La pescadería más grande del mundo
Cada uno tiene sus batallas, sus cumbres, sus maratones. Algunos tendrán cumbres que sean pasar hambre; otros, la soledad del dinero; otros, la debilidad del cuerpo, la oficina, su soberbia, una enfermedad, y así infinidad de batallas como seres humanos existen.

Hay una tienda peculiar en Medio Oriente. Es una empresa grande, con una planta procesadora de alimentos en el fondo; camiones y contenedores se cargan a diario y salen llenos a todas partes del mundo. Venden pescado y pan en todas sus versiones: crudo, enlatado, en conserva, deshidratado y todo lo que se puedan imaginar. Les va muy bien; van años exportando a casi todos los países del mundo. Un producto de gran calidad: es de los mejores pescados del mundo y valorado por un nicho de mercado que busca este tipo de producto. El precio es relativamente alto si lo comparamos con su competencia, pero, por la gran calidad e historia, este producto tiene una elasticidad muy baja. Es un negocio familiar como muchos, de los más antiguos de la región; han pasado por distintas generaciones y tienen protocolos de transición familiar que, curiosamente, han funcionado muy bien. 

Cuando uno los visita, lo que sorprende es su capacidad de producción casi ilimitada: proveen de excelente calidad consistentemente y se han expandido hacia la generación de valor agregado de manera exitosa. Emplean a más de 10.000 trabajadores directos a nivel mundial. Tienen un estupendo servicio al cliente y excelentes beneficios para sus empleados. Quizá su característica más importante es su sentido social: destinan el 80% de sus beneficios a su fundación, que entrega comida a quienes pasan hambre a nivel mundial; atienden a más de 10 millones de personas a nivel mundial, a quienes entregan pescado enlatado diariamente. El nombre de la empresa es 2 panes y 7 peces. Los inicios son en Galilea: el fundador encontró la manera de alimentar a 500 mil personas con pan y peces y, desde ahí, en los mismos cestos de hace miles de años, que no se dañan, hay panes y peces ilimitados que ayudan a que se venda. 

¿Les suena familiar? Sí, todo empieza en la Biblia, en el Evangelio de Marcos: la multiplicación de los panes y los peces. Pero, fuera de lo litúrgico, ¿les parece una gran manera de terminar con el hambre a nivel mundial? 

Probablemente sí. El pescado estaba ahí, los cestos estaban ahí, el milagro se había dado; era cuestión de darle una estructura empresarial que permita, humanamente, llenar los cestos eternamente. 

¡Si uno de los apóstoles hubiera tenido un MBA! Se hubiera podido cambiar el mundo. Eliminar el hambre a nivel mundial. Pero no se hizo. Algunos dirán que por capricho; otros, por falta de amor; pero otros dirán que es porque así debía ser.

¿Y eso qué tiene que ver con la dinámica personal y empresarial? 

Mucho, porque existe una manera en la que podemos utilizar las limitaciones, como el hambre, y otras situaciones aparentemente u objetivamente negativas, para perfeccionarnos profundamente, para perfeccionar nuestro espíritu: el hambre, para aumentar nuestra fe; el dolor, para aumentar nuestra empatía con los que pasan mal, y una larga lista de posibles efectos positivos de situaciones adversas. Un perfeccionamiento que ninguna otra criatura puede hacer.

Podríamos perfeccionarnos con el estómago lleno de pescado de Galilea dirán algunos. Seguro que sí, pero ese no es nuestro don; no somos las criaturas que no tienen hambre: más sencillo hubiera sido crearnos para nutrirnos perfectamente del oxígeno. Lo que se nos ha entregado es más grande que el cuerpo, porque se nos ha entregado un camino en donde, internamente, podemos ser gigantes. 

Nadie entiende esa cumbre interna que hemos tenido que superar; solo Dios y nosotros. Esa pérdida, esa incomprensión, esa traición. Y, para cada uno, eso supone un esfuerzo que nos permite ser, interiormente, titanes. Titanes según la tradición: gigantes, fuertes. Y, aunque nadie lo pueda ver, nuestros espíritus pueden llegar a ser merecedores de gloria eterna. Y eso es la vida. 

Cada uno tiene sus batallas, sus cumbres, sus maratones. Algunos tendrán cumbres que sean pasar hambre; otros, la soledad del dinero; otros, la debilidad del cuerpo, la oficina, su soberbia, una enfermedad, y así infinidad de batallas como seres humanos existen.

En vencer nuestras batallas internas está nuestra verdadera condición de convertirnos en eternos, nuestra individualidad y nuestra dignidad infinita. Y, aunque a veces nos cansemos de subir la montaña o de correr la maratón, tenemos un cuerpo y una realidad que es como nuestro guía y coach: siempre nos exige más, nos lleva al límite. Un día es el cansancio; otro, la enfermedad; otro, la falta de virtudes, y así, volver a empezar.

Pero ese cuerpo, esas necesidades, esa falta de pescado, es nuestro mejor aliado. Porque todos hemos vivido esa sensación de agradecimiento y satisfacción cuando hemos dado todo de nosotros y hemos podido alcanzar la meta, la cumbre. 

Miramos atrás y agradecemos haber tenido a alguien a nuestro lado que sacó lo mejor de nosotros; que, cuando queríamos tirar la toalla, nos motivó a seguir; y que, con su ayuda, miramos desde arriba con la satisfacción del deber cumplido. 

Así será, probablemente, después de vivir una vida muy exigente, cuando miremos atrás y veamos con gratitud cómo esa vida se ha encargado de sacar lo mejor de nosotros y cómo nos ayudó a llegar a nuestra cima personal.

No olvidemos que ese coach nos podía haber dado infinitud de panes y peces, llenarnos de regalos y placeres que, al final, nos hubieran dejado con un sabor agridulce. Porque nuestra vida vale mucho más que panes y peces: vale cada minuto de lucha, que podemos convertir en un crecimiento eterno.(O)