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La Gasolina
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Desafortunadamente, para quienes no preferimos estos ritmos de moral ambivalente y redacción distraída, la canción de Daddy Yankee se nos queda grabada como garrapata. No sé ustedes, pero a mí, además, me ha perseguido a las estaciones de servicio, cuando he ido a tanquear.

17 Abril de 2022 22.18

No me gusta ni poquito el reggaetón. Bueno, un muy poquito. Respeto los dis-gustos musicales de quienes se menean y remenean como babosas en sal reggaetoneando, pero definitivamente no es un género que empacaría para llevar a una isla desierta. O poblada. Aunque sí debo reconocer que hay unas tres canciones bien pegajosas que tengo en mi playlist de entrenamiento y que me provocan subirle el volumen al reproductor. Musical. Que nada pueda ser usado en mi contra. 

En mi minúsculo repertorio reggaetonero no se incluye la ultra popular canción de Daddy Yankee que se citará en esta columna, con fines puramente reggaetocarburíferos. Corría el 2004, aún estábamos tiernitos, turulatos y eufóricos por haber sobrevivido el fin del mundo, estrenábamos el siglo, Mattel anunciaba la ruptura de Ken y Barbie tras 43 años de comprometida relación, terminaba la serie Friends luego de diez temporadas, el precio del petróleo estaba en US $33,99 y el joven reggaetonero lanzaba su hit. Fue cuando escuché Gasolina por primera vez. 

La verdad me pareció alucinante y audaz la creatividad de dedicar toda una canción al combustible. En mi inocencia, al iniciarse con sonidos parecidos a los pits de Fórmula 1, me imaginaba sería una versión caribeña de The Final Countdown, lo que me alistaba a recibir una irrigación de adrenalina en mis glóbulos rojos. Pero rápidamente, al entrar un coro in crescendo que repetía como mantra algo que mi cerebro registró como: “Súbele vatios para que bla bla bla prendan los motores”, me pude dar cuenta de que no sería una canción épica. Finalmente, el “A ella le gusta la gasolina (dame más gasolina)” aclaró todo el doble sentido.   

Desafortunadamente -para quienes no preferimos estos ritmos de moral ambivalente y redacción distraída- la tonada se nos queda grabada como garrapata y hasta de vez en cuando también nos contagiamos de la cadencia en una fiesta familiar, laboral o en la celebración de lo que sea. Y no sé ustedes, pero a mí, además, me ha perseguido a las estaciones de servicio, cuando he ido a tanquear. Así que, en esos casos, ha sido preferible rendirse a la evidencia y dejar que aquel grupo de neuronas que todos tenemos y que se sientan en la parte trasera del aula, empiecen a tararear y a incentivar al meneo del esqueleto. Es inevitable.

Lo bueno es que, con la liberación del precio de la gasolina Súper, el efecto Daddy Yankee está cediendo, el hechizo se está rompiendo. Ahora la melodía causa más rechinar de dientes que alegre, frenético y culpable remeneo. La última tanqueada, hace unos pocos días, finalmente puso en blanco y negro la inefable creación de Daddy Yankee. Ya no fue ni chistoso. Hasta ese momento, tenía la costumbre de no dejar que la marca del tanque en el tablero pasara de la mitad, así engañaba a mi cabeza -no al estado de cuenta- que el tanqueo era manejable dentro del presupuesto. Pero esta vez decidí comprobar con cuánto se llenaría el tanque. ¡US$ 70!

No, no es una avioneta. No, no es un yate. No, no es una F-150 vintage. Es un auto normal y corriente, motor 1.8, un poco 'tragoncito', la verdad, pero tampoco es un panzer. ¡US$ 70! Eso dolió. Desde mi yo clase media con papas fritas, irracional, herido, en mi imaginación me veía azuzando a la sociedad civil a levantarnos y luchar para que el subsidio al precio de la gasolina Súper regrese y podamos tanquear como si fuésemos país petrolero. Wait!, ¡somos país petrolero! Y para atizar mi imaginación, y de paso hacer catarsis, la consigna sería: “¡Ya no nos gusta la gasolinaaaaa!” Y, obviamente, quien tuviera la destreza, podría acompañarlo con twerking, perreo o yoga. 

Pero, desde mi yo consciente, responsable y padre adoptivo de mi auto, comprendo que, al adquirirlo, acepté indirectamente que tengo la capacidad de solventar los costos implícitos, entre ellos, el de la gasolina. Recuerdo que cuando se liberó el precio de la Súper el año pasado, consideré justo que, si tengo el presupuesto para mantener un vehículo, también puedo pagar un precio internacional. Cabe anotar que mi auto solo funciona con gasolina Súper. Probé alguna vez mezclar Extra y Súper, pero al cortísimo plazo, la limpieza de inyectores y demás piezas resultó en un costo mucho más grande. Así que no hay alternativa. 

Pero en mis noches de insomnio, igual no me ha dejado de perseguir la pregunta: ¿por qué si somos un país petrolero debemos pagar cada vez más? Una explicación que me ha proporcionado un experto es que producimos petróleo, no combustibles, así que debemos importarlos. Y como los precios de los combustibles están atados a los del barril internacional del crudo, mientras más sube este último, más cara se pone la gasolina. Por tanto, en cuestión de Súper, pagamos como gringos, ahora sí literalmente, y hasta más. Porque mientras el galón de Súper en Ecuador ya está en US$ 4,66 (en esto tampoco hay uniformidad, porque hay estaciones que cobran hasta US$ 4,75), en EE.UU. cuesta US$ 4,14. 

Por supuesto, hay países donde cuesta mucho menos, principalmente en los de alta producción petrolera o gran margen de subsidiar: US$ 1,21 en Argelia; US$ 1,30 en Kuwait; US$ 1,63 en Rusia; US$ 1,84 en Malasia; US$ 2,18 en Catar; US$ 2,35 en Arabia Saudita, etc. 

Y hay otros donde es más alto, en especial, en aquellos con alto poder adquisitivo: US$ 8,40 en Portugal; US$ 8,50 en Dinamarca; US$ 9,12 en Alemania; US$ 10,89 en Hong Kong, etc. 

Verdaderamente, hay mucha tela que cortar al respecto. Es una encrucijada. En lo personal, por un lado, quisiera dejar el auto en el garaje, pero el transporte público no es el mejor y corro el riesgo de un ataque reggaetonero en cada aventura busetil. O podría dejar el auto parqueado en aras de la defensa del medioambiente, pero usar la bicicleta en esta ciudad es un deporte extremo, no solo por la irregular geografía que hace que el gasto en desodorante pudiera exceder al de la gasolina, sino también por la ruleta rusa que significa pedalear en medio de una cultura al volante muy poco consciente. O incluso podría dejar el auto apagado y despertarlo cuando pase el temblor, pero las distancias y los tiempos conspiran al momento de llamar a una proveedora de movilidad, que pueden cobrar tarifas desplumantes en determinados momentos -especialmente de alta demanda- o simplemente debitar el servicio y no aparecer. 

Ya no me gusta la gasolina. He dicho. Pero mientras le rezo a San Aladino –el de por allá, no nuestro Daddy Yankee criollo- para que el precio del petróleo baje un poco (un poco nomás, porque eso más, si baja, hay menos plata para el Presupuesto General del Estado y felpamos por otro lado), abro el quemacocos, alzo el volumen del radio y me pongo a cantar a todo pulmón: “Ven, báilalo. Ay, ven, báilalo. Ven, gózalo. Ay, ven, gózalo. Que la rumba está buena, y contigo morena, pa´ Santo Domingo, es que me voy yo”. ¡Luny Tunes! (O)

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