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El nuevo camino corporativo: rediseñar la trayectoria antes de que la trayectoria te rediseñe con IA

Alejandro Melamed

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La IA desancla el empleo tradicional y acelera la obsolescencia de las carreras. Una guía clave para rediseñar y liderar la propia trayectoria en un mercado laboral que ya cambió.

13 Junio de 2026 06.27

El trabajo de una vida puede resultar obsoleto en cuestión de días. Suena cruel, es cierto, pero la IA está obligando a todos y cada uno de nosotros a repensar nuestra trayectoria profesional. Hoy más que nunca, nada está dado por sentado. De hecho, he presenciado transformaciones increíbles: un abogado especialista en derecho laboral que, a los 45 años, comprendió que su lugar de mayor agregación de valor era en el área de gestión del talento (hoy es coach y no volvió a pisar Tribunales); un periodista deportivo famoso que devino en referente tecnológico; incluso los alumnos que participan de los programas que dicto sobre Inteligencia Artificial (IA) y Gestión del Talento asumen que su trabajo va a quedar obsoleto si no logran que la IA sea una verdadera herramienta para ellos. “Están golpeando a mi puerta”, decía una vieja publicidad argentina. La urgencia es palpable: si no rediseñamos nuestra trayectoria, la IA lo hará por nosotros. Y tal vez no sea lo que estábamos esperando…

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(Imagen generada con Gemini). 

Las preguntas llegan como flechas. Las escucho cada día en diferentes ámbitos, tanto académicos como profesionales, pero también en la calle y las charlas de café: ¿tengo que repensar mi trayectoria? ¿debería estar considerando un cambio? ¿qué debería hacer para asegurarme mis próximos años profesionales? ¿seguiré teniendo trabajo en mi empresa? ¿quedaré obsoleto dentro de poco?

Basado en las ideas de Rishad Tobaccowala -autor del bestseller Rethinking Work (Repensando el trabajo)- pero también en años de intervenir con organizaciones, líderes y profesionales en procesos de transformación, hay algo que ya no admite discusión: el mundo del trabajo no está cambiando. Ya cambió. Y mucho. El problema es que la mayoría aún no se dio cuenta y sigue actuando como si nada hubiese ocurrido.

Durante décadas, el trabajo fue relativamente predecible. Estudiábamos, conseguíamos un empleo, crecíamos dentro de una organización, nos “poníamos la camiseta” y eventualmente nos retirábamos. Ese “contrato implícito” no solo organizaba la economía: organizaba la identidad. Hoy ese modelo no está evolucionando. Está siendo reemplazado.

Y lo más interesante -y desafiante- es que el reemplazo no viene solo de la mano de la tecnología. Viene de algo más profundo: una redefinición de qué significa trabajar, aprender, liderar y construir una vida con sentido.

El dato incómodo que incomoda de verdad

Mientras hablamos de IA, copilotos y agentes, su impacto en las personas y el mundo del trabajo es impresionante. Según los resultados de una reciente encuesta global de Gallup solo el 20% de los colaboradores en el mundo está comprometido con su trabajo y ese nivel viene cayendo por segundo año consecutivo.

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Pero existe un dato que es todavía más provocador: el 95% de las empresas no ve impacto en resultados pese a invertir miles de millones en IA y apenas el12% de los colaboradores percibe que la IA haya transformado realmente cómo se trabaja. Está claro: la tecnología funciona; el trabajo, aún no.

El desacople silencioso

Uno de los cambios más disruptivos es el desacople entre trabajo y empleo. Durante años usamos ambos conceptos como sinónimos. Ya no lo son. El empleo -especialmente el full-time- está dejando de ser la forma dominante de organizar el trabajo. No desaparece, pero pierde centralidad. Lo que emerge es un ecosistema mucho más fragmentado, flexible y dinámico.

Esto es: personas que trabajan en múltiples proyectos; profesionales que combinan ingresos; talento que no responde a una estructura fija sino a una lógica de contribución. Las organizaciones, sin embargo, siguen diseñadas alrededor de “puestos”.

