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Cuando la máquina aprueba y el ser humano reprueba

8 Julio de 2026 15.23

La inteligencia artificial ha llegado a las aulas como llegaron en su tiempo la imprenta, la calculadora y el internet, con la promesa de ampliar las capacidades humanas. Sin embargo, toda herramienta poderosa plantea una pregunta incómoda e inevitable: ¿servirá para aprender mejor o para fingir que hemos aprendido?

El problema no es la inteligencia artificial, el problema, como casi siempre en la historia de la humanidad, es la tentación del engaño y la comodidad, la máquina no miente ni descansa, quienes mienten son aquellos que la utilizan para presentar como propio lo que nunca pensaron, para firmar con su nombre ideas que jamás elaboraron y para aprobar exámenes cuyo contenido nunca comprendieron. El algoritmo no hace trampa, la trampa sigue siendo una vieja y atávica costumbre revestida de modernidad.

Resulta irónico observar a ciertos estudiantes obtener una alta calificación gracias a textos generados por una aplicación, lo cual se puede comparar con el montañista que presume haber conquistado una cima cuando en realidad fue transportado en helicóptero hasta la cumbre. Llegó arriba, sí, pero jamás conoció el esfuerzo de la escalada, el vértigo de la duda, ni la satisfacción del descubrimiento y la superación del riesgo. Obtuvo el resultado, pero no vivió la experiencia.

La educación, bien entendida y administrada, nunca tuvo como propósito principal acumular notas, certificados o títulos, su verdadera misión consiste en formar criterios, desarrollar razonamientos, cultivar sensibilidades y construir caracteres. Aprender implica equivocarse, corregir, contrastar ideas y ejercitar el pensamiento, el conocimiento no es un archivo que se descarga, es una transformación interior que exige disciplina y reflexión.

Por eso el fraude académico es mucho más que una simple falta reglamentaria, constituye una forma de autoengaño, quien copia puede mentir al profesor durante unas horas, pero difícilmente podrá engañar a la realidad durante toda la vida. Los problemas verdaderos no vienen con respuestas prediseñadas, porque simplemente todos tienen una particular naturaleza. El mercado laboral, la ciudadanía responsable, la ciencia, el arte y la convivencia humana exigen personas capaces de pensar por sí mismas y actuar en consecuencia.

La IA puede ser una extraordinaria aliada, puede ayudar a investigar, sintetizar información, explorar nuevas perspectivas y potenciar la creatividad. Utilizada con honestidad, amplía horizontes intelectuales, utilizada como sustituto del pensamiento, los reduce, la diferencia -he ahí el detalle- no está en la tecnología, sino en la ética de quien la emplea.

Existe algo que ningún algoritmo puede reemplazar completamente, esto es, la conciencia, ninguna máquina experimenta la emoción de comprender una idea después de horas de esfuerzo, ningún programa siente la belleza de un poema, la angustia de una decisión o la responsabilidad de una convicción, los algoritmos procesan datos, las personas construimos significado.

La educación del futuro -los docentes tendrán que entenderlo- no debe librar una guerra contra la inteligencia artificial, deberá enseñar a convivir con ella, sin abdicar de la inteligencia humana. El desafío no consiste en prohibir herramientas, sino en formar ciudadanos capaces de utilizarlas con criterio, de lo contrario, corremos el riesgo de crear una generación que sabe pedir respuestas, pero ha olvidado formular preguntas, una generación que confunde información con sabiduría y velocidad con conocimiento.

La inteligencia artificial no debe generar miedo, a lo que hay que temer es a la estupidez natural… (O)

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