Algunas de las crueldades más difíciles de reconocer no nacen del odio, sino de la certeza de estar haciendo el bien. Quien las comete rara vez se considera cruel. Al contrario, suele dormir con la conciencia tranquila, convencido de haber cumplido con su deber. Hay algo inquietante en esa tranquilidad… la posibilidad de que una causa justa termine sirviéndonos de absolución.
"Estar del lado correcto de la historia" es una de esas frases que parecen cerrar cualquier discusión. Contiene una promesa irresistible. El futuro terminará dándonos la razón. Nosotros seremos los lúcidos; los otros, quienes no entendieron a tiempo. Y si la historia ya ha dictado sentencia, escuchar al adversario empieza a parecer una pérdida de tiempo.
El problema no pertenece a una ideología. Aparece allí donde una identidad nos permite dividir el mundo entre quienes han comprendido y quienes todavía necesitan ser corregidos. Entonces ocurre algo decisivo. El otro deja de estar equivocado y empieza a ser una mala persona.
Las redes sociales han vuelto especialmente visible esta antigua debilidad. Un estudio publicado en Science Advances, basado en 12,7 millones de tuits y varios experimentos, encontró que quienes recibían mayor aprobación social por expresar indignación moral tendían a repetirla y que los usuarios ajustaban esas expresiones a las normas de sus propias redes. No solo expresamos lo que pensamos. También aprendemos qué emociones espera nuestra comunidad de nosotros.
Así aparece una crueldad especialmente peligrosa, la que se experimenta como virtud. Si quien discrepa no está simplemente equivocado, sino que amenaza el bien, humillarlo puede parecer valentía; excluirlo, coherencia… dejar de escucharlo, integridad. Ya no discutimos sus argumentos. Examinamos su carácter. Dejamos de preguntarnos si algo es verdad y empezamos a preguntarnos qué clase de persona podría pensar algo así.
La psicóloga Linda Skitka ha estudiado cómo las convicciones morales pueden hacernos más resistentes a la presión social, pero también menos tolerantes con quienes discrepan. La misma certeza que nos permite mantenernos firmes frente a una mayoría puede impedirnos reconocer que también nosotros podríamos estar equivocados.
Pero existe una dificultad todavía mayor. Tal vez nuestro adversario esté equivocado. Tal vez nosotros tengamos mejores argumentos, mejores pruebas e incluso una causa genuinamente más justa. Nada de eso resuelve la pregunta moral. Tener razón no nos concede el derecho a degradar a quien se equivoca.
Ese es quizá el examen más difícil. Resulta sencillo lamentar nuestra crueldad cuando descubrimos que estábamos equivocados. Mucho más difícil es reconocerla cuando los hechos terminan dándonos la razón. Entonces la humillación se confunde con justicia, el desprecio con lucidez y el placer de castigar con una consecuencia merecida. Pocas cosas resultan tan peligrosas como una conciencia que ha dejado de sentirse obligada a examinarse.
Ninguna comunidad necesita levantar muros para construir sus propias fronteras. A veces basta una burla, una etiqueta, una amistad que se enfría o el silencio que sigue a una pregunta inconveniente. Primero aprendemos qué no debemos decir. Después, qué no debemos preguntar. Hasta que un día descubrimos que hemos dejado de pensar ciertas cosas, no porque las hayamos refutado, sino porque hacerlo podría costarnos el afecto de los nuestros.
Tal vez pensar por uno mismo exija una pequeña deslealtad, la disposición a decepcionar, alguna vez, a quienes sentimos más cercanos. Admitir que el adversario puede acertar, que nuestro grupo puede equivocarse y, sobre todo, que ninguna convicción, por justa que sea, nos concede inmunidad moral.
Quizá nunca sepamos con absoluta certeza si estamos del lado correcto de la historia. Puede incluso que el tiempo termine concediéndonos la razón. Pero cuando eso ocurra, quedará una pregunta más difícil de responder. ¿Cuánto de nuestra humanidad habremos estado dispuestos a sacrificar para demostrar que la teníamos? (O)