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La fórmula más simple para hacerse millonario

Hartmut Bock

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Un ser humano que usa su capacidad de pensar se convertirá inevitablemente en un capitalista. Uno que la niega, en víctima.

25 Marzo de 2026 16.23

Uno de mis hijos me pregunto “¿qué es el capitalismo?” y no se me ocurrió mejor idea que contarle una historia.

Para los que seguimos el Zeitenwende es común leer que los problemas del mundo se deben al capitalismo, que éste sistema político-económico es inhumano pues privilegia al dinero por sobre las personas, que produce desigualdad y pobreza. Es verdad que el mundo está lleno de problemas y que Estados Unidos, el país que equivocadamente pensamos es el estandarte del capitalismo (nos sorprendería saber que no es así en absoluto), se ha convertido en un mal ejemplo en casi todo, incluida su capacidad para permitir que sus ciudadanos productores prosperen.

Yo prefiero entender al capitalismo como el sistema natural para una entidad con capacidad de pensar e imaginar el futuro.

Los seres humanos podemos crear en nuestra mente una versión de la realidad distinta de la que vivimos en el presente. Podemos decidir si gastar o ahorrar el mucho o poco dinero que producimos. Si hacemos lo segundo podremos acumular capital y llegado el momento usarlo para mejorar nuestra capacidad de producir, lo que nos permitirá crear aún más capital que luego podremos usar para implementar la realidad que en un principio imaginamos.

Desde está perspectiva, el capital es tiempo futuro encapsulado.

Un ser humano que usa su capacidad de pensar se convertirá inevitablemente en un capitalista. Uno que la niega, en víctima.

A continuación la historia que le conté a mi hijo…

Juan y Alberto son dos pescadores que viven en El Matal, un pueblito pesquero en la provincia de Manabí en Ecuador. Todas las mañanas salen de pesca a las tres de la mañana en sus respectivas lanchas que les permiten sacar del mar no más de 60 kg de pescado. Ambos regresan alrededor de las seis de la mañana y venden su pescado en el mercado.

Luego de vender su pesca, Juan le da parte del dinero ganado a su esposa para que haga las compras del día y se dedica a descansar el resto del día. Los días viernes le da menos dinero a su esposa y usa el saldo para comprar licor y beberlo junto a sus amigos en la tienda de la esquina.

Al igual que Juan, luego de la venta Alberto regresa a su casa y le entrega a su esposa el dinero que han acordado juntos se requiere para pagar los gastos del hogar. Guarda el resto en una alcancía. A diferencia de Juan, Alberto no se dedica a descansar el resto del día sino que se pone a leer cuanto puede acerca del negocio de la pesca. Descubre que en Guayaquil venden lanchas más grandes y que podría solicitar un préstamo en el banco para comprarse una si logra contar con el depósito inicial correspondiente al 30% del valor total del bote. En vez de irse los viernes de juerga, aprovecha para pasar con su familia y disfrutar de la playa.

Luego de ahorrar disciplinadamente por el transcurso de dos años y privarse de muchos placeres, acumula el capital requerido para acceder al préstamo que le permitirá comprar una lancha más grande. Si bien ha demostrado tener disciplina durante todo este tiempo, ha llegado el momento de mostrar que también posee coraje. El temor de que no pueda pescar suficientes pescados, que esto le impida pagar la deuda con el banco, que su nueva lancha sea embargada y que su familia se queden sin su sustento está más presente que nunca. A diferencia de otras personas que cuentan con una red de seguridad que impide que se estrellen contra el suelo, Alberto reconoce que no tiene espacio para fracasar. Pero hay algo más importante aún que sus miedos. Su visión de una vida sin privaciones, un futuro en el que sus hijos podrán estudiar fuera del país y donde su esposa podrá tener un vida tranquila en un barrio seguro. Alberto se llena de coraje y se promete que hará lo que tenga que hacer para salir adelante.

El día lunes sale como siempre de pesca temprano en el día y al regresar vende únicamente la mitad de su pesca en el mercado. Guarda la otra mitad para que su esposa, comprometida con la misión de Alberto, prepare ceviches que venderá a los bañistas de la playa para poder pagar los gastos de la casa durante esa semana. Toma el último bus a Guayaquil para aprovechar y dormir en el trayecto, y así ahorrarse la noche de hospedaje.

Por su lado Juan continúa con su mal hábito de la bebida. Su esposa ya no confía en él y le pide cada vez más dinero. Ya no solo está motivada por cubrir los gastos del día a día, sino en acumular algo de dinero por si a su marido le llega a suceder algo. La vecina dice que está pensando en abandonar a su esposo y llevarse consigo a sus hijos.

Seis meses después del viaje a Guayaquil, un camión llega a El Matal trayendo el flamante bote que Alberto compró. Todos los habitantes de la pequeña población salen a verla y se quedan asombrados con la bella embarcación de color blanco. Les llama la atención el amplio techo con la capacidad de resguardar a los tripulante del fuerte sol común a esta latitud del planeta. Un pequeño detalle que hará que el trabajo de Alberto sea más satisfactorio y por lo tanto más fácil de realizar.

Alberto no pierde el tiempo y sale con su nueva embarcación al día siguiente una hora más temprano que lo habitual. El mayor tamaño de la embarcación y sus motores más potentes le permiten adentrarse más adentro en el mar y atrapar peces más grandes. Regresa a la misma hora de siempre, pero esta vez trae consigo 170 kg, casi tres veces más de lo que solía pescar con la anterior embarcación. El pueblo está asombrado con la pesca, ninguno de sus habitantes había visto pescados así de grandes en toda su vida. Luego de venderlos en el mercado regresa a su casa y le entrega a su esposa la acostumbrada mesada. Guarda el valor correspondiente para pagar la deuda que adquirió en el banco y ahorra el sobrante pues se ha puesto como meta pagar la deuda en máximo 1 año.

El tiempo transcurre a la gran velocidad a la que suele hacerlo hasta llegar a los 10 años después del inicio de esta historia. Nuestros amigos tienen vidas muy diferentes.

Alberto es dueño de un buque pesquero y una planta de procesamiento en Manta, uno de los principales puertos del Ecuador ubicado a un par de horas de su pueblo natal. Sigue siendo fiel a su estilo de generar riqueza: gasta lo necesario sin lujos que solo sirven para aparentar quién no es y el resto lo invierte en su negocio. Una fórmula que siendo tan simple le sorprende que tan pocos la sigan.

De Juan se sabe que su mujer lo abandonó hace tiempo y que poco después de ello cayó en la depresión. Su solución fue beber aún más, inclusive los días que debía salir a pescar. Perdió su bote y hoy se dedica a vender pescado para sobrevivir junto a la tienda donde se reunía con sus mal llamados amigos. (O)

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