Conversaciones con Amelié: elegir carrera como compra impulsiva
Elegir una carrera no debería ser un acto impulsivo ni una transacción emocional para calmar ansiedades adultas. Es un proceso. Un diálogo. Una conversación que, como las que tengo con Amelié, necesita tiempo, límites amorosos y preguntas honestas.

Aprovechando mi último viaje a Quito, después de una semana intensa de evaluaciones quimestrales, cuadernos abiertos hasta tarde y silencios compartidos frente a ejercicios que ya no recuerdo haber estudiado así, Amelié y yo decidimos regalarnos una pausa. Fuimos a su tienda favorita de fast fashion. Ella entró como quien cruza una frontera conocida: segura, entusiasmada, completamente presente.

La tienda era un pequeño laboratorio de estímulos. Luces, música, colores, pasillos interminables de accesorios. Amelié avanzaba con una alegría concentrada, casi metódica, deteniéndose frente a cada versión posible de sus personajes favoritos -Pengu, Kuromi- como si allí se jugara algo importante. Tal vez lo era.

En algún punto, me asaltó una pregunta adulta: ¿cuándo un premio legítimo por el esfuerzo se convierte en un impulso que no enseña nada? Decidí establecer un límite económico claro, pequeño, coherente con la semana de trabajo que habíamos compartido. Se lo expliqué sin discursos ni teorías. Al principio, la sorpresa fue evidente. Luego, eligió. Eligió de verdad.

Al salir, me abrazó con esa naturalidad que solo los hijos conservan y me dijo: -Gracias, papi, por ayudarme a decidir bien.

No hablaba solo de un accesorio. Yo tampoco.

Mientras caminábamos, pensé en cuántas decisiones trascendentales de la vida -elegir una carrera, aceptar un primer empleo, cambiar de país- se parecen demasiado a esa tienda: exceso de opciones, presión emocional, miedo a quedarse fuera. Adultos cansados decidiendo rápido para salir del ruido.

Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía, dedicó buena parte de su trabajo a explicar por qué tomamos malas decisiones cuando decidimos rápido. En Thinking, Fast and Slow mostró cómo el llamado Sistema 1 —rápido, emocional, automático— suele imponerse al Sistema 2, más refexivo y analítico, especialmente cuando estamos bajo presión, cansancio o miedo. Justo el estado emocional en el que muchos adolescentes —y no pocos padres— toman decisiones educativas clave.

Elegir carrera desde el miedo tiene un costo alto, aunque no siempre inmediato. Datos de la OCDE y de sistemas universitarios europeos y norteamericanos muestran que entre el 30% y el 50% de los estudiantes cambia de carrera o abandona la universidad en los primeros años, no por falta de capacidad, sino por desajuste entre la decisión tomada y quiénes son realmente.

La investigación en psicología vocacional es consistente. Teorías ampliamente validadas -como el modelo de desarrollo de carrera de Donald Super, la Teoría de Construcción de la Carrera de Mark Savickas o la Teoría Sociocognitiva de Lent, Brown y Hackett- coinciden en que cuando la elección profesional se realiza bajo presión emocional, expectativas externas o urgencia por “no perder tiempo”, aumenta signifcativamente el riesgo de frustración, abandono y reconversión temprana.

Dicho de forma simple: compramos carreras como compramos cosas que no necesitamos. Rápido. Emocionados. Convencidos de que esta vez sí será distinto.

Miré a Amelié. Once años. En tránsito silencioso hacia la adolescencia. Y pensé que educar no es eliminar el impulso, sino enseñar a ponerle pausa. A tolerar no llevarse todo. A decidir con criterio. A entender que elegir bien casi nunca es elegir rápido.

Tal vez por eso su frase me desarmó. Porque, sin saberlo, me recordó algo esencial: los hijos no necesitan padres que decidan por ellos, sino adultos que les enseñen a pensar antes de elegir. Incluso cuando la decisión parece pequeña. Especialmente cuando un día será enorme.

Elegir una carrera no debería ser un acto impulsivo ni una transacción emocional para calmar ansiedades adultas. Es un proceso. Un diálogo. Una conversación que, como las que tengo con Amelié, necesita tiempo, límites amorosos y preguntas honestas.

Al fnal, crecer -padres e hijos- consiste en eso: aprender a decidir juntos, aun a la distancia, aun con miedo, aun con amor.

Y aceptar que las mejores elecciones, como los mejores abrazos, no se compran por impulso.

No son rapidito, rapidito que nos urge.

Son presencia. Pausa. Y responsabilidad compartida. (O)