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Estas personas, sin capas ni poderes mágicos, tienen algo en común, y es que saldrán de este mundo siendo mejores seres humanos de lo que llegaron. En la mayoría de los casos, sus nombres no aparecerán en los libros de historia, pero para quienes han coincidido en su travesía, jamás serán olvidados.

3 Julio de 2026 16.29

Cuando pensamos en héroes, nos viene a la mente Marvel o DC y aquel tipo musculoso, de sonrisa perfecta, que, con una capa colgada de su espalda, cae desde gran altura e impacta el suelo en cuclillas, con una rodilla flexionada, la otra pierna extendida hacia atrás y un puño apoyado contra el pavimento. O la chica con un físico imponente, traje reluciente y pelo que ondea al viento y sobrevive intacto a persecuciones, golpes y derrumbes. Personajes que no muestran temor cuando las cosas salen mal y nunca les falta la frase ingeniosa en el momento preciso.

Pero los héroes reales no vuelan, no tienen visión láser, ni detienen trenes con sus manos. Son personas comunes que, enfrentadas a circunstancias extraordinarias, deciden seguir adelante. Sienten miedo, cansancio, dudas, frustración o dolor, pero aun así encuentran la manera de avanzar.

El Mundial de Fútbol nos ofrece cada cuatro años una oportunidad para recordar esta verdad. Uno de esos casos es el del arquero Vozinha, de la selección de Cabo Verde, quien, con su rostro cubierto de lágrimas debido a la odisea deportiva que acababa de protagonizar en el primer partido de su selección, festejaba mientras buscaba a su madre en la tribuna.

Antes de dedicarse al fútbol, Vozinha tuvo una infancia difícil y de adulto trabajó como conductor de autobuses y electricista, y le fue necesario esperar hasta los 25 años para debutar como profesional. Durante años fue un desconocido para la mayoría de los aficionados; sin embargo, su perseverancia, disciplina y amor por el deporte le permitieron cumplir uno de sus grandes sueños: representar a su país y convertirse en ejemplo para miles de jóvenes africanos.

Los superhéroes auténticos no habitan únicamente en los estadios ni se consagran en los triunfos mediáticos. No todos ellos ganan frente al público, pero se levantan de situaciones impensables, ya sea una enfermedad, un revés económico, una pérdida personal o cualquier contratiempo que la vida y el karma les presenten. Estos guerreros dejan una estela de luz en su camino y constituyen una inspiración para otros, pero sobre todo encuentran un silencioso proceso de evolución espiritual para sí mismos.

Cuando pienso en esto, vienen a mi mente varios de estos superseres que se han cruzado en mi camino: aquel amigo que, mientras trabajaba con absoluta dignidad en la cafetería de la empresa, corrió la Vuelta al Ecuador más de cinco veces, desafiando a sus preparados competidores y a su propio destino. Todas estas gestas sin equipo, más allá del apoyo de su familia y con una bicicleta resultado de su propio esfuerzo y el apoyo de unos cuantos amigos y vecinos.

Pienso en mi amigo, el increíble pescador sobreviviente de setenta y siete días a la deriva en el mar en su juventud, quien luego aprendió a leer y escribir por su propia cuenta para convertirse en fisioterapeuta y activista contra la contaminación en las Islas Galápagos.

De otro lado, en los últimos años pude conocer a Ana Benítez, una formidable heroína, quien, durante varias contiendas contra el cáncer, grabó su propio documental con cámara en mano, mientras navegaba en las turbulentas aguas del sistema médico público ecuatoriano. Su película MAMA narra, como ella misma lo dice, «un viaje de sanación crudo y sin filtros, que va más allá de la curación física para acompañar la sanación del alma». Hoy que su obra cosecha reconocimientos por el mundo, ella brinda una luz de esperanza a quienes se encuentran atravesando similares circunstancias.

Estos valerosos paladines representan a muchos soñadores y batalladores audaces. Hombres y mujeres con una fuerza de voluntad fantástica, con la capacidad de ver un punto de luz en la noche más oscura y agrandarlo hasta iluminar su sendero y el de quienes los rodean. En silencio y fuera de los reflectores, realizan proezas maravillosas en su parte espiritual. A veces están justo a nuestro lado, como ocurre en mi propio caso.

Estas personas, sin capas ni poderes mágicos, tienen algo en común, y es que saldrán de este mundo siendo mejores seres humanos de lo que llegaron. En la mayoría de los casos, sus nombres no aparecerán en los libros de historia, pero para quienes han coincidido en su travesía, jamás serán olvidados.

Vozinha, Ana y tantos otros desconocidos para el mundo que están en nuestras vidas nos recuerdan que el éxito no es de quien jamás se ha caído, sino del que se levanta. No de quien no siente miedo, sino del que avanza a pesar de él. No de quien pretende cambiar el mundo mediante la fuerza, sino del que aporta a su transformación mediante el ejemplo y la fe. (O)

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