Entonces aparece la primera gran tensión: estructuras del siglo XX intentando gestionar realidades del siglo XXI. La pregunta deja de ser “¿qué puesto tenés?” para pasar a ser “¿qué valor generás, en qué contexto y con quién?”.

La IA no reemplaza el trabajo: cambia su forma (y expone sus límites)

Aquí es donde entra la IA. Y conviene decirlo sin exageraciones, pero sin ingenuidad: la IA no está eliminando el trabajo. Está redefiniendo cómo se hace. Automatiza tareas, sí. Acelera procesos, también. Pero, sobre todo, cambia el diseño del trabajo. Y cuando no se rediseñan roles, flujos y procesos de toma de decisiones… la IA no potencia, complica. Mucha velocidad, poco criterio. Una ilusión de productividad que no siempre se traduce en valor.

El riesgo no es solo hacer menos. Es pensar menos. Y ahí aparece el “efecto freno”: cuando una tecnología que debería acelerar termina ralentizando el pensamiento crítico, la creatividad y la toma de decisiones. Y, finalmente, somos nosotros los que terminamos desacelerando a la tecnología para que no nos pase -literalmente- por encima.

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Nuevos jugadores en la cancha

En este nuevo escenario, también cambia quién trabaja. Por un lado, veremos el crecimiento de los colaboradores “fraccionados”: personas que trabajan menos días (o menos horas por día), pero con mayor foco en valor. No es menos trabajo. Es otra forma de organizarlo. Por el otro, emergen los agentes: sistemas que operan como “colaboradores digitales”, con acceso, tareas y objetivos. No son herramientas. Son parte del equipo.

Esto cambia todo. Porque obliga a repensar cómo se lidera, cómo se mide desempeño y cómo se construyen equipos. Ya no hablamos de humanos versus tecnología. Hablamos de sistemas híbridos. Y el desafío pasa a ser orquestar, no controlar.

El fin del management como lo conocíamos

Durante años, gestionar implicaba asignar tareas, monitorear avances y controlar resultados. Hoy, gran parte de eso puede hacerlo la tecnología, mejor y más rápido. Entonces, ¿qué queda? Queda lo más complejo. Y lo más humano y apasionante: dar contexto, construir sentido, generar confianza, inspirar, desarrollar personas, conectar puntos que la tecnología no ve. Estamos entrando en una etapa en la que liderar no es dirigir. Es habilitar y orquestar.

Y eso exige algo que no siempre desarrollamos: presencia, criterio, empatía, compasión, capacidad de lectura del contexto. Porque en un mundo de IA abundante, lo verdaderamente escaso empieza a ser la inteligencia humana bien utilizada.

El gran desafío: aprender a desaprender

Si hay un aspecto que define este momento es la velocidad con la que el conocimiento pierde vigencia. Antes, aprender algo podía servir durante años. Hoy, ese ciclo se acorta cada vez más. Esto genera una paradoja potente: las trayectorias se alargan, pero las habilidades requeridas envejecen más rápido.

La única respuesta posible es desarrollar una capacidad clave: aprender velozmente, desaprender más rápido y reaprender en ciclos continuos sin fin. No como evento ni como sistema. No como capacitación puntual, sino como forma de vivir y trabajar.

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(Imagen generada con Gemini)

El problema que nadie quiere mirar: la jubilación

Hay otro tema incómodo que empieza a aparecer con fuerza: la idea de retiro. Durante años pensamos la jubilación como un objetivo. Hoy empieza a parecer más un problema. No solo por lo financiero, ya que se afirma que en poco tiempo los sistemas de jubilación a nivel global entrarán en crisis por los cambios en la pirámide poblacional. Si no, fundamentalmente, por lo existencial.

El trabajo sigue siendo una fuente central de identidad, pertenencia y propósito. Cuando desaparece, muchas personas se enfrentan a un vacío que no siempre saben cómo llenar. Tal vez la pregunta ya no sea “cuándo dejar de trabajar”, sino “cómo seguir trabajando de otra manera”.

