Una mujer preparada elige, no la eligen
La historia de Luz Hernández es prueba de que el conocimiento es poder. Una médica que cruzó fronteras, se transformó en empresaria y marcó un nuevo liderazgo en cada etapa.

Daniela García Noblecilla Editora digital

A sus 68 años, Luz Estela Hernández es una de las voces femeninas que trasciende entre las mujeres power. Nació en Ibagué, Tolima, Colombia, y se formó como médica cirujana en la Pontificia Universidad Javeriana. Construyó una trayectoria que cruza disciplinas, países y responsabilidades en diversas industrias. 

Desde hace dos años lidera Laboratorios HG como gerenta general. Esta es una compañía que en 2024 registró ingresos por US$ 7 millones, cuenta con más de 200 colaboradores, 43 productos en el mercado, y en 2025 invirtió en activos fijos alrededor de US$ 9 millones. 

“Mi padre me decía: ‘Prepárese, una mujer preparada escoge lo que quiere hacer en su vida. Una mujer preparada elige, no la eligen’”. La historia de Luz Hernández empezó marcada por esa convicción que le transmitió su padre. Desde muy joven sabía que estudiar era un camino de autonomía económica, una declaración de libertad. Su prioridad era estudiar. Se graduó como médica cirujana de la Pontificia Universidad Javeriana, sin perder jamás una materia ni un semestre.

Ella, la mayor de tres, avanzaba sin pausa, trabajaba, estudiaba y cuidaba de su familia. Esa búsqueda de crecimiento la llevó a emprender una especialización en Administración de Servicios de Salud con énfasis en marketing social, también en la Javeriana. 

Hasta ese momento, su carrera se desarrollaba en Colombia, donde trabajaba en International Simeons Center, una empresa dedicada a tratar la obesidad, el tabaquismo y el alcoholismo. Trataba a los pacientes con obesidad exógena. Como directora médica, viajaba por distintas ciudades, atendía casos complejos, aquellas personas que no lograban bajar de peso. 

Durante su posgrado elaboró un estudio sobre la gestión del tiempo en tres clínicas de la organización y detectó una pérdida económica del 30 % por espacios sin pacientes pero con personal completo en turno. Documentó todo y presentó el informe al vicepresidente de la compañía. El trabajo llamó tanto la atención que, poco después, recibió una propuesta que cambió su vida: asumir la gerencia general de la operación en Ecuador. Tenía 32 años, no había terminado su maestría, pero su capacidad analítica, su disciplina y su visión ya estaban claras.

Llegó a Ecuador en 1988 con una maleta llena de ilusiones y una responsabilidad enorme: dirigir una empresa que entonces tenía sedes en Quito y Guayaquil. En solo seis meses abrió la sucursal de Cuenca y, durante los dos años que estuvo al frente, expandió la red a siete ciudades e incorporó Manta, Machala, Ambato y Santo Domingo. Trabajó en capacitar a médicos y enfermeras locales en técnicas de motivación y acompañamiento a pacientes con obesidad.

Luz Hernández llegó a Ecuador convencida de que sería solo por dos años. Anclada a su familia, a la música —fue fundadora de la Tuna Femenina Javeriana— y a un fuerte sentido de identidad con su tierra, pensaba cumplir su misión profesional y volver a Colombia. Cumplido el objetivo, renunció con tres meses de anticipación y anunció su regreso. Sin embargo, ese plan se transformó por completo gracias a una conversación con una amiga. @@FIGURE@@

Esa amiga fue quien le dijo que su decisión de volver respondía a no haberse enamorado aún. Fue ella quien la presentó al hombre que se volvería su esposo. “Nos enamoramos a primera vista”, recuerda. Faltaban 20 días para regresar a Colombia cuando lo conoció, pero Luz cumplió su itinerario y volvió a Bogotá, ya con el corazón marcado. La correspondencia de la época —telegramas y cartas— mantuvo viva la relación a distancia, hasta que una carta que Carlos Daniel Gallegos envió a sus padres terminó de sellar la propuesta de matrimonio. “Mi papá me dijo: ‘Un hombre que abre así su corazón vale la pena’”. Meses después, Luz regresó a Ecuador para casarse.

De vuelta en el país, planeaba retomar su carrera como ginecóloga, pero recibió una llamada de Price Waterhouse para participar en un proceso de selección en Plastigama. Ella misma dudó. “Pero yo soy médica, no sé nada de plásticos”. Quien fue su mentor, Roberto Chein, le dijo que la eligieron “por el ser humano que era”, no por su conocimiento técnico. Así inició una nueva etapa en su desarrollo profesional, liderando la gerencia de Ventas con un equipo mayoritariamente femenino, y demostró, una vez más, que su capacidad de adaptación y liderazgo podría abrirle puertas incluso en industrias completamente nuevas para ella.

Luego le dijo su mentor: “Doctora, la necesito en otra parte”. Había cumplido con el oficio para el que fue contratada y él estaba convencido de que su siguiente destino debía ser Industrial Procesadora Santay, una empresa dedicada a fabricar alimento balanceado para camarón. Luz dudó, otra vez no conocía esa industria. Pero Chein le recordó que tampoco sabía nada de plásticos cuando llegó a su anterior cargo. Así aceptó la gerencia de Ventas, sin imaginar lo que vendría un mes después.

