Instrucciones para borrar recuerdos
No me cabe duda: quienes mejor olvidan viven mejor. Olvidar, después de todo, no es eliminar. Es aprender a recordar sin que duela tanto.

Como el olvido es una suerte de remedio, algún escritor con inteligente maldad al describir la cara de otro decía que displicente Fulano tiene una cara de esas que se ven… y se olvidan. Creo que ahí está la clave.

¿Habrá sido una cara fea? ¿Será inexpresiva? ¿Quizás era intrascendente? En todo caso, según el malvado escritor, no era necesario recordarla. ¿Para qué hacer un esfuerzo? Hay cosas que simplemente no se quedan en nuestros archivos. Pero otras sí. Y ahí está el problema, ya que no todo tiene la obligación de ser recordado. Borges nos contó el caso de “Funes el memorioso” y la tragedia de recordarlo todo, y aunque eso es extremadamente raro, debemos estar capacitados para al menos tener las herramientas necesarias para borrar recuerdos. Evidentemente el alcohol no es la solución y no todo puede quedar en la piel. 

¡Qué cosa tan linda acordarse de los olores de la hierba mojada o del perfume que se percibe en espacios pequeños! ¡Qué maravilla es recordar montañas o la curva mojada de una boca! La memoria siempre reacciona cuando te rascan la espalda y se eriza la piel. 

Ahora, si recordáramos el dolor que nos ha producido vivir, es probable que a mitad de camino hubiéramos desistido de muchas cosas. Desde volver a levantarnos para aprender a caminar hasta la última borrachera, jamás hubiéramos insistido. ¡Cuántas cosas maravillosas nos hubiéramos perdido!

Gracias al olvido volvemos a tropezar con la misma piedra. Y nos vuelve a doler. Y nos vuelve a gustar. Porque olvidamos lo que nos hicieron, pero no quién lo hizo. Entonces es un caos de olvidos. Por eso a veces llamamos a la ex a las dos de la mañana entre copas y nublosas confusiones. Porque los recuerdos se mezclan si no ponemos orden.

Por eso, si no ocurre el olvido por generación espontánea, es necesario adoptar métodos que permitan mantener lo que vale y desechar lo que no. Lo primero que hay que hacer es no dejar que la cabeza resuelva sin consultar. A veces es muy anárquica. Si escogiese adecuadamente, no tendríamos jamás insomnio. Pero es caprichosa. Es una hijadeputa: ¿a cuántos amores hubiéramos desechado si hubiéramos pensado primero en el desamor que nos podría causar? 

Por eso, es fundamental tomar el control de la situación. Una vez identificado el problema, hay que borrar las cosas innecesarias. Por ejemplo, hace poco eliminamos de la memoria el nombre real de los personajes del Chavo del 8, tan necesario para una conversación profunda cuando teníamos siete años. También nos olvidamos del número de la báscula, con conveniencia, para darnos el gusto de un buen chocolate. Total, el chocolate no es para el cuerpo, sino para el alma. Y, por lo tanto, no ocupa peso ni espacio.

Pero si olvidar no da resultado, quizás lo recomendable es editar. Cambie detalles. Donde había tristeza, ponga ridiculez. Donde había drama, inserte un tropiezo, una frase fuera de lugar, un buen chiste. La memoria no es un archivo PDF, es más bien un documento de Word editable.

Otra idea es aprender algo nuevo, retomar una rutina absurda, cambiar de ruta, de café, de obsesión. No se trata de crecer como persona —tampoco exageremos— sino de llenar la agenda hasta que ese recuerdo tenga que pedir turno. Y con suerte, se canse de esperar.

También hay recuerdos obstinados que no se van. Son tercos. En esos casos, el truco no es expulsarlos, sino darles un lugar menos protagónico. Póngalos en el congelador, donde no estorben: “hoy no te necesito”. No desaparece, porque hay recuerdos duros de sacar, pero se quedan enfriados y, cuando uno menos lo espera, ha pasado tanto tiempo que terminan caducando. Ese es el momento de sacar de la congeladora y botar a la basura.

El problema de no hacer bien el trabajo es que, en algún momento, inevitablemente, el recuerdo puede volver. Tal vez por un olor, una canción o un detalle insignificante como la manera en que alguien pronuncia una palabra. No se enoje. Borrar implica renunciar a una versión de nosotros mismos, y eso, aunque no lo parezca, da vértigo. Por eso, saque lo mejor de ese recuerdo. Elimine el ruido, el desagrado, el mal rato. Total, fue suyo. Una vez depurado, póngalo en un avión de papel y hágalo volar.

No me cabe duda: quienes mejor olvidan viven mejor. Olvidar, después de todo, no es eliminar. Es aprender a recordar sin que duela tanto. Y si algún recuerdo insiste demasiado, métalo en una caja, empújela al fondo del clóset. El tiempo hará el resto. Por eso, lo importante es no confundirse y borrar lo correcto. Porque olvidar un amor puede ser saludable. Olvidar dónde dejó el auto en el parqueadero ya es otra clase de tragedia.  (O)

  • Este artículo fue realizado en colaboración con Josemaría Ortiz