Tenemos una relación bastante hipócrita con la derrota, nos encanta hablar de ella cuando ya hemos ganado.
El empresario exitoso recuerda con ternura cuando estuvo en bancarrota, el político victorioso convierte sus derrotas anteriores en capítulos épicos, el escritor consagrado cuenta divertido las editoriales que rechazaron su manuscrito. Curiosamente, nadie parece tan entusiasmado con el fracaso mientras está fracasando, seguramente porque perder duele y a veces humilla.
Hay lecciones que únicamente aprendemos cuando la vida nos quita la silla justo en el instante en que íbamos a sentarnos, tal como al papá de la novia que, por un despiste, casi transforma la boda en un funeral.
Samuel Beckett fue contundente: "Inténtalo otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor". No dijo "triunfa mañana", ni prometió que el universo conspiraría a nuestro favor. Es decir, si vas a tropezar nuevamente -y seguramente lo harás- procura al menos no tropezar con la misma piedra, en el mismo lugar y con idéntica cara de sorpresa.
La derrota desnuda y acongoja. El triunfo nos permite rodearnos de aduladores y hace que el teléfono no deje de sonar, la derrota enmudece al teléfono y descubre quién estaba realmente de nuestro lado.
Michael Jordan protagonizó una de las mejores confesiones sobre el fracaso. Recordó que había fallado más de nueve mil tiros, perdido casi trescientos partidos y errado veintiséis lanzamientos decisivos, después añadió: "He fallado una y otra y otra vez en mi vida. Y por eso tengo éxito". La frase resulta extraordinaria porque viene de un hombre al que millones recuerdan encestando, no fallando.
Imaginemos por un momento a un joven que pierde una elección, fracasa en un negocio o recibe el rechazo de una editorial, regresa a casa furioso, maldice al sistema, al mercado, al jurado, a los electores, al algoritmo, a los alienígenas ancestrales y, si queda algún culpable disponible, también al clima.
Esa noche tiene dos posibilidades, puede convencerse de que el mundo está lleno de idiotas incapaces de reconocer su talento o puede formularse una pregunta mucho más peligrosa: ¿Y si me equivoqué yo?... esa pregunta ha construido más sabiduría que miles de discursos sobre liderazgo.
Existen dos clases de derrotados, quienes pierden y quienes aprenden. Los primeros buscan culpables y necesitan justificaciones, los segundos buscan causas y quieren corregir el futuro.
Pero tampoco idealicemos el fracaso, perder no ennoblece automáticamente a nadie, así como ser pobre no significa ser bueno y rico te hace malo, hay personas que acumulan derrotas durante décadas sin aprender absolutamente nada, reinciden con admirable disciplina, cambian de escenario, de pareja, de partido político o de negocio, pero conservan intacto el error, son auténticos profesionales de tropezar con la misma piedra y después denunciar una conspiración internacional de las piedras.
La derrota solo enseña a quien está dispuesto a escucharla y su primera lección es la humildad, nos recuerda que no somos invencibles, que nuestras certezas pueden estar equivocadas, que tener experiencia no significa tener siempre la razón y que una buena intención jamás sustituye una mala decisión, también enseña algo todavía más difícil, saber retirarse.
Quizá por eso las derrotas importantes terminan dividiendo nuestra vida en dos épocas: quienes éramos antes de caer y quienes decidimos ser después de levantarnos, con los años descubrimos que algunas puertas cerradas nos salvaron de caminos equivocados, que ciertos rechazos corrigieron nuestra soberbia, que algunos adversarios nos obligaron a mejorar y que determinadas pérdidas nos enseñaron verdades que jamás habríamos aceptado mientras todo marchaba bien.
No deberíamos temer tanto perder una batalla, una elección, un negocio o una oportunidad, deberíamos temer algo infinitamente peor, atravesar una derrota y salir de ella exactamente iguales, porque entonces el dolor habrá sido inútil.
Fundamental es darse cuenta porqué fracasamos, porqué se produjo la cornada, esa es la única forma de corregir, después de alguna derrota o percance, lo imperdonable sería no haber aprendido nada.
Fracasar esta entre las posibilidades, pero luego hay que tener la decencia de aprender… (O)