Davos 2026: La geopolítica del barril bajo Donald Trump y el giro de la producción energética global
Davos 2026 confirmó que la geopolítica del barril ha entrado en una fase de redefinición estructural. Donald Trump no solo ha impulsado un relato de control sobre más del 55% de las reservas petroleras mundiales y el pedido a duplicar la producción petrolera del mundo, sino que ha activado mecanismos y tensiones que podría transformar el equilibrio global de poder energético en los próximos años.

La edición 2026 del Foro Económico Mundial en Davos se ha convertido en el epicentro de un debate fundamental para entender el nuevo mapa del poder energético global: un eje geopolítico que Donald J. Trump ha movido con audacia desde el corazón de Estados Unidos hasta las densas reservas petroleras de Venezuela, reconfigurando así equilibrios estratégicos que parecían inmutables desde hace décadas.

El mito del 55% y la nueva correlación de fuerzas

A comienzos de enero de 2026, el presidente estadounidense afirmó frente a ejecutivos de la industria en Washington D.C que, al “sumar Venezuela y Estados Unidos juntos”, se controla más del 55% de las reservas petroleras del mundo. Si bien esta cifra ha sido objeto de escepticismo —las estimaciones independientes sitúan el porcentaje real de Venezuela en alrededor del 17-18% del total mundial, siendo este país el que posee las mayores reservas probadas conocidas con más de 300.000 millones de barriles— la declaración de Trump no carece de estrategia retórica y política. 

Dicho en términos técnicos: la suma de recursos energéticos de ambos países cambiaría el centro de gravedad de la oferta de crudo en favor de Estados Unidos y sus aliados, aunque no en términos de producción actualmente disponible —que es otra variable del mercado global—, sino en cuanto a potencial estratégico y control de reservas fundamentales. 

En contexto para nuestros lectores, Ecuador tiene menos de 3.000 millones de barriles de reservas.

Venezuela: de gran reserva a herramienta geoestratégica

La realidad del sector petrolero venezolano explica por qué Trump ha posado su mirada estratégica allí. A pesar de ser el número uno mundial en reservas, la industria petrolera del país ha sufrido décadas de declive por mala gestión, corrupción, sanciones internacionales y desinversión masiva. La producción se ha hundido de más de 3,5 millones de barriles por día en los años 70 a cerca de 1 millón o menos en la actualidad, lo que representa apenas cerca del 1% de la oferta mundial, en un contexto de estructura pesada y altamente costosa de extraer. 

Trump, sin embargo, ha promovido un discurso y acciones sumamente agresivas que mezclan intereses de seguridad nacional, presión política y dominio energético: desde una operación militar para capturar a Nicolás Maduro en enero de 2026, pasando por bloqueos efectivos de petroleros y la incautación de buques sancionados, hasta intentos de que el petróleo venezolano fluya hacia Estados Unidos bajo nuevas reglas de juego económico y de mercado. 

En contexto para nuestros lectores, el mundo produce y consume 107 millones de barriles de petróleo cada día. Ecuador produce 0,470 millones de barriles de petróleo al día (0,45% de la producción mundial). 

Bloqueos, incautaciones y nuevas reglas de oferta

El “bloqueo total y completo” anunciado por Trump contra petroleros venezolanos ha colocado al crudo del país en el centro de una disputa que va más allá de la economía y toca directamente la soberanía de Estados y la seguridad marítima internacional. Esta medida, respaldada por argumentos de lucha contra el narcotráfico o el terrorismo, ha limitado las rutas de exportación de petróleo de Caracas, presionando a la baja la producción efectiva y estrechando aún más la economía venezolana.

El resultado inmediato en los mercados ha sido una caída en los precios del crudo, ante la expectativa de que una mayor oferta venezolana —una vez reencauzada el mecanismo de extracción y exportación— pueda aliviar tensiones en los mercados petroleros. 

OPEP, rivalidad energética y reconfiguración de alianzas

La OPEP y sus aliados (OPEP+) enfrentan desde comienzos de 2026 un desafío serio en su propio modelo de regulación de producción y precios. Tradicionalmente, el cartel ha coordinado recortes y expansiones para estabilizar el mercado. La posible reincorporación de Venezuela con una producción significativa implicaría alterar los niveles pactados de oferta, donde la influencia de Arabia Saudita y otros productores ya no sería suficiente para controlar el flujo global sin tener en cuenta el peso venezolano. 

