El chocolate ecuatoriano por el que el mundo paga hasta US$ 490 por barra
Tres emprendedores rescataron un cacao que el mundo creía perdido y actualmente está en más de 60 países. Así nació To’ak, una marca que convirtió una de las variedades más antiguas del planeta en un producto de lujo.

Apenas 467 barras de chocolate. Esa fue el inicio de un pequeño emprendimiento ecuatoriano que convenció al mundo de pagar US$ 260 por una barra de 50 gramos, aunque poco después llegó una edición todavía más exclusiva, valorada en US$ 490.

La pregunta fue inevitable. ¿En serio hay quienes pagan esos valores por un chocolate?

“Sí, en Estados Unidos, China, Inglaterra, Medio Oriente, en total son 60 países”, responde Dennise Valencia, CEO y cofundadora de To’ak.

Lo que para muchos parecía una apuesta imposible, terminó convirtiéndose en una pieza de colección. “Nosotros no solo vendemos chocolate, vendemos una historia”. 

Se refiere al relato de un cacao que crece en los bosques de Manabí y que estuvo al borde de desaparecer para siempre. Los pequeños agricultores que cultivan la variedad nacional comenzaron a recibir hasta nueve veces más por su cosecha con el impulso los tres soñadores que crearon To’ak. Ellos, desde caminos completamente distintos, decidieron proteger y transformar ese patrimonio y convertirlo en una de las marcas de chocolate más exclusivas del mundo.

Una ecuatoriana, un estadounidense y un austríaco construyeron una marca que en 2025 alcanzó ventas cercanas a US$1,5 millones y consolidó una comunidad internacional de alrededor de 11.000 clientes.

“Queremos demostrar que el cacao ecuatoriano puede ocupar el mismo lugar que un gran vino o un wisky de colección”, dice Valencia.

Esta frase de Dennise resume la filosofía de To’ak.  La empresa se enfoca demostrar que Ecuador no solo es productor de cacao, sino también creador de un producto de lujo con identidad y exclusivo. La marca empezó como una búsqueda. Detrás hay tres personas con vidas distintas.

Jerry Toth llegó a Ecuador luego de un viaje por Sudamérica. En 2006 fundó la reserva ecológica Jama-Coaque en la costa de Manabí. Estaba convencido de que conservar uno de los ecosistemas tropicales más amenazados era también una forma de asegurar el futuro de las comunidades que dependían de ese territorio. 

Carl Schweizer vino desde Austria para trabajar como voluntario en el programa de los niños de la calle impulsado por sacerdotes salesianos. Ahí conoció a Dennise Valencia. Hoy son pareja y tienen una hija de 10 años

Dennise Valencia nació en Quito, pero sus raíces están en la comunidad indígena La Calera, en Cotacachi. Su historia familiar estuvo marcada por la adversidad. Su madre, María Ester Valencia Flores, fue obligada a casarse cuando tenía apenas 12 años con un hombre adulto. Logró escapar y llegó a Quito para trabajar como empleada doméstica. Allí conoció al padre de sus nueve hijos, pero nunca se casaron. “Soy la más pequeña -dice Valencia- y para nosotros estudiar era un sueño, pero yo me revelé y lo conseguí”.

Durante el día trabajaba y por la noche estudiaba. Fue niñera, pasó por oficinas y empresas hasta que logró ingresar a la Universidad Politécnica Salesiana, donde se graduó de Desarrollo Local Sostenible. Por más de ocho años estuvo vinculada a proyectos relacionados con comunidades.

Ninguno de los tres imaginaba que su vida terminaría relacionada a un cacao que el mundo creía perdido. El encuentro entre Jerry y Dennise fue por casualidad, en la puerta de una cafetería en el norte de Quito. Conversaron unos minutos y ella se ofreció ayudarle con algunas traducciones. De ese encuentro surgió una amistad entre los tres y luego una sociedad empresarial. Una tarde Jerry, quien por su labor de reforestación conoció el cacao les propuso hacer chocolate. En un principio dudaron, ninguno sabía del negocio.

Por meses, los tres recorrieron diferentes zonas cacaoteras de la costa junto a productores, entre ellos estaba la familia Pachal, de la zona de Calceta que los ayudó a identificar fincas donde podían sobrevivir árboles que habían quedado fuera del circuito comercial. Ellos buscaban los últimos rastros del cacao Nacional. Esta variedad, considerado por muchos como la  más fina del mundo, estaba en extinción. Enfermedades como la escoba de bruja llevó a cientos de agricultores a reemplazarlos por otras más resistentes y productivas. 

Después de meses llegaron a Piedra de Plata, una pequeña comunidad donde encontraron árboles centenarios con sus características. La forma de sus hojas, flores y mazorcas les hacía pensar que lo lograron. “Recolectamos 47 muestras y las enviamos a Estados Unidos para un análisis genético. Los resultados fueron positivos. Nueve árboles eran 100 % de la variedad nacional”. Siguieron más estudios, investigaciones, preguntas y muchas dudas.

Presentación del chocolates de US$ 490.

Jerry los convenció y financió con US$ 200.000 las primeras investigaciones con parte de su herencia familiar.  El primer desafío era construir una relación con los productores. Arrancaron 14 familias. Identificaron los mejores árboles, controlaron procesos de fermentación y secado, y seleccionaron el cacao que cumplía con las condiciones. “Decidimos pagarles muy por encima de lo que el mercado paga como un incentivo y que no lo reemplacen con otras variedades”.

