La reconstrucción empieza cuando un niño vuelve a jugar
La verdadera reconstrucción ocurre después, cuando una madre necesita atención médica, cuando un niño debe regresar a la escuela o cuando una familia intenta recuperar la estabilidad perdida de un día para otro. Y para afrontar ese gran desafío apelamos a la solidaridad de todos en Ecuador.

Cuando escuchamos la palabra terremoto, solemos imaginar edificios derrumbados, calles cubiertas de escombros y familias que lo han perdido todo. Son las imágenes que ocupan las noticias y nos permiten dimensionar la magnitud de una tragedia.

Después de haber trabajado dos años en Siria y tres en Venezuela, donde viví experiencias que más han marcado mi carrera, aprendí a buscar otra escena. Venezuela ocupa un lugar especial en mi historia: allí acompañé a niños y familias en momentos muy difíciles. Por eso, frente a esta nueva emergencia, vuelvo a buscar una señal sencilla, pero profundamente reveladora: la de un niño que vuelve a jugar. Puede parecer un detalle menor frente a la devastación. Sin embargo, para un niño representa algo esencial: recuperar la sensación de seguridad. Volver a correr o reír es una de las primeras señales de que, pese a todo, el mundo puede volver a ser un lugar habitable.

La historia de Jeremías lo explica mejor que cualquier estadística. Tiene 13 años y, como cualquier adolescente, habla con entusiasmo de fútbol, del Real Madrid y de Messi. Le gusta jugar baloncesto, dibujar y compartir tiempo con sus amigos. Hace apenas unas semanas, una alerta sísmica que recibió en su tableta le dio el tiempo suficiente para salir de casa junto a su madre, su padre y su hermana antes de que dos terremotos, de magnitud 7,2 y 7,5, sacudieran Venezuela.

Su familia sobrevivió. Su hogar, no.

Hoy viven en un campamento temporal en La Guaira, donde UNICEF instaló un Espacio Amigable para la Infancia. 

Su madre, Dionicys, cuenta que algunas noches Jeremías recuerda lo ocurrido y rompe en llanto. Pero cada mañana lo acompaña a ese espacio donde vuelve a correr detrás de una pelota, a pintar, a conversar con otros niños y a recuperar, aunque sea por unas horas, algo de la normalidad que perdió cuando la tierra tembló.

Los adultos solemos medir la recuperación por las carreteras que se rehabilitan, los servicios que se restablecen o las viviendas que se reconstruyen. Pero los niños no pueden esperar a que todo eso ocurra para seguir creciendo. Y su infancia, ese periodo tan breve como determinante para su vida, sigue transcurriendo en medio del caos.

Su recuperación también debe comenzar mucho antes: cuando encuentran un lugar seguro, recuperan sus rutinas, expresan lo que sienten, vuelven a aprender y descubren que no están solos. Eso es precisamente lo que buscamos en UNICEF cuando respondemos a una emergencia. Nuestra labor va mucho más allá de la ayuda inmediata. Se trata de proteger a la infancia mientras las familias reconstruyen sus vidas.

Mucho antes de los terremotos ya trabajábamos junto a las comunidades en Venezuela. Cuando todo ocurrió, no tuvimos que empezar de cero: activamos equipos especializados y movilizamos suministros desde nuestros centros logísticos para llegar rápidamente a quienes más lo necesitaban.

La respuesta continúa. Seguimos facilitando acceso a agua segura y saneamiento, entregando insumos médicos y vacunas, fortaleciendo la reunificación familiar y apoyando a las autoridades para mantener en funcionamiento los servicios de salud, educación y protección. 

Esa capacidad de responder oportunamente es posible porque contamos con una red logística preparada para las emergencias. Desde Panamá y desde Dinamarca, donde funciona el Centro Global de Suministros de UNICEF –el almacén humanitario más grande del mundo– movilizamos 68 toneladas métricas de ayuda a Venezuela.

Pero sabemos que aún queda un largo camino. Aunque los terremotos duran segundos, sus consecuencias pueden acompañar a las familias durante años. 

La verdadera reconstrucción ocurre después, cuando una madre necesita atención médica, cuando un niño debe regresar a la escuela o cuando una familia intenta recuperar la estabilidad perdida de un día para otro. Y para afrontar ese gran desafío apelamos a la solidaridad de todos en Ecuador.

Con casi 80 años de experiencia en la respuesta a emergencias en todo el mundo, en UNICEF sabemos lo que se requiere para llegar de manera segura y eficiente a las personas más afectadas. 

Cada persona y cada empresa que decide donar amplía nuestra capacidad de actuar con rapidez, adaptarnos a las necesidades cambiantes de las comunidades y permanecer presentes el tiempo que sea necesario. Las contribuciones económicas permiten llevar ayuda adecuada desde Ecuador hasta donde más se necesita en Venezuela. 

Cada donación, sostiene la etapa menos visible y, quizás, la más importante de toda emergencia: acompañar a las familias mientras reconstruyen sus vidas y proteger el derecho de los niños a seguir siendo niños. 

Pienso otra vez en Jeremías.

Tal vez dentro de algunos años no recuerde quién instaló el espacio donde hoy juega ni cuántas toneladas de asistencia llegaron a Venezuela. Lo que espero es que conserve algo más valioso: la certeza de que, cuando más lo necesitaba, hubo personas que estuvieron allí. Personas que hicieron posible que tuviera agua segura para beber, atención médica, protección y un lugar donde volver a correr detrás de una pelota.

Después de tantos años trabajando en emergencias, sigo convencido de que esa es la imagen que mejor define una respuesta humanitaria. No la de un avión cargado de suministros ni la de un convoy atravesando carreteras destruidas, aunque ambos sean indispensables.

La imagen que permanece es otra: la de un niño que vuelve a jugar.

Porque la reconstrucción de una ciudad comienza cuando se levantan sus edificios. La reconstrucción de una infancia empieza mucho antes: empieza cuando un niño vuelve a jugar. (O)