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Si algo ha demostrado Venezuela a lo largo de su historia es que incluso cuando la tierra tiembla y todo parece derrumbarse, permanece en pie aquello que ningún desastre puede destruir: la dignidad de su gente, la solidaridad entre desconocidos y la extraordinaria capacidad de un pueblo para levantarse una y otra vez.

8 Julio de 2026 15.42

Hay tragedias que trascienden la geología. Un terremoto comienza como un fenómeno natural, pero sus consecuencias terminan revelando mucho más que la fuerza de la naturaleza. Exponen la calidad de las instituciones, la resiliencia de una economía, la preparación de un sistema de salud, la solidez de la infraestructura y la capacidad de una sociedad para responder cuando todo parece derrumbarse. Eso es lo que enfrenta hoy Venezuela tras los dos poderosos terremotos registrados el 24 de junio de 2026, de magnitudes 7,2 y 7,5, que sacudieron la costa norte del país con apenas segundos de diferencia. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), el sismo principal tuvo una magnitud de 7,5, una profundidad aproximada de 10 kilómetros y su epicentro se localizó cerca de Morón, en el estado Carabobo, aunque los mayores daños se concentraron en La Guaira, así como en sectores de Caracas y otros estados del centro-norte del país. 

Con el paso de los días, la magnitud de la tragedia ha quedado cada vez más clara. Hasta el 3 de julio, las autoridades venezolanas informaban 2.595 personas fallecidas, más de 11.000 heridos y miles de desaparecidos o pendientes de localización, mientras los equipos de rescate continúan removiendo toneladas de escombros con la esperanza de encontrar sobrevivientes. La cifra sigue siendo provisional y podría aumentar conforme avanzan las labores de búsqueda. 

Sin embargo, el verdadero impacto de una tragedia de esta dimensión no puede medirse únicamente por el número de víctimas. Cada cifra representa una familia que perdió a un ser querido, un niño que quedó sin hogar, una empresa que dejó de operar, un trabajador que perdió su fuente de ingresos y una comunidad que deberá reconstruir su futuro prácticamente desde cero. Detrás de cada estadística existe una historia que ningún informe oficial será capaz de resumir.

Las consecuencias económicas ya comienzan a dimensionarse. Diversas estimaciones preliminares sitúan las pérdidas materiales alrededor de los 10.000 millones de dólares, una cifra equivalente a varios puntos del producto interno bruto venezolano. Viviendas destruidas, hospitales dañados, escuelas inutilizadas, puentes y carreteras colapsadas, puertos afectados, interrupciones del suministro eléctrico y de agua potable, además de daños en infraestructura estratégica, configuran un escenario que exigirá una reconstrucción de largo plazo y una movilización extraordinaria de recursos públicos e internacionales. 

La experiencia internacional demuestra que los desastres naturales rara vez son únicamente naturales. Con frecuencia también reflejan décadas de decisiones —o de ausencia de ellas— en materia de planificación urbana, normas de construcción, mantenimiento de la infraestructura pública, ordenamiento territorial y preparación institucional. Allí donde existen edificaciones antisísmicas, sistemas de alerta, protocolos claros y organismos de respuesta bien financiados, la diferencia entre una tragedia y una catástrofe puede medirse en miles de vidas.

Esta emergencia vuelve a poner sobre la mesa un debate que América Latina no puede seguir postergando. La región se encuentra entre las más expuestas del planeta a terremotos, erupciones volcánicas, huracanes, inundaciones y otros fenómenos extremos. Sin embargo, la inversión en prevención continúa siendo insuficiente en numerosos países. Cada dólar destinado a infraestructura resiliente, fortalecimiento institucional, planificación territorial y gestión del riesgo evita múltiples dólares en reconstrucción futura. No se trata únicamente de proteger edificios; se trata de proteger economías, empleos, cadenas de suministro y, sobre todo, vidas humanas.

La respuesta internacional también ha comenzado a desplegarse. Naciones Unidas, la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, UNICEF, equipos especializados de búsqueda y rescate y organizaciones humanitarias de distintos países han enviado personal, hospitales de campaña, alimentos, agua potable, medicamentos y refugios temporales para atender una emergencia que probablemente se extenderá durante meses. Paralelamente, organismos financieros internacionales han anunciado su disposición para respaldar los esfuerzos de reconstrucción del país. 

Pero quizá la mayor lección de esta tragedia no provenga de los informes técnicos ni de los balances económicos. Proviene de las personas. De los bomberos que trabajan durante jornadas interminables sin saber cuándo encontrarán descanso. De los médicos que continúan atendiendo pacientes aun cuando ellos mismos también perdieron sus hogares. De los rescatistas que siguen excavando después de más de una semana porque aún conservan la esperanza de encontrar vida bajo los escombros. De los vecinos que comenzaron a remover concreto con sus propias manos antes incluso de que llegara la maquinaria pesada. De quienes compartieron agua, alimentos y abrigo con completos desconocidos cuando todo escaseaba. En medio del dolor más profundo apareció también la mejor versión de un pueblo.

Los venezolanos han demostrado una fortaleza que trasciende cualquier indicador económico. Han enfrentado la incertidumbre con valentía, el miedo con solidaridad y la pérdida con una capacidad admirable para sostenerse unos a otros. Esa resiliencia constituye el verdadero capital de una nación. Los edificios podrán reconstruirse, las carreteras volverán a abrirse y la actividad económica encontrará, tarde o temprano, un camino hacia la recuperación. Lo más difícil de reconstruir siempre será la vida de quienes lo perdieron todo.

Quienes deseen colaborar pueden hacerlo a través de organizaciones humanitarias con presencia en el terreno, entre ellas la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (IFRC), UNICEF, la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas (OCHA) y otras entidades que coordinan la respuesta de emergencia. En momentos como este, una contribución puede convertirse en agua potable, atención médica, alimentos, refugio o esperanza para una familia que hoy enfrenta una realidad inimaginable.

Hay tragedias que dividen la historia de un país en un antes y un después. Este terremoto será una de ellas. Pero si algo ha demostrado Venezuela a lo largo de su historia es que incluso cuando la tierra tiembla y todo parece derrumbarse, permanece en pie aquello que ningún desastre puede destruir: la dignidad de su gente, la solidaridad entre desconocidos y la extraordinaria capacidad de un pueblo para levantarse una y otra vez. A todos los venezolanos que hoy buscan a sus seres queridos, reconstruyen sus hogares o simplemente intentan seguir adelante, les debemos algo más que nuestra atención: les debemos nuestra solidaridad. Porque la reconstrucción de un país comienza con el trabajo de quienes remueven los escombros, pero también con la voluntad del mundo de no olvidar a quienes aún esperan una mano para volver a empezar. (O)

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