Más divorcios, menos tolerancia: el nuevo estándar emocional en Ecuador
Las cifras de divorcio reflejan no solo decisiones individuales, sino también una brecha entre lo que esperamos de una relación y las herramientas emocionales que realmente poseemos.

En Ecuador, las cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Censos y del Registro Civil del Ecuador muestran una tendencia sostenida: en los últimos años se han registrado alrededor de 50.000 matrimonios anuales frente a más de 20.000 divorcios. En 2023, por ejemplo, se inscribieron más de 52.000 matrimonios y cerca de 24.000 divorcios.

Aunque no se trata técnicamente de que “uno de cada dos matrimonios celebrados ese año termina ese mismo año”, la proporción acumulada revela una realidad contundente: aproximadamente cuatro de cada diez uniones formales terminan en divorcio. La cifra es suficientemente alta como para dejar de atribuir el fenómeno únicamente a casos aislados de infidelidad o crisis económicas.

La pregunta no es solo por qué se divorcian tantas parejas, sino qué está fallando en la forma en que entendemos el amor y el compromiso.

La confusión entre sentir y saber amar: Culturalmente hemos romantizado la intensidad. Asociamos el amor con pasión constante, conexión inmediata y emociones desbordadas. Sin embargo, desde la psicología relacional, el enamoramiento y el amor sostenido no son lo mismo.

El enamoramiento activa sistemas asociados a la novedad, la dopamina y la idealización. Es intenso, pero transitorio. El amor maduro, en cambio, se apoya en habilidades menos visibles: regulación emocional, tolerancia a la frustración, comunicación honesta y capacidad de permanecer cuando la emoción fluctúa.

Aquí aparece una confusión frecuente: muchas personas creen que si ya no sienten la misma intensidad inicial, el amor desapareció. En realidad, lo que cambió fue la fase del vínculo. Cuando reducimos el amor a emoción constante, cualquier descenso natural se interpreta como señal de incompatibilidad.

Amar sano no es sentir siempre; es sostener incluso cuando sentir no es tan cómodo.

La educación tradicional no incluye alfabetización emocional, aunque debería. Aprendemos a producir, competir y rendir, pero no necesariamente a gestionar inseguridad, miedo o ambivalencia. En una relación de largo plazo, esas variables pesan más que la química inicial.

La inmadurez emocional no siempre se manifiesta como conflicto explosivo. A veces se expresa como evitación: dificultad para tener conversaciones incómodas, tendencia a desconectarse cuando hay presión externa, incapacidad de diferenciar entre una crisis temporal y una incompatibilidad estructural.

En contextos de estrés, problemas financieros, procesos legales, presión laboral, entre otros algunas personas interpretan su propia ansiedad como pérdida de amor. En lugar de procesar la tensión, la atribuyen a la relación. Así, lo que podría ser una etapa compleja se convierte en ruptura definitiva.

Las cifras de divorcio reflejan no solo decisiones individuales, sino también una brecha entre lo que esperamos de una relación y las herramientas emocionales que realmente poseemos.

Hoy las mujeres —y cada vez más hombres— no permanecen en vínculos que no les ofrecen bienestar emocional. La independencia económica y el acceso a terapia han elevado el estándar relacional. Permanecer por obligación social ya no es la norma.

Sin embargo, las expectativas crecieron más rápido que las habilidades. Queremos conexión profunda, estabilidad, pasión, crecimiento individual y seguridad simultáneamente. Cuando la relación entra en una fase más estable y menos intensa, algunos interpretan la calma como estancamiento.

El problema no es que amemos menos que antes. Es que muchas veces confundimos amor sano con euforia constante. Y cuando la euforia se transforma, creemos que el vínculo fracasó.

Hablar de “cuatro de cada diez matrimonios que terminan” puede sonar frío, pero detrás de cada número hay una historia donde, en muchos casos, no hubo traición ni violencia, sino simplemente incapacidad de sostener el vínculo desde la madurez emocional.

Tal vez el debate público debería ir más allá de preguntar por qué se divorcian tantas parejas y empezar a cuestionar cómo estamos formando adultos emocionalmente responsables. Porque el desafío no es encontrar a alguien que nos haga sentir intensamente, sino convertirse en alguien capaz de construir cuando la intensidad se transforma en cotidianidad.

Si las cifras siguen creciendo, no necesariamente será señal de que el amor desaparece. Podría ser evidencia de que aún estamos aprendiendo que el amor no es solo lo que se siente, sino lo que se sabe sostener. (O)