Seguro alguno de ustedes, al leer esta columna, se sentirá identificado con el tema. Hace unos días llegó a mi hogar una nueva integrante: una perrita de menos de dos meses de nacida. Llevaba bastante tiempo pensándolo —por no decir años— hasta que, finalmente, tomé la decisión de darle la bienvenida y ofrecerle un nuevo hogar.
No voy a negar que se ha armado un poco de “caos”. La limpieza se ha vuelto más constante debido a los accidentes propios de una cachorra, y se han sumado los cuidados y la atención que implica “criarla”. Sin embargo, siento que es un “caos ordenado”; no encuentro una mejor forma de describirlo. Su ternura impacta profundamente, así como la suspicacia que puede tener una perrita de tan corta edad. Es muy divertida y duerme gran parte del tiempo, tal como lo haría un recién nacido, lo cual me ha sorprendido. Dicho esto, no pretendo comparar su crianza con la de un bebé, ya que el nivel de exigencia y demanda es radicalmente diferente.
Cuando estaba validando esta decisión, escuché posturas tanto a favor como en contra. Quienes me animaban a tener una mascota mencionaban beneficios asociados al bienestar emocional, al desarrollo de la responsabilidad, a la actividad física, entre otros. Por otro lado, quienes se oponían señalaban que implicaría más trabajo, que podría dificultar la organización de las actividades cotidianas e incluso de aquellas menos frecuentes, como viajes por trabajo o vacaciones, cuestionando dónde y con quién dejaría a mi mascota. Lejos de incomodarme, valoré esa franqueza, porque me permitió tomar una decisión más consciente.
Así fue como “Luna” llegó y ahora es parte de la familia. Sin embargo, no me quedo solo con esta experiencia personal, porque hoy se sabe que tener una mascota —y puntualmente un perro— trae consigo diversos beneficios. Parto de un estudio realizado en Chile, en el que se investigó la conexión emocional entre niños en edad escolar y sus perros, analizando cómo este vínculo influye en el autoconcepto y el apoyo social percibido. A diferencia de investigaciones internacionales que sugieren beneficios generalizados, los resultados en este contexto no mostraron diferencias significativas en la autoestima global entre niños con o sin mascotas. No obstante, se encontró que aquellos menores con menor popularidad entre sus pares desarrollan una unión más estrecha y profunda con sus canes. Los autores destacan que el perro puede convertirse en un refugio afectivo incondicional, especialmente en contextos de vulnerabilidad socioeconómica. En conclusión, el impacto de las mascotas no es uniforme, sino específico y situacional, condicionado por factores culturales y por la percepción individual de cada niño.
Este hallazgo me permite mirar de forma más objetiva la llegada de Luna y reflexionar sobre las oportunidades que se abren a partir de su presencia. Por ejemplo, permitir que mi hijo asuma responsabilidades reales en su cuidado y disfrutar de su compañía.
La evidencia muestra que la convivencia con mascotas introduce a los niños en experiencias auténticas de responsabilidad y cuidado, contribuyendo al desarrollo de funciones ejecutivas, y puede incluso impactar positivamente en su bienestar físico y en la reducción del estrés.
No sé si me lie o no; lo cierto es que su llegada me ha brindado una profunda alegría y siento que ha sido un regalo valioso tenerla cerca. Mi mente ahora tiene otro pendiente, pero este me genera distracción y hace que libere emociones positivas.
Finalmente, creo que el mensaje debe dirigirse hacia un cuidado respetuoso de los animales y de su entorno. Porque, así como las mascotas nos brindan compañía, también demandan compromiso, tiempo y una formación adecuada. No se trata solo de tenerlas, sino de aprender a convivir con ellas: establecer rutinas, enseñar límites y procurar su bienestar. Tener una mascota siento que es un camino para descubrirnos a nosotros mismos, permitirnos sentir, cuidar, y ser generosos con otro ser vivo. (O)