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Decimos que somos un país rico en recursos, con buenas materias primas, buena artesanía, y buena industria. Sin embargo, nuestros productos y nuestro acceso al gran consumo mundial parece estar algo relegado.

10 Julio de 2026 16.22

Hace unos días, tuve la oportunidad de asistir a una feria internacional de alimentos en NYC. El despliegue de productos, variedad, y calidad, invita a un par de reflexiones que atacan directamente a algunos paradigmas con los que crecemos los economistas. El primero, es la definición misma de Economía que aprendemos en la Universidad, en donde el primer día de clase se nos enseña que la Economía es la ciencia que busca resolver la tensión entre una cantidad limitada de recursos para una cantidad ilimitada de necesidades. El segundo es la idea de las ventajas comparativas y competitivas, que en teoría deberían llevarnos a la especialización en la producción de bienes transables.

El despliegue de la cantidad de productos comestibles en esta feria nos obliga a reflexionar sobre la primera premisa. La tecnología y los procesos productivos actuales parecerían estirar las fronteras de producción, haciendo que dichos recursos limitados cada vez sean capaces de crear más bienes. El PIB global en 2025, según datos de organismos internacionales como el FMI y el BM, fue de casi US$ 120 trillones (tn), dentro de los cuales cerca de US$ 90tn habrán sido consumo. Solo en Estados Unidos, el consumo de alimentos en 2025 llegó a US$ 2.2tn, de los cuales US$ 1.1tn fueron compras en supermercados. El intercambio comercial global, según los datos de la OMC, llegó a US$ 35tn el año pasado. Estos datos invitan, en especial a países pequeños, a buscar mercado en el resto del mundo, donde sin duda hay demanda para cualquier producto que podamos pensar. 

Pero entonces: ¿qué debemos producir? ¿Cuál es ese producto estrella o insignia para un productor ecuatoriano para ingresar al mercado mundial? Aquí es donde la segunda premisa se vuelve vinculante. En este mundo, al parecer todos pueden producir todo, y cualquiera puede producir cualquier cosa. Egipto produce olivas y piña, China produce absolutamente todo, Estados Unidos produce queso, Nueva Zelanda y Australia producen vinos. Anaqueles de países lejanos, muchas veces, contienen productos que pensamos son exclusivos a uno u otro país, incluidos nosotros. Entonces, ¿qué nos hace tan especiales? ¿Cómo destacamos para posicionar nuestros productos? ¿Necesitamos ser productores nicho, es mejor ser maquila para marcas internacionales, o hay un punto medio?

Decimos que somos un país rico en recursos, con buenas materias primas, buena artesanía, y buena industria. Sin embargo, nuestros productos y nuestro acceso al gran consumo mundial parece estar algo relegado (con las conocidas excepciones). ¿Dónde está la desconexión? Hay muchas respuestas que podrían surgir. Podríamos pensar en la falta de incentivos económicos para la inversión en investigación y desarrollo de productos, en la falta de tratados de libre comercio, en leyes laborales rígidas que encarecen el recurso humano y restan competitividad, en la falta de acceso a capital financiero a costos razonables. Ecuador es un país rígido y caro para producir. Y solucionar esta pata del problema, es un rol del sector público.

Cuando el sector privado pide “políticas de Estado”, está pidiendo una política pública de ciertas características. El rol del estado es fundamental para promocionar y posicionar al producto nacional en mercados internacionales, para abrir mercados, para abaratar costos de producción locales, para dar flexibilidad doméstica, para encontrar condiciones favorables de exportación y mecanismos que alienten, en nuestra economía dolarizada, al sector que genera esos dólares.

Pero el sector privado también tiene sus responsabilidades. ¿Existe una fórmula en la cual, las grandes marcas de cacao o café ecuatoriano, por ejemplo, pueden existir dentro de un universo más amplio de “Producto Ecuatoriano”? ¿Es posible regirse por estándares similares de calidad, excelencia, cultura laboral, sin buscar atajos (free rider), para tener una marca país cuyo estándar mínimo sea de excelencia, y dentro de la cual exista la diferenciación propia de la competencia entre marcas individuales? ¿Podemos ayudar al pequeño productor, o a quien clapertenece a la base de la cadena de suministros, a integrarse a cadenas más grandes sin convertirlo en maquila, o sin desaparecer la producción artesanal en pos de las eficiencias que ofrece la integración vertical? Y cuando escalamos esta misma lógica a la escala global, ¿podemos evitar nosotros ser maquila para otras marcas globales? ¿Queremos?

En mi última visita a Cuenca visité una fábrica de sombreros de paja toquilla, donde aprendí que estos sombreros son prácticamente fabricados todos en Ecuador. Más allá que por un error histórico se los conozca en el mundo como Panama Hat, es interesante que no tengamos, por ejemplo, una denominación de origen. Vendemos sombreros localmente con marcas locales, y vendemos internacionalmente para que se revenden a múltiplos del costo bajo marcas europeas. Pero, ¿sabe el mundo que una de las indumentarias más famosas y elegantes del mundo, viene y se produce casi exclusivamente en Ecuador?

Hoy tengo más preguntas que respuestas. Al no ser empresario o productor, seguramente no entiendo el porqué de muchas de estas dudas. Siendo consumidor, aprecio y valoro la excelencia de los productos de alto valor agregado que tenemos en café, cacao, atún, cuero, aguacate, vino, madera, alpaca, y por supuesto, paja toquilla. Siendo economista, salgo de una feria como Fancy Foods en NYC y solo veo potencial ilimitado para todo y para todos. Algo no estamos haciendo bien, como país, si no logramos aprovechar un planeta en el cual las necesidades (ilimitadas) siempre crecen, pero donde también crecen los recursos, el capital, las tecnologías productivas, y la información, que juntas hacen que este planeta sea cada vez más pequeño e interconectado. (O)

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