La primera cosecha, de dos toneladas, se dio en 2013. Consiguieron una empresa en Quito para maquilar el chocolate, con la fórmula, aroma y textura precisa. Un año después lanzaron su primera colección de 467 barras de 50 gramos, enumeradas individualmente, en las que se contaba el origen del cacao que logró sobrevivir por generaciones. El precio fue de US$ 260 cada una.

“To’ak no quería vender un chocolate más, sino crear un producto de ultra lujo, de colección y exclusivo”.

El lanzamiento se realizó inicialmente en Estados Unidos a través de una tienda en línea. Jerry organizó degustaciones, entrevistas y presentaciones en Chicago. “Logramos generar más de US$ 125.000. Encontramos que sí había un mercado dispuesto a pagar, por una variedad que el mundo había dado casi por desaparecida”.

Mientras conversamos Dennise, recuerda cómo prepararon el primer envío internacional. “Nos quedamos hasta las cinco de la mañana empacando en nuestro departamento en La Floresta. Colocamos etiquetas, envolvimos cuidadosamente cada barra en un papel con diseños andinos y revisamos los documentos. Estábamos agotados, cuando terminamos brindamos con una copa de vino”. 

En el camino, decidieron apostar por algo aún más exclusivo.  En la nueva edición cada barra viajaría en una caja de madera elaborada con especies provenientes de bosques reforestados. En su interior papeles ecológicos hechos a mano con acabados de pan de oro y elementos artesanales. En la colección de US$ 490 se incluye un plato de cerámica, una obra de arte del artista ecuatoriano Enriquestuardo (Enrique Álvarez), un libro con la historia y una pepa original preservada. 

“Un empresario chino nos compró más de treinta. Luego llegó un correo de Harrods, (una de las tiendas de lujo más reconocidas a escala global), que quería incorporar una vitrina de To’ak en su tienda de Londres. Sentimos que el mundo confiaba en lo que estábamos consiguiendo”.

El diseño incluye una obra de arte y envoltura con diseños precolombinos.

En este punto de la conversación Dennise comenta que se sentaron a reflexionar sobre la importancia de mantener vivo el cacao Nacional. Había que multiplicar las plantas. Por años desarrollaron programas con los productores de la zona, luego extendieron un corredor alrededor de la reserva Jama-Coaque. Actualmente, cuentan por lo menos con 2.000 plantas. Los experimentos continuaron. El siguiente fue el añejamiento, un proceso similar al que se usa para el vino o el wisky.

Entonces llegó 2016. El fenómeno de El Niño alteró profundamente las condiciones climáticas de la Costa. La humedad cambió el comportamiento del cacao y afectó la calidad de una de las cosechas.

“Estaban horribles, tenía una acidez fuertísima. Lloré, porque no servía, para nosotros era una pérdida grande. Entonces decidimos guardarla y la fuimos probando una y otra vez hasta que los aromas evolucionaron”.

La prueba más difícil llegó meses después. “Jerry perdió a su pareja en un accidente de tránsito en Estados Unidos. Nos quedamos en pausa, fue un shock brutal. Más que un socio es un amigo”. Por semanas no sabían que hacer. “Nos sentamos y dijimos, no podemos dejar que esto muera”.

La decisión marcó un antes y un después. Incorporaron un nuevo inversionista que aportó alrededor de US$ 80.000 para fortalecer la compañía. Pero el cambio más importante fue estratégico. Comprendieron que para mantener intacta la esencia de To’ak no podían depender solo de unas pocas colecciones de precio extremadamente alto. La exclusividad debía seguir siendo parte de la marca, pero también tenían que encontrar nuevas formas de acercar la historia del cacao Nacional a más consumidores.

Comenzaron a desarrollar nuevas líneas de producto. En la colección Signature incorporaron chocolates añejados en barriles, con precios cercanos a US$ 70. Más adelante llegó Essentials, Alchemy, creada junto a chefs e ingredientes especiales, y Rocks, una propuesta pensada para acercar la marca a nuevos consumidores.

Hoy procesan alrededor de cuatro toneladas al año. Cada quince días, se compra alrededor de US$5.000 en cacao fresco directamente a los agricultores con los que trabajan. En 2025, la empresa alcanzó ventas cercanas a US$1,5 millones.

Sus chocolates llegan a mercados como Estados Unidos, Inglaterra, Suiza, Alemania, Austria, Italia, Países Bajos, Australia, China y Medio Oriente. Desde su oficina comercial en Estados Unidos coordina buena parte de sus ventas internacionales, mientras desarrolla nuevas líneas de negocio: proyectos de marca blanca. “las primeras alianzas son con empresas de Canadá y Australia”.

A finales de 2026 está prevista la apertura del primer To’ak Cacao Bar en Kuwait, desarrollado junto a un grupo hotelero de lujo. “Estamos muy emocionados, porque podremos acercar al consumidor de lujo a una historia de conservación inspirada en el mejor cacao del mundo, con más de 600 aromas y originario de Ecuador”. Pero el mayor logro de sus fundadores no fue convencer al mundo de pagar cientos de dólares por un chocolate ecuatoriano, sino desmostrar que un proyecto de conservación encontró en el lujo su permanencia. (I)