Transcurrieron 30 días cuando Chein volvió a buscarla: “La necesito de gerenta general”. Así inició una etapa que definiría ocho años de su vida. Trabajó de la mano de ejecutivos en un ambiente que describe como humano, exigente y formador. Nunca contrataron un gerente de Ventas. Luz asumía ambos roles y recorría el país junto a su equipo; visitaba clientes, evaluaba granjas y promovía un modelo de marketing directo que la llevó a conocer Ecuador de extremo a extremo.

Su gestión coincidió con un proceso de diversificación acelerada. En su gestión se incluyeron productos para aves, ganadería y cerdos. Esa expansión del portafolio exigió investigación en campo, visitas a zonas productivas y desarrollar nuevas marcas, muchas de ellas creadas y registradas por la propia Luz. Su trabajo fue reconocido con la entrega de acciones de la compañía, uno de los gestos que más atesora de esa etapa.

Además, representó a la empresa en el directorio de Asociación Ecuatoriana de Alimentos Balanceados (AFABA). Al frente de una planta en Durán que operaba 24/7 y con más de 100 colaboradores a su cargo, también lideró la incursión de la compañía en el negocio avícola, un mercado altamente competitivo.

La maternidad cambió la forma en la que Luz Hernández veía su tiempo, pero no la detuvo. Cuando nació su primera hija, Carla Daniela, logró equilibrar, como pudo, la vida empresarial con la vida familiar, apoyada por su esposo y su familia. Sin embargo, esa conciliación tenía un costo emocional, sentía que le faltaba dedicarle más tiempo a su niña. “Nunca hablé de sacrificios, hablo de compromiso”. Y ese compromiso la mantenía disponible a cualquier hora, especialmente en un negocio avícola donde las emergencias 
—como un golpe de calor— podían ocurrir a las 02:00 de la mañana. Mientras más alto el cargo, más responsabilidad. Vivía conectada al radio de la empresa incluso desde su casa.

Esa intensidad, sumada al amor por su familia, la llevó a tomar una decisión definitiva cuando nació su segundo hijo, Daniel Andrés. Tras vivir la experiencia de la maternidad mientras lideraba una operación compleja, entendió que necesitaba redistribuir su tiempo. “Ahí sí, dije ya no”. Renunció con la convicción de que su vida profesional no se apagaba; simplemente entraba en pausa por elección. Sabía que podría retomar su camino más adelante y que esa etapa era para ser mamá. Pero lo que no todos sabían era que Luz ya había sembrado una alternativa que terminaría tomando forma.

Invirtió en un pequeño negocio de comida colombiana llamado Rinconcito Paisa. La dueña original regresaba a España y el proyecto le pareció una oportunidad interesante. Comenzó como un local modesto y una caja registradora de madera, Luz siempre lo vio con una mentalidad empresarial: “Algún día, si ya no trabajaba, tendría algo propio”. Cuando renunció para dedicarse a Daniel, impulsó ese emprendimiento con mayor fuerza.

Llegaron a tener siete puntos de venta como La Libertad, Salinas, el Malecón y Urdesa. Luz creó una cocina industrial, desarrolló una planta de procesamiento y abrió una línea de catering que atendió por años a empresas e incluso a programas de posgrado. Rinconcito Paisa se convirtió en un emprendimiento que se mantuvo durante 17 años. Lo vendió mucho antes de la pandemia, como hace con todo lo que construye, sin apegos, dejando ir cuando alguien más quiere continuar la historia.

Por años, Hernández cargó con la sensación de un capítulo inconcluso, por lo que estudió una maestría en Ecuador. Se matriculó en el IDE y, en 2020, se graduó con un MBA. Luego llegó otra oportunidad académica, impulsada por el Banco Interamericano de Desarrollo: una especialización en formación de formadores para la industria turística y de restauración. Luego se convirtió en docente.

Su incursión en la academia se extendió por ocho años. Se formó en competencias blandas —servicio al cliente, liderazgo, comunicación asertiva, trabajo en equipo— y obtuvo certificaciones que la habilitaron para dictar clases. Fue docente en la Universidad Santa María, la Universidad Casa Grande, la Cámara de Comercio, IDEPRO y otras instituciones.

Además, por tres años fue gerenta regional en Cruz Blanca y, luego de un breve paso por el Instituto de Diagnóstico de la Clínica Kennedy, ingresó al grupo Difare. Fue gerenta general y representante legal de tres compañías —Citamed, MediGlobal y la red de puntos de salud vinculados a las farmacias— durante cinco años. Luego de renunciar y dedicarse a asesorías, estudió tres especializaciones en coaching en Perú, Ecuador y Panamá. Esa preparación fue la puerta de entrada a Laboratorios HG. Llegó como coach de áreas estratégicas en un momento de transición interna, dio soporte a ventas y desde hace dos años Luz es la gerenta general de una compañía con 138 años de historia. (I)