Cuando Pedro nació con apenas 32 semanas de gestación, la vida de Alana Mantilla cambió para siempre.
Los médicos no habían detectado a tiempo una toxoplasmosis durante el embarazo. Su segundo hijo llegó al mundo de forma prematura, con múltiples complicaciones de salud y un futuro incierto. “No sabíamos si iba a sobrevivir”.
Los diagnósticos eran complejos. El pequeño perdió la visión de un ojo y enfrentó diversos desafíos neurológicos. Hoy con ocho años, cambió las estadísticas médicas. Toca batería, ukelele y es la motivación de sus padres y sus dos hermanos.
Cuando Alana tenía 14 años, su familia decidió mudarse a Estados Unidos por razones laborales de su padre. “Fue difícil, una cosa es ir de vacaciones y otra es cuando ya te toca vivir el día a día”. Mientras cursaba la secundaria trabajó de niñera, en un cine y dio clases de español.
A los 18 regresó a Ecuador con la intención de ayudarles a sus padres con algunos asuntos familiares durante el verano para luego regresar a estudiar Relaciones Internacionales. Pero un amor de juventud cambió sus planes y terminó quedándose en Quito
Ingresó a la Universidad San Francisco de Quito para cursar la carrera, que escogió además de Arte y Fotografía.
Durante siete años trabajó en la fundación Acción Pro Vida, una organización dedicada a apoyar a mujeres en situación de vulnerabilidad.
"Me encontré con realidades muy duras. Jóvenes que no sabían cómo enfrentar la maternidad, niñas abusadas, familias sin recursos". Poco a poco asumió más responsabilidades hasta convertirse en directora nacional. En este proceso creo Mandarin, una marca de bufandas elaboradas a mano junto con mujeres de bajos ingresos. Abrieron un local en un centro comercial, sin embargo, su embarazo de alto riesgo la obligó a guardar reposo. “Tuvimos que cerrar luego de un año”.
El nacimiento de Charlie’s
Cuando llegó la pandemia en 2020, Alana y su esposo Miguel Aguirre comenzaron a cocinar para entretenerse. Iniciaron con pizzas y recetas caseras de galletas, inspiradas en aquellos dulces que ella recordaba de su adolescencia.
Un día su cuñada las probó e insistió que debían venderlas. “Se llevó algunas para compartir con sus amigas y todas querían más”. Decidieron poner la idea a prueba. Invirtieron US$ 60 en ingredientes, prepararon un pequeño lote y las repartieron entre los vecinos. A los 10 minutos llegó el primer pedido.
El siguiente paso fue encontrar un nombre. Querían algo corto y fácil de recordar. “Nos inspiramos en Charlie y la fábrica de chocolate, la película que durante generaciones ha permanecido en la mente de niños y adultos”.
El aroma del chocolate recién horneado pronto se convirtió en el centro del hogar. La intención era crear una galleta grande, ligeramente crujiente por fuera, suave en el centro y generosa en trozos de chocolate. Desde el inicio tenían claro que no iban a competir por precio, sino por calidad. “Cada unidad tendría un costo de US$ 2.50".
Entre mayo y diciembre registraron ventas por US$ 35.000 y produjeron unas 17.500 unidades. “Arrancábamos cuando los niños se iban a dormir y terminábamos de madrugada”.
El boca a boca funcionó. La sala de la casa estaba llena de cajas. Incluso superaban las 35 órdenes por día. “Cuatro meses después estábamos agotados. Teníamos que decidir si nos quedábamos pequeños o nos volvíamos en un negocio”. Optaron por lo segundo.
Mucho más que una receta
Cuando el país volvió a la normalidad, Alana se quedó al frente del emprendimiento y Miguel continuó con su trabajo como director comercial de Automotores y Anexos. Las decisiones siempre las toman juntos. "En este camino yo soy la parte operativa y Miguel el de la visión y la planificación".
Buscaron un establecimiento, compraron dos hornos semiindustriales, un congelador, una refrigeradora y una mesa de trabajo. También contrataron a su primera colaboradora. En julio de 2021 abrieron una isla en Quicentro shopping, con una inversión que superó los US$ 7.000.
En ese momento determinaron que iban a construir un patrimonio para sus tres hijos, en especial para Pedrito. Después de años enfrentando diagnósticos y dudas, Alana necesitaba la tranquilidad de saber que estaban creando un respaldo para sostenerlo en el futuro.
“El principal desafío no era producir, sino crear procesos. No podíamos perder calidad por masificación. Estructuramos desde cómo responder a los clientes”. Ella tenía claro que, si querían contar con una marca duradera, necesitaban algo más que una buena receta.
A la clásica choco chip, se sumaron variedades con nutella, chocolate blanco, red velvet y macadamia.
En septiembre de 2022 se constituyeron formalmente como compañía y dos meses después abrieron un segundo punto de venta. Una alianza con Hanaska, les permitió llegar con el producto a 17 colegios. “Hacíamos 15.000 galletas mensuales”.
Todo era reinvertido. ‘En 2023 recibí mi primer sueldo”.
Escalar sin perder calidad
Hoy Charlie’s factura alrededor de US$ 350.000 anuales, cuenta con 12 colaboradores y producen más de 1.000 unidades semanales.
Desde el año pasado desarrollaron la línea congelada que se comercializa en los supermercados de Corporación Favorita. “Solo en este segmento vendemos más de US$ 70.000 anuales”.
Hoy, mira hacia atrás y siente orgullo por camino recorrido. El siguiente paso implica lanzar nuevos productos y buscar la internacionalización de la marca que encontró en una simple galleta, el futuro de la siguiente generación. (I)