Forbes Ecuador
Columnistas

Magnific
Share

He visto llorar a niños en los estadios, ya sea de alegría o de tristeza porque su equipo quedó eliminado, y esas emociones son completamente válidas. Lo importante es qué hacemos con ellas. Una derrota puede convertirse en una oportunidad para aprender o en una evidencia de que nunca podremos lograrlo.

10 Julio de 2026 16.08

Tantas cosas por analizar luego de que el equipo ecuatoriano participara en el Mundial de fútbol. Recuerdo que mi hijo lloraba convencido de que Ecuador ya estaba fuera del Mundial. Todavía faltaba un partido por disputar, pero para él la historia había terminado. Lo curioso es que yo también lo creía.

Las dos primeras participaciones de la selección, una derrota frente a Costa de Marfil y un empate con Curazao, habían dejado más dudas que esperanza entre los hinchas. Sin ser experta en fútbol, me descubrí pensando exactamente igual que muchos ecuatorianos: el partido contra Alemania parecía imposible. Incluso le escribí a una gran amiga alemana diciéndole que sentía que todo estaba perdido.

Su respuesta fue sencilla, pero contundente:

"Espero que sea un gran partido. Y si Ecuador gana, me alegraré por ustedes. Nunca se rindan."

Confieso que esa frase me incomodó, porque entendí que quienes ya nos habíamos rendido éramos nosotros, incluso antes de que los jugadores entraran a la cancha.

Luego ocurrió lo que todos conocemos.

Tuve la fortuna de estar en el estadio y ver a un equipo que luchó hasta el final, que trabajó unido y que consiguió una victoria que pocos esperaban. Escuché a miles de ecuatorianos gritar una y otra vez: "¡Sí se puede!", esperando que ese mensaje llegara hasta la cancha y recordara a los jugadores que eran capaces.

Mientras cantaba esa frase pensé que, sin saberlo, todos estábamos hablando de un concepto que suelo mencionar con frecuencia cuando escribo sobre educación: la autoeficacia.

La autoeficacia es esa percepción que tenemos sobre nuestra propia capacidad para enfrentar un desafío. Es esa voz interna que nos dice: "sí puedo". No garantiza el éxito, pero sí influye en cuánto perseveramos, cuánto esfuerzo invertimos y cuánto tiempo seguimos intentando cuando aparecen las dificultades.

Después del último partido intenté consolar a mi hijo diciéndole que en la vida se gana o se pierde, que para alcanzar una meta hay que entrenar, prepararse, estudiar al rival y esforzarse. También le hablé de la importancia del compromiso y de analizar qué se puede mejorar.

No hay duda de que hemos pasado, en muy poco tiempo, de la desesperanza a la gloria y luego otra vez a la frustración. Pero me atrevo a decir que no debemos extrapolar esos resultados a todo. Ganamos y sentimos que todo es posible; perdemos y rápidamente concluimos que "no servimos", que "siempre es lo mismo" o que "ya no hay nada que hacer". Lo preocupante es que los niños aprenden esa forma de interpretar la realidad mucho más de lo que imaginamos.

He visto llorar a niños en los estadios, ya sea de alegría o de tristeza porque su equipo quedó eliminado, y esas emociones son completamente válidas. Lo importante es qué hacemos con ellas. Una derrota puede convertirse en una oportunidad para aprender o en una evidencia de que nunca podremos lograrlo. Esa diferencia depende, en gran medida, del relato que construimos como adultos.

El cuerpo técnico, los dirigentes y los jugadores tendrán que analizar qué ocurrió y qué necesita mejorar el equipo. Ese ejercicio de evaluación es indispensable para crecer. Pero nosotros, como familias, también tenemos una tarea. Procuremos enseñar a nuestros hijos que no todo se generaliza, que un resultado no define quiénes somos y que creer que podemos es el primer paso para alcanzar cualquier meta. Eso aplica al deporte, a la escuela, al trabajo y a la vida.

El cariño por nuestro país debería vivirse más allá de los resultados. Al final, los niños aprenden menos de lo que les decimos y mucho más de lo que nos escuchan decir, de lo que observan y del ejemplo que les damos. (O)

10