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liberalismo filosófico
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El liberalismo filosófico está intrínsecamente ligado a la rebeldía acreditada del hombre. Cualquier supuesta independencia sujeta a condicionamientos ideológicos, como la promovida por el conservadurismo, es todo lo contrario a libertad.

15 Abril de 2026 13.20

Con frecuencia, la sociedad escucha voces disonantes de individuos que, en el clímax de su dogmatismo en buena medida fruto de la ignorancia, abogan por un liberalismo “mercantilista”, pero al propio tiempo declaran su oposición a cuanto pueda significar libertad de pensamiento. Es el caso de la extrema derecha política, renuente a aceptar la mínima intervención estatal en el quehacer económico de la sociedad, defensora de un capitalismo indolente frente a requerimientos de justicia social. Contradictoriamente, esa misma derecha fundamentalista es enemiga del “liberalismo filosófico”. De ese liberalismo patrocinante del pensar a partir de uno mismo… como ente jamás sujeto a teorizaciones objetantes de su propio discernimiento y, por ende, enfrentado con el Estado moralizador e hipócrita.

Los actores de tal segmento sociopolítico, otra vez por tosquedad intelectual, asimilan el liberalismo metafísico con el socialismo marxista, siendo que para ellos no existe socialismo distinto de este, lo cual, por cierto, no es el caso. Los dirigentes de la ultraderecha política, en general, son hábiles en transmitir mensajes a sus bases en el sentido de que el liberalismo filosófico (a) violenta valores naturales, no atados a ponderaciones morales propias, pero sentenciados por el Estado; (b) entraña seria transgresión a principios de la religión católica y es, por tanto, pecaminoso; y, (c) es camino tangible hacia la desintegración social. Sus bases, cuando son culturalmente paupérrimas, asumen como ciertos tan mojigatos recados; o se adhieren a ellos por conveniencias superficiales. También lo hacen a efectos de no ser marginados de estratos sociales a que anhelan pertenecer, o de los cuales les aterra verse rechazados. Por ende, adoptan posiciones de vergonzosa sumisión.

Este estamento fundamentalista es contrincante camuflado de lo que Isaiah Berlin (1909–1997), importante pensador liberal del siglo XX, denomina “libertad positiva”. Es aquella en la que el individuo es dueño de su autonomía en que tanto su vida, así como las decisiones por las cuales opta, dependen de sí mismo… no de fuerzas externas. El liberalismo filosófico está intrínsecamente ligado a la rebeldía acreditada del hombre. Cualquier supuesta independencia sujeta a condicionamientos ideológicos, como la promovida por el conservadurismo, es todo lo contrario a libertad.

En Pedagogía social como programa político, José Ortega y Gasset (1883–1955) se encarga de aclarar que el liberalismo exige de un Estado socialista. Empero, no es un socialismo en términos de teoría política, menos de tinte marxista. Es un socialismo de corte cultural. Lo conceptúa “como un deber, una virtud y una moral”. Harían bien los necios representantes del conservadurismo político en comprender que existe un socialismo promotor de la libertad del hombre no relacionado con modo alguno de producción, sino con la realización integral del ser humano y con la justicia a que todos anhelamos, incluida la social.

El socialismo orteguiano, en que germina y manifiesta el liberalismo filosófico, no es de socialización instrumental de la producción. Es de socialización de la libertad y, por ende, de la democracia. Es “idealista”, a título de concebir una escala de valores que gire alrededor del hombre como razón de ser del hombre. Ortega y Gasset lo cataloga de ideal ético –vital– tendiente a consolidar al ser humano en su real naturaleza de ente audaz, de sujeto intrépido. En la filosofía del español, la libertad humana consigna también el imperativo de ser siempre auténtico. Quien aparta su conducta de la autenticidad, según el filósofo, falsifica su vida, la desvive… se suicida. La necesidad, lejos de limitar la libertad, ofrece la posibilidad de trascender como individuos pensantes, titulares de un liberalismo proyectado deontológicamente.

Cuando su preocupación por apuntalar la democracia conduce al Estado a enfrascarse –por error– en discusiones bizantinas en torno a su rol de sumista, el concepto de democracia es resquebrajado en su esencia misma. Así la libertad queda relegada a segundo plano. En tal momento lo relevante deja de ser el liberalismo metafísico, para dar paso a intereses de sectores particulares atentatorios de la imprescindible tolerancia en el quehacer estatal. Esos intereses, en el mundo actual, son descubiertos en posiciones contrarias a libertades de opción ideológica, de género, de preferencias sexuales, de raza y de matices socioculturales.

El liberalismo, en Ortega y Gasset, es una “suprema generosidad”. En sus palabras, implica el “derecho que la mayoría otorga a las minorías (…) proclama la decisión de convivir con el enemigo, más aún con el enemigo débil”. A este juicio ético lo llama “el más noble grito que ha sonado en el planeta”. En estas circunstancias, es evidente –en nuestro criterio– que abstraernos del prójimo es violentar tanto a este como a nosotros mismos. Breguemos por la plena vigencia del liberalismo filosófico. (O)

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