería de Sudamérica que funcionó con éxito en el convento de San Francisco.

Fray Jodoco Ricke nació en Malina (actual Bélgica) y con apenas 36 años, este misionero franciscano de origen flamenco llegó a Quito entre 1534 y 1535, es decir en los albores mismos de su fundación, rápidamente se destacó por sus excelentes cualidades como planificador, constructor, artista, agricultor y persona de una extraordinaria solidaridad con los indígenas quiteños.

El historiador Luciano Andrade Marín, dice que la primera siembra de trigo en el Ecuador fue en los terrenos de la que hoy es la plaza de San Francisco, en el año 1536 bajo la tutela y cuidados de Fray Jodoco Ricke, quien sabiamente cosechó las dos primeras sementeras para después entregar las semillas recolectadas a varios vecinos de la localidad, hasta que logró “introducir” el cultivo. Cuando se obtuvo el grano suficiente y luego de varias pruebas, los fundadores y pobladores pudieron al fin saborear el pan, lo que sucedió allá por 1540.

 Un cántaro de terracota sirvió para que Fray Jodoco Ricke transportara las semillas de trigo y cebada de la lejana Europa, el recipiente había sido construido con ese solo objetivo y como cosa curiosa traía una inscripción en alemán antiguo lo que le hacía más curioso, Por disposición de los superiores, Fray Jodoco Ricke fue destinado a Popayán donde murió en 1575 dejando una gran huella de su paso terrenal por estas tierras americanas a las que consideraba suyas.

Los franciscanos que se quedaron en Quito demostraron un especial cariño por ese cántaro, el mismo que pasó a ocupar un lugar de privilegio en el convento-aquí empieza el misterio- a tal extremo que, a todo invitado ilustre , le presentaban esa reliquia que tanta significación tenía no sólo para el convento, por ello cuando a principios del siglo XIX , el barón Humbolt les visita y ante el pedido de los frailes, tradujo la inscripción en alemán antiguo que traía el cántaro y que decía “Tú que me vacías, no te olvides de mi Dios”. 

En junio de 1822 llegó el libertador Simón Bolívar a Quito y también tuvo en sus manos el famoso cántaro. Al dividirse la Gran Colombia en 1830 y empezar lo que hoy es la República del Ecuador, un provincial franciscano tuvo la mala ocurrencia de regalar el cántaro al primer presidente ecuatoriano, el venezolano General Juan José Flores, este parece nunca le dio la importancia debida al inmerecido regalo, cosa que también sucedió con sus deudos, por ello a la muerte del General los herederos “cedieron” o negociaron la reliquia franciscana a un supuesto coleccionista ,que no tuvo empacho en venderle a uno de los tantos museos de Nueva York , donde se supone que está… y así el destino final e incierto del cántaro de terracota de Fray Jodoco Ricke sigue siendo otro misterio que envuelve al Convento de San Francisco. (O)