Del Ágora al algoritmo: El analgésico de no saber
La libertad, entonces, no consiste en tener acceso infinito a la información, sino en forjar el carácter necesario para no ser esclavo de ella. El criterio nace del choque con lo distinto: la objeción, la duda, el otro.

Dicen —con esa sonrisa de certeza— que hoy cualquiera puede aprenderlo todo con IA; que el docente se volvió un intermediario caro, un “manual humano” que el mercado sustituirá por un algoritmo más rápido, más barato y disponible a las tres de la mañana. La afirmación seduce porque está hecha de eficiencia, y la eficiencia, cuando se repite lo suficiente, termina por parecer verdad. Pero el eslogan elude lo esencial: ¿qué significa aprender y para qué lo hacemos?

La antigua idea del ágora —ese lugar donde la ciudad se pensaba a sí misma— no era un mero intercambio de datos; era fricción. Las ideas no llegaban esterilizadas, sino expuestas al riesgo de la contradicción. Aprender, en ese sentido, no consistía en coleccionar respuestas, sino en ensayar libertad.

Pero cuidado con esa palabra. La libertad, bajo el filo de Friedrich Nietzsche, no se confunde con la comodidad del “haz lo que quieras” ni con elegir opciones en un menú. La libertad es una disciplina de la dureza. En El crepúsculo de los ídolos (1889), Nietzsche la define como la voluntad de asumir la propia responsabilidad. Ser libre no es fluir sin obstáculos; es la capacidad de mantener la distancia que nos separa de los demás, de volverse indiferente a la fatiga y a las privaciones, de responder por lo que se afirma. Es una conquista, no un regalo.

Sin darnos cuenta, hemos desplazado el ágora hacia un foro nuevo donde esa dureza desaparece. El diálogo con la IA se vuelve trámite. Le pedimos “la mejor respuesta” como quien pide un analgésico, para que se vaya el dolor de no saber. Y lo que recibimos suele ser pulcro, plausible y ordenado; muchas veces brillante, pero inevitablemente construido con materiales ya usados.

En gran medida, la inteligencia artificial no descubre el mundo… lo remezcla. Ahí aparece la diferencia decisiva entre reordenar y comprender. Comprender exige una conciencia capaz de decir “esto me importa” o “esto me inquieta”. Un patrón matemático no tiene inquietudes, deseos ni miedo; solo calcula.

Por eso la labor del docente resulta incómoda —y, justamente por eso, irremplazable— para la narrativa del reemplazo. Enseñar no es entregar contenido, sino sostener el vértigo de que el otro piense por sí mismo. En el aula, el alumno no es un “usuario” pasivo: es un ser independiente. Y esa independencia es frágil.

La fascinación por la IA promete una educación sin fricción, pero a un costo antropológico altísimo. Si la conversación se convierte en una máquina de confirmación —dame razones para lo que ya pienso—, caemos en una trampa antigua. Nietzsche lo dice sin consuelo: las convicciones pueden volverse prisiones (El Anticristo, 1889).

Más peligroso aún es olvidar la advertencia central de Así habló Zaratustra (1883): “lo que no puede obedecerse a sí mismo, será mandado”. Aquí está el nudo del problema. Si delegamos el esfuerzo de estructurar el pensamiento, si externalizamos el criterio a una máquina por comodidad, dejamos de gobernarnos desde dentro. Terminamos siendo mandados por el algoritmo.

La libertad, entonces, no consiste en tener acceso infinito a la información, sino en forjar el carácter necesario para no ser esclavo de ella. El criterio nace del choque con lo distinto: la objeción, la duda, el otro.

El algoritmo puede ofrecer mil caminos, pero no entrega brújula. La brújula se forja en la conversación, en el espejo incómodo de la diferencia. Por eso, cuando alguien afirma que “ahora todo se aprende con IA”, sospecho que confunde aprender con acceder. Acceder es instantáneo; aprender es lento. Acceder es liviano; ser libre, de verdad, pesa.

El ágora no ha desaparecido. Solo está en disputa. Y la batalla no es por la tecnología, es por quién gobierna nuestra propia mente. (O)