Verdad y justicia
Cuando la justicia se cimenta en la verdad, y esta no es simple apariencia, el hombre y la sociedad eclipsarán cualquier crisis.

Las crisis por las cuales atraviesan las sociedades son momentos propicios para emprender en su análisis desde una perspectiva alejada de concepciones tradicionales. Si bien el estudio debe partir del origen del trance, la mayor necesidad radica en identificar la salida del laberinto. Uno de los acercamientos definidos para redactar este ensayo es la relación entre “verdad” y “justicia”. Todo desequilibrio sociopolítico es producto de intereses exacerbados de los detentadores de poder, quienes deshonestamente los imponen como “razón de ser” de lo perseguido. Para ello acuden a deformar la verdad. Con base en el tambaleo de la autenticidad, adecuan la justicia para colocarla a órdenes de los fines pretendidos. Cuando la verdad es manipulada, la justicia termina por ser desnudo instrumento de consolidación de la crisis; es decir, medio de protección de los indecentes titulares de autoridad política.

En el ensayo Verdad y realidad, incluido en nuestra obra La –irritante– decadencia del ser humano, afirmábamos: cuando la percepción o la idea se encuentran contaminadas por factores ideológicos, la realidad no es tal y, por tanto, la verdad es mentirosa. Complementábamos la noción sosteniendo que asumir la verdad sin compararla con los hechos efectivos puede llevar a dar crédito al farsante. Las crisis sociales, políticas, económicas y culturales germinan en errados discernimientos de la realidad, desembocantes en verdades defectuosas. En ese contexto prolifera un régimen de justicia validador de los imperativos de afianzamiento de la falacia.

La historia ofrece ejemplos simbólicos de regímenes hábiles en desfigurar la verdad para adecuarla a “sus” propósitos. A esa manipulación han apelado –por igual, desvergonzadamente– los extremos políticos de derecha y de izquierda. Están el fascismo en Italia, el nazismo en Alemania, el franquismo en España, las dictaduras militares y el populismo en Iberoamérica, el estalinismo en la Unión Soviética, el castrismo en Cuba, el chavismo en Venezuela y los jemeres rojos en Kampuchea, por enunciar algunos. Tampoco podemos dejar de citar a los gobiernos de López Obrador y de Sheinbaum en México. Está por verse el desenlace de la ultraderecha en Argentina, Chile, Perú y Colombia. Su polarización política no es alentadora.

Esos casos reflejan un fenómeno ateniente de forma directa al concepto de justicia. Traigamos a colación a John Rawls (1921–2002), profesor de filosofía política de las Universidades de Harvard, Princeton y Cornell; en particular a su Teoría de la justicia. Asevera que un individuo –al caer en cuenta de que disfruta viendo a otras personas en una posición de menor libertad– entiende no tener derechos de ninguna especie a este goce (…) el placer obtenido de las privaciones de los demás es malo en sí mismo. Agrega ser una satisfacción que exige la violación de un principio con el que estaríamos de acuerdo en la posición original. En tales circunstancias, en nuestro criterio, lo determinante será siempre, para salir de las crisis, superar la injusticia en que fraguaron aquellas, mediante el indispensable equilibrio entre las prerrogativas de las minorías y las mayorías, en un ambiente de pluralismo no solo ideológico, sino pragmático absoluto.

Las crisis, para ser rebasadas, demandan de acercamientos meta-tradicionales. Enfrentemos, entonces, a la justicia desde una figuración distinta al solo “dar a cada uno lo que le corresponde”. Ello nos conduce a Friedrich Nietzsche (1844–1900). La justicia nietzscheana, en tanto que “modo de pensar constructivo”, es partir de estimaciones de valor que, a su vez, son el “supremo representante de la vida misma”. En línea analógica, en la filosofía heideggeriana, ese pensar en la justicia exige remitirnos a la voluntad de poder… única que antepone valores. Es voluntad filosófica… nada tiene de política, ni es cualidad humana, es necesidad metafísica.

Hablar de la “voluntad de poder” es la remisión a un ánimo en que prevalece lo superior del hombre por sobre meras formas reactivas. La capacidad de dominio individual es el hecho vital conducente a la realización del ser humano, allende de formalismos impuestos por la ideología o por el sentido de un Dios, siendo que ello trastoca el concepto mismo de equidad. De allí que Nietzsche registra a la justicia como función de un poder en proyección aislada de sí para discurrirlo por encima del bien y el mal. De hecho, afirma que la justicia tiene un “horizonte de ventaja más amplio, cual es la intención de conservar algo que es más que esta o aquella persona”.

En conclusión, cuando la justicia se cimenta en la verdad, y esta no es simple apariencia, el hombre y la sociedad eclipsarán cualquier crisis. En los términos expuestos, la justicia en momentos de debacle social requiere ser conceptuada filosófica y sociológicamente. Abstraerse de tal influjo acarrea el riesgo de insistir en formulismos que dieron origen a las crisis, por lo cual jamás saldremos de las mismas. (O)