Empresas energéticas estadounidenses como ExxonMobil, Chevron o ConocoPhillips se encuentran en un terreno estratégico deliberadamente ambiguo: Trump ha ofrecido inversiones millonarias —incluso declaraciones de posibles 100 billones de dólares en inversión para revitalizar el sector venezolano—, pero también ha condicionado el retorno de estos gigantes a la integración de marcos legales claros, seguridad jurídica y beneficios fiscales atractivos en un país conocido por expropiaciones pasadas y clima de riesgo. 

Rusia, Irán, Cuba y otros frentes energéticos

Los giros en Venezuela resuenan más allá de Sudamérica. La posición de Rusia como gran exportador y actor geopolítico ha sido debilitada por sanciones y presiones occidentales; Irán sigue bajo restricciones que limitan su capacidad de exportación plena, y Cuba, históricamente dependiente del petróleo venezolano, enfrenta un futuro económico y político cada vez más inestable si sus fuentes de crudo se agotan o son bloqueadas en el Caribe. 

De hecho, Trump ha presionado explícitamente a Cuba para “hacer un trato antes de que sea demasiado tarde”, advirtiendo que un corte total de suministro (Venezuela ya no proveerá los 100.000 bppd a Cuba) podría precipitar la caída del régimen. Aquí, el petróleo deja de ser un comodity para convertirse en un instrumento de política exterior y de cambio de régimen.

La paradoja del control de recursos vs. la producción real

Técnicamente, poseer reservas no es lo mismo que ser un jugador dominante en el mercado global. La extracción, refinación, distribución y aceptación internacional de esos recursos en términos comerciales eficaces requieren infraestructura, inversión, tecnología y confianza de mercado. A corto plazo, incluso con el control geopolítico de reservas como las de Venezuela, Estados Unidos no puede simplemente “activar” millones de barriles diarios sin primero reconstruir la industria petrolera venezolana y resolver su entorno legal y de seguridad. 

Además, la propia declaración de Trump sobre el 55% del petróleo mundial incorpora una lectura política más que un análisis técnico de balances energéticos globales. Las cifras reales del mercado muestran que el dominio efectivo en producción corresponde a un conjunto más diversificado de países, incluidos Estados Unidos, Arabia Saudita, Rusia, Canadá y otros productores clave fuera de Venezuela.

Implicaciones para el futuro energético global

Mirando hacia adelante, el impacto de estas dinámicas no se limitará a la política venezolana o al futuro de Donetsk y Teherán como centros de producción. Estamos frente a una reestructuración de la política energética global en la que:

  • La relación bilateral entre Estados Unidos y Venezuela se redefine como un eje central del mercado petrolero.
  • La OPEP pierde parte de su exclusividad en la gestión de oferta global, particularmente si el cartel no logra incorporar a Venezuela bajo su régimen de producción regulada.
  • Actores no tradicionales —Estados Unidos, productores de petróleo ligero en las Américas, e incluso países consumidores asiáticos— reconfiguran sus estrategias de importación y seguridad energética.
  • La energía deja de ser solo una mercancía y se convierte en un arma geopolítica explícita —para presionar a gobiernos como Cuba o Irán, o para condicionar la posición de rivales como China en negociaciones de deuda o influencia política.

Conclusión

Davos 2026 confirmó que la geopolítica del barril ha entrado en una fase de redefinición estructural. Donald Trump no solo ha impulsado un relato de control sobre más del 55% de las reservas petroleras mundiales y el pedido a DUPLICAR la producción petrolera del mundo, sino que ha activado mecanismos y tensiones que podría transformar el equilibrio global de poder energético en los próximos años. Más allá de cifras retóricas, lo que está en juego es una redistribución de influencia entre grandes potencias, estructuras cooperativas como la OPEP y nuevos modelos de producción y consumo energético que reafirmarán —o desafiarán— el papel de los hidrocarburos en la economía global del siglo XXI.

Las energías renovables no reemplazarán a los hidrocarburos, si serán un complemento pero no llegarán en muchos años a representar el 20% de la energía consumida en el mundo.  (O)