Lo que aprendes cuando no puedes bajar. La mentalidad del escalador
Comprendí que el miedo nunca desaparece del todo. Pero se puede aprender, con práctica, a silenciarlo y a seguir moviéndote a pesar de él.

Agosto del 2018. Llevaba seis horas caminando cuando lo vi por primera vez: el Naranjo de Bulnes. Un macizo de roca vertical de 600 metros en el corazón de los Picos de Europa. La sombra cubría la mitad inferior de la pared y el sol resaltaba su cumbre, como si fuera un pico suspendido en la mitad del cielo.

Me detuve. Era imponente, era gigante, su presencia me causó miedo. «¿Qué estoy haciendo aquí?», pensé. Nos había tomado varios días llegar ahí, mucha logística y todos nuestros ahorros. «Tal vez no estoy listo para esto», dudé.

Mi compañero venía algunos metros por detrás. Era la primera vez que nos enfrentábamos juntos a una pared de este calibre. Habíamos entrenado duro, repasado cientos de veces las maniobras, pero… «¿Estaba seguro de que él no colapsaría cuando las cosas se pusieran difíciles?».

Me senté. Respiré. Y me dije: «No te apresures, espera a llegar a la montaña». En la siguiente hora, hasta llegar al campamento base donde dormiríamos esa noche, ninguno de los dos dijo una sola palabra. Los nervios ya recorrían la pared.

Salimos a las 4 de la mañana, y como era tradición antes de uno de estos ascensos, no había dormido nada. Los pensamientos me atormentaban: «Si pasa algo nadie podrá sacarnos —si armo mal la estación podemos morir los dos—, ¿dónde me irán a enterrar?». Y luego: «¡Para!, Santiago, tienes la suficiente experiencia!». «¿De dónde salía tanta locura en mi mente?», me pregunté. 

Empezamos a escalar. Las cuerdas solo miden 60 metros, por lo que una pared de este tamaño debes irla subiendo por secciones. Habíamos acordado que yo subiría la primera, luego él tomaría la posta e iríamos alternando. El viento era tan fuerte que la única forma de comunicarnos era a través de la cuerda: cuatro tirones significaban que mi compañero había llegado a la estación y que yo debía avanzar. Dos tirones más significaban que yo ya estaba escalando. Un sistema primitivo, sin margen de error, pero que funcionaba porque lo habíamos repetido hasta que se volvió instintivo. La repetición y el entrenamiento nos permitían confiar ciegamente el uno en el otro.

Ocho horas después llegamos al crux, el punto técnico más difícil de la ruta. Íbamos tarde, íbamos lentos. Los nervios no se habían ido, y eso nos hacía escalar tensos, torpes, derrochando energía. ¿A qué le tenía miedo? Al miedo mismo. No sabía cómo iba a reaccionar en ese punto clave.

Al contrario de lo que todo el mundo piensa, en la escalada la adrenalina es contraproducente; te sudan las manos, aumentan las pulsaciones, aprietas demasiado los agarres y derrochas energía. ¡La adrenalina puede causar que te caigas!

La noche estaba por caer y eso aumentó nuestra ansiedad. Teníamos 200 metros por delante, una sola linterna, y ya no había manera de descender. La ruta subía diagonalmente y habíamos llegado a un punto en el que la única salida era por la cumbre. Hacía demasiado frío y por un momento colapsé. «Si pasa algo nadie podrá sacarnos, dormir colgados significa hipotermia, ¿dónde me irán a enterrar?». Los pensamientos de la noche anterior me acechaban nuevamente. Sin embargo, esta vez no dejé que esos pensamientos se asentaran. Tome conciencia y los invité a salir por la puerta que habían entrado.

Quise ponerme a llorar. Pero de alguna manera, sabía que eso no cambiaría nada. Que el escenario era el que era y que debía trabajar con esa realidad. Esto era algo que la escalada me había enseñado a patadas y mediante malas decisiones —¿Qué hacemos? —me dijo mi compañero, que seguramente estaba pasando por lo mismo—. —Guerriémole —dije—. A eso vinimos. Y él, sin dudarlo, respondió lo que cualquier ecuatoriano diría colgado en una pared española a 600 metros de altura: —¡Sí se puede!, lo que nos hizo reír. Y esa risa nos devolvió al cuerpo.

Decidimos seguir. Conocíamos nuestras capacidades, confiábamos el uno en el otro, y a eso habíamos llegado: a aprender. Y para eso hay que atreverse a equivocarse. Algo cambió en ese momento. Dejamos de pensar en la cumbre y nos metimos completamente en el siguiente movimiento, la siguiente protección, el siguiente metro. A pesar de la noche que invadía el lugar, empezamos a fluir como nunca antes, respirando y concentrándonos en cada paso. El miedo nunca desapareció, pero tampoco nos paralizó. Solo se convirtió en información. Llegamos a la cumbre a las 12 de la noche, exhaustos, pero casi eufóricos, felices.

Luego entendí por qué esa pared me cambió. No fue llegar a la cumbre. Fue descubrir que los pensamientos más aterradores, no eran la realidad. Eran ruido. Fue entender que no podía controlar los pensamientos que llegan, pero sí puedo elegir si se quedan, se asientan y me hacen daño, o no.

Años más tarde, en mi vida empresarial, esos mismos pensamientos regresaron con otros nombres. La misma voz, distinto escenario. Pero esta vez los reconocí. Había aprendido a no pelear con ellos, no ignorarlos. Por el contrario, tomar conciencia e invitarlos a salir por donde habían entrado. Fue entonces cuando comprendí que todos, nos enfrentamos al miedo, en algún momento u otro. Es ahí cuando decidí empezar a ayudar a deportistas y empresarios en el manejo del rendimiento bajo presión.

Ahora sé que los pensamientos negativos, inclusive catastróficos, pueden volver, independientemente de la actividad que uno emprenda, y que, si les permitimos alojarse en nosotros, se convertirán en emociones y reacciones, posiblemente erróneas. Comprendí que el miedo nunca desaparece del todo. Pero se puede aprender, con práctica, a silenciarlo y a seguir moviéndote a pesar de él. Mi abuelo solía decir: —Quien no tiene miedo es un desalmado; el valiente es el que no se detiene a pesar de él—. A ese acto yo le llamo coraje, en lo que sea que te encuentres. (O)