Trayectorias largas, etapas distintas

Vamos a vivir, muy posiblemente, muchos más años de los que vivieron nuestros padres y abuelos. Y si vamos a trabajar 50 años -por lo menos-, no podemos gestionar la trayectoria como si fuera lineal. Hay etapas y cada una de ellas requiere de decisiones distintas.

Al inicio se trata de explorar y aprender. Incluso de equivocarse. En la mitad de la vida, construimos capital propio: habilidades, relaciones e imagen. Y, más adelante, nos reinventamos, soltamos, volvemos a empezar. El tema es que ese “más adelante” es a cada momento. Porque si algo muestra este contexto es que la estabilidad no viene dada por la permanencia, sino por la capacidad de adaptación.

La reputación como nuevo contrato

“Un buen nombre es lo más valioso que uno puede tener”, decía una publicidad de un reconocido banco a fines de los ’80. Y, en este nuevo mundo, la seguridad no la da la empresa. La da la reputación.

Somos reconocidos por lo que hacemos, cómo lo hacemos y con quién lo hacemos. Eso no se edifica con un título. Se construye con consistencia a través del tiempo. No se da de un día para el otro: es un proceso permanente. Esa construcción se apuntala en algo fundamental: una narrativa clara. Quién sos, qué aportás, por qué eso que sabés hacer es valioso para los demás.

Pensar como “empresa de uno”

Quizás una de las ideas más potentes para navegar este contexto es adoptar la lógica de “Company of One” (La empresa de uno). No es individualismo. Es responsabilidad. Es entender que uno es responsable de su trayectoria, de su desarrollo y de su vigencia. Nada de esto se puede tercerizar.

Ser “empresa de uno” implica desarrollar capacidades y experiencia relevantes, adquirir y potenciar las habilidades del futuro, construir relaciones de valor y generar nuevas opciones en forma permanente. Porque en un mundo incierto, la mayor seguridad no es un empleo (como se suponía habitualmente). Es la capacidad de generar valor en múltiples contextos.

El futuro del trabajo ya llegó

Posiblemente el mayor error conceptual sea seguir hablando del futuro del trabajo como si fuera algo que está por venir. Y no es así. El futuro del trabajo ya llegó. Solo que está distribuido de manera desigual.

Conviven organizaciones que ya rediseñaron cómo trabajan con otras que siguen operando con lógicas del pasado. Conviven líderes que entienden el cambio con otros que intentan gestionarlo con herramientas que ya no funcionan.

Y conviven profesionales que están reinventándose con otros que todavía esperan que el contexto se estabilice. Todo indica que no hay buenas noticias para estos últimos: ese contexto no se va a estabilizar.

La decisión

Frente a este escenario, existen dos caminos posibles: esperar que el cambio nos obligue a reaccionar o anticiparnos y rediseñar nuestra forma de trabajar antes de que el propio contexto lo haga por nosotros. La diferencia es clara. En un caso, reaccionamos. En el otro, lideramos y proactivamente nos hacemos cargo.

Finalmente, como plantea Tobaccowala, en este nuevo mundo no alcanza con adaptarse. Es clave reinventarse antes de que sea inevitable. Lo hizo el abogado laboralista reconvertido en coach, lo sabe el periodista deportivo devenido en referente tecnológico. Hay tantos ejemplos como peces en el mar…

Porque, en un entorno em el que la tecnología avanza exponencialmente pero el verdadero diferencial sigue siendo humano, liderar -la propia trayectoria- deja de ser una opción. Pasa a ser una necesidad y un acto de supervivencia.

(*) Alejandro Melamed es Doctor en Ciencias Económicas, speaker internacional y consultor disruptivo. Es autor de nueve libros, entre ellos: Liderazgo + humano - Historias de (mi) vida para inspirarnos (2025), El futuro del trabajo ya llegó (2022), Tiempos para valientes (2020), Diseña tu cambio (2019) y El futuro del trabajo y el trabajo del futuro (2017).

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