Con ocasión de la Cuaresma, emprendamos en una serie de tres artículos sobre el título en cita. Período, según la tradición católica, de reflexión y preparación para la Resurrección. “Sociedad” es el conglomerado de humanos dentro del cual ejecutan acciones de relevancia frente a otros. Para la sociología, los actos serán intrascendentes mientras permanezcan en el “yo interno”. Pasarán a ser “sociales” y, por ende, objeto de examen sociológico, desde que repercutan en la comunidad. Siendo imposible la vida en soledad, la sociedad es consecuencia de la necesidad del hombre por interrelacionarse con terceros de su especie. Nuestro desarrolló en la historia acaeció conforme requeríamos consolidar no individualidad alguna, pero proyectarla hacia el medio en su más amplio sentido.
La “religión” es uno de los componentes de la cultura del hombre, a través de la cual busca comprender y explicar el porqué de su existencia y de aquello rodeante. Nace como el primer intento humano en dar sentido a lo que no entiende y, por tanto, la concibe el individuo primitivo según un tosco proceso de racionalización. La ciencia y la sofisticación del pensar se encargarán, a lo largo de milenios, de dar respuestas a lo inexplicable. Al margen de lo que la religión pueda representar en materia de fe o creencia en un ser superior al hombre, constituye la divinización disparatada de un algo… llamado a convertirse en Dios. Esa exaltación de lo etéreo, sociológicamente, produce en la persona una satisfacción que la abstrae del mundo real para mantenerla en confusión.
El hombre no es un ser religioso per-se. Su religiosidad influye en, y luego le es impuesta por, la sociedad. Esa imposición ayuda a advertir la caracterización de los distintos consorcios sociales en la historia de la humanidad. Sin ir más allá de nuestra era –convencionalmente referida, por consideraciones religiosas, como d. C. (después de Cristo), que el filósofo judío Yuval Noah Harari (1976) la denomina con mayor propiedad e. c. (era común)– miremos a la Iglesia católica. Ha dado forma a buena parte de las relaciones sociales en occidente. El fenómeno queda demostrado con el aparecimiento del cristianismo y sus consiguientes (a) pretensiones hegemónicas frente al judaísmo y al islamismo; (b) ínfulas de supremacía en la Europa medioeval; (c) soberbia con ocasión del descubrimiento de América, derivada en el interés de recargar, a cualquier coste, el catolicismo en todo el mundo de entonces, incluyendo parte de Asia; y, (d) influencia en la consolidación de regímenes sociopolíticos que afiancen el poder eclesiástico. Lo expuesto, a penosa costa de la dignidad del hombre.
Si bien la Reforma protestante (siglo XVI) dio origen a un repensar en la religión y en su papel social, la Ilustración (siglos XVII y XVIII) será la encargada de cuestionar aquello que “huela” a religión en las relaciones sociopolíticas. Entre los pensadores tras el imperativo de separar la religión de la sociedad, tenemos en el contexto de la Revolución francesa a Voltaire (François-Marie Arouet, 1694–1778). Abogó no solo por el laicismo, sino por la erradicación del cristianismo de las vidas culturales francesa y europea… como exigencia para el desarrollo hacia una sociedad moderna. Estas nociones han sido la base del progreso integral de las naciones que supieron, en inteligencia, entender que la religión es una contingencia social. Lo es en tanto convierte al misticismo en la piedra angular de conductas que, debiendo ser racionales, están contaminadas de prejuicios obstaculizantes para el bien-pensar.
Vendrían otros estudiosos insignes. Augusto Comte (1798–1857), padre de la sociología, para quien la teología fue el primer estadio en el progreso de la mente humana… y la metafísica su continuación. La última en la ruta es la ciencia positivista, cuya base son los hechos verificables. También, John Stuart Mill (1806–1873), quien sostiene que la “lógica” –como ciencia de las operaciones del entendimiento y de las aspiraciones intelectuales– está subordinada a la evidencia como prueba de la verdad. En tal sentido, rechaza a la religión, y particularmente al cristianismo, por representar limitantes de la libertad del hombre.
En el siglo XX aparece John Dewey (1859–1952) con su pragmatismo de corte instrumentalista. Al margen de dar valor al papel que pudo desempeñar la religión en el pasado, ante las “modernas” realidades sociales, la reputa de inútil en el contexto de las soluciones objetivas que el hombre requiere como actor social. Va más lejos. Sugiere excluir a la religión no solo de la vida política, sino también de vetarla en toda manifestación pública. Llega al punto de dejar de referirse a “verdades” –que de hecho tienen cierta connotación extática– para pasar a hablar de “afirmaciones demostradas”. Con ello da el necesario golpe de gracia a la religión, pues al ser la fe la convicción sobre lo no palpable ni demostrable, en razón, es sociológicamente rebatible. (O)