Siete luces para la seguridad
País en guerra interna. Delincuencia organizada y de pequeña escala presente en el día a día. Emerge por fin un Plan Nacional para potenciar las respuestas del estado.

El Ecuador como país de paz, no va más. Hoy, según ACLED, se encuentra entre los 10 países más peligrosos del mundo. Junto con México, Brasil y Haití (Índice sobre conflictos 2.025). El año 2025 fue el año más violento de su historia. Un record de 9.216 homicidios intencionales y una tasa de 50,91 muertes violentas por cada 100.000 habitantes (Primicias).

El enfrentamiento de tamaña magnitud de violencia, ha sido constante. Pero se ha caracterizado por su carácter puntual y episódico. Un golpe por aquí, otro por allá, casi siempre con sentido reactivo. Las pandillas mutan, se mimetizan y se recomponen enseguida. Y la violencia, sin bien ha disminuido, sigue siendo estructural, permanente, avasallante.

La exigencia de una estrategia integral ha sido esta vez escuchada. El llamado Plan Fénix nunca alcanzó sistematicidad ni fue comunicado a la población. En estas semanas, finalmente, el gobierno ha presentado su Plan Nacional de Seguridad Integral 2.025-2.029 convertido en política pública. Contiene: concepción, amenazas, intereses, objetivos, institucionalidad y cooperación internacional… Damos un vistazo a algunos de sus componentes.

En la concepción, resaltan dos definiciones. La primera el sentido de integralidad y de sistema, que implica abordar todos los flancos, desde el enfrentamiento al crimen hasta la prevensión del mismo. Y la segunda, el sentido de política de estado: aspiración de sobrepasar las coyunturas y comprometer acciones más allá de un gobierno, de lograr sostenibilidad.

Las amenazas identificadas permiten precisar mejor los campos de acción y las prioridades. Figuran entre ellas: crimen organizado, extremismo violento, intrusión extranjera, minería ilegal, narcotráfico, terrorismo, subversión, corrupción y ciberataques. Cabe resaltar la presencia de la corrupción que antes no se contemplaba en la seguridad. Y notar, en cambio, la ausencia de la presencia del crimen en las esferas judiciales.

La priorización de intereses nacionales como fundamento constituye un avance. Intereses mencionados: soberanía nacional e integridad territorial, seguridad y cultura de paz, democracia y el estado de derecho, vida digna, patrimonio natural y cultural, prosperidad en equidad. Visión más amplia -no solo punitiva- y estructural.

Lo más esclarecedor constituye la identificación de los objetivos del Plan. Son 7 luces que marcan un horizonte. Un resumen: imponer el control en el territorio; anticipar y neutralizar amenazas mediante la prevención; reconstruir el sistema penitenciario; enfrentar amenazas a democracia; generar condiciones seguras para provisión de servicios; incrementar control del patrimonio y cumplimiento de compromisos internaconales; canalizar equitativamente el financiamento. Estos objetivos se acompañan de resultados. Metas verificables, suceptibles de ser exigidas.

Aunque queda mucho por desplegar y discutir, sobresalen puntos sensibles. Uno, el tema de derechos y su manejo cuidadoso. Es esencial que se frenen desde el principio desviaciones autoritarias y excluyentes. Dos, la falta de precisiones respecto a estrategias, plazos y dirección unificada. Y tres, la presencia extranjera; ayuda de primer nivel que demanda también límites. 

El Plan Nacional de Seguridad 25-29 constituye un ejercicio serio de planificación estratégica. Pero sigue siendo un plan y como tal, expresa al menos 3 riesgos importantes. El primero, que se convierta en declaración retórica, en demagogia: que todo siga igual, aunque con un maquillaje brillante. El segundo, que el Plan no cuente con financiamiento suficiente y constante; que se desinfle con el tiempo.  

Y el tercero, el más relevante, que el Plan no atraiga ni involucre a nadie. Que sea un Plan para la ciudadana, pero no “de”  y “desde” la ciudadanía. Que sea percibida como una propuesta externa, ajena. De lo que se conoce, no han existido mecanismos claros de consulta. Pero estamos a tiempo para las correcciones. Por ejemplo para desatar una gran campaña ciudadana que incluya invitación a participar a las universidades, colegios profesionales, organizaciones sociales, ong, empresas, gobiernos locales, instancias privadas como escuelas y hospitales…

Sin involucramiento social, los planes corren el peligro de debilitarse hasta su mínima expresión. Es importante percibir la participación de manera nueva. Por una parte, como oportunidad para recibir aportes. Y por otra, como mecanismo para exigir rendición de cuentas y dar seguimiento a los resultados y a las metodologías planteadas.

Una política de estado con esta magnitud, no tiene dueño o mejor dicho, tiene muchos dueños. Podría convertirse en una de las pocas experiencias de articulación y colaboración, horizontal y vertical, en un país regido por la sospecha, el bloqueo, la mezquindidad.  (O)