Naturalizamos la violencia y eso no es normal
Pedro Maldonado Ordóñez Editor
Pedro Maldonado Ordóñez Editor
Parece normal hablar del asesinato de un guardia en un restaurante, conversar sobre la balacera ocurrida en el barrio de un familiar o leer en chats de whatsapp cómo sucedió una nueva matanza en cualquier lugar del país. No lo es.
Pensamos que no tiene nada de malo ver en redes sociales videos sobre crímenes atroces que ocurren en la calle o ser testigos de un arranche en la calle a plena luz del día, sin que nadie actúe o intente detener al delincuente. Pero no lo es.
Nos impresiona más lo que le ocurre a una personalidad de Hollywood o a un deportista en Europa en lugar de las estadísticas de violencia de Ecuador en 2025 y en los primeros días del 2026. Sufrimos más por una serie de ficción, que por el dolor que pasan las familias de las víctimas inocentes que caen en medio del fuego cruzado de bandas criminales. Pero no es normal.
Todo indica que estamos naturalizando la violencia y ese sí es un problema. Damos casi por sentado que el noticiero de la mañana empezará con un registro de nuevos delitos, con imágenes de policías acordonando una calle escenario de un hecho de violencia o con un gráfico con estadísticas que muestran el incremento de secuestros o asaltos.
Años atrás, en un encuentro de periodistas en Tijuana, México, un catedrático de la Universidad Autónoma de Baja California, compartió cifras del crimen en esa ciudad fronteriza con Estados Unidos. Era agosto del 2017 y la cifra superaba las 800 muertes violentas, sobrepasando el dato global del año previo. Un colega mexicano aplaudió y dijo: ‘muy bien, estamos mejorando’.
Los periodistas extranjeros nos sorprendimos, tanto que el profesor detuvo su exposición y dijo: ‘ese es el problema, naturalizamos la violencia al punto de pensar que son muertes naturales’. Un silencio extraño se apoderó del salón durante unos minutos y abrió una conversación que se reactiva cada cierto tiempo.
Colombia en los años 80 y 90, México a inicios de este siglo y ahora Ecuador, en la tercera década del siglo XXI. Los tres países comparten un signo trágico, con diferentes condiciones y contextos, son tomados como casos de estudio en investigaciones sobre cómo el crimen organizado se enquistó en distintos espacios de sus sociedades con resultados devastadores.
Hoy hablamos de un crimen como hablar del clima, de un partido de fútbol o de la congestión vehicular en una tarde de viernes. Lo hacemos de manera mecánica, en modo automático, sin darnos cuenta que todos podemos ser (algunos ya fuimos) víctimas de un robo, de una bala perdida, de un sacapintas o de un extorsionador.
Y eso no es normal. (O)