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El “Wild West” digital: cómo las redes sociales abandonaron la moderación y abrieron una nueva crisis para negocios, medios y democracia

Martina P. Veneziani

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La era en la que las grandes plataformas prometían controlar la desinformación parece haber quedado atrás. Entre recortes de moderación, el fin de los verificadores independientes y la explosión de contenidos generados por inteligencia artificial, expertos advierten que internet atraviesa una nueva etapa: menos regulada, más caótica y con riesgos crecientes para empresas, mercados y sistemas democráticos.

15 Julio de 2026 06.20

Hubo un momento, no hace tanto tiempo, en que las grandes plataformas tecnológicas parecían convencidas de que podían convertirse en árbitros de la verdad digital. Facebook financiaba una red global de verificadores independientes, Twitter etiquetaba publicaciones engañosas relacionadas con elecciones y Google trabajaba junto a investigadores para detectar campañas de desinformación coordinadas. Tras los escándalos de interferencia electoral que marcaron la segunda mitad de la década pasada, Silicon Valley había asumido públicamente que la circulación masiva de información falsa era un problema que debía enfrentar.

Ese consenso hoy parece haberse roto.

La decisión de Meta de abandonar en Estados Unidos su programa de verificadores externos para Facebook e Instagram y reemplazarlo por un sistema de “Community Notes”, similar al que utiliza X, marcó un punto de inflexión. El anuncio realizado por Mark Zuckerberg a comienzos de 2025 fue interpretado por especialistas como mucho más que un cambio de política interna: representó el reconocimiento de que la industria tecnológica está dejando atrás una etapa de moderación activa para ingresar en una nueva era donde la responsabilidad de distinguir entre información verdadera y falsa recae cada vez más sobre los propios usuarios.

Del control a la autorregulación

El cambio llega después de años de críticas provenientes principalmente de sectores conservadores estadounidenses, que acusaban a las plataformas de censurar determinadas opiniones bajo la excusa de combatir la desinformación. Zuckerberg argumentó que los verificadores externos se habían vuelto demasiado sesgados políticamente y sostuvo que era momento de volver a priorizar la libertad de expresión. Donald Trump, presidente de Estados Unidos, celebró públicamente la decisión y aseguró que Meta había recorrido un largo camino respecto de sus políticas anteriores.

Sin embargo, para investigadores de seguridad digital y especialistas en desinformación, el debate trasciende la discusión ideológica. Lo que observan es una transformación mucho más profunda en el funcionamiento del ecosistema digital. Durante años, las grandes plataformas invirtieron miles de millones de dólares en equipos de confianza y seguridad, desarrollaron sistemas para detectar comportamiento coordinado y construyeron mecanismos cada vez más sofisticados para limitar el alcance de contenidos engañosos. Hoy, buena parte de esas iniciativas se está reduciendo o directamente desapareciendo.

El resultado es un escenario que muchos expertos ya describen como un auténtico “Wild West” digital.

La invasión silenciosa de bots y cuentas falsas

La comparación no es casual. Así como el Lejano Oeste estadounidense se caracterizaba por la ausencia de autoridades capaces de imponer reglas comunes, internet atraviesa un momento en el que las estructuras de control parecen debilitarse al mismo tiempo que aumentan las capacidades tecnológicas para manipular información a gran escala.

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Los creadores producen contenidos cada vez más extremos porque saben que obtendrán mejores resultados.

Las señales son visibles en múltiples plataformas. Investigadores especializados en campañas de influencia sostienen que las redes de cuentas falsas y los sistemas automatizados de bots permanecen activos durante períodos mucho más prolongados que hace algunos años. Antes de la llegada de Elon Musk a Twitter y de los cambios impulsados posteriormente por Meta, las plataformas dedicaban recursos significativos a detectar y eliminar comportamiento inauténtico coordinado. Hoy, según describen quienes monitorean estas actividades, la prioridad parece haberse desplazado.

Algunos especialistas estiman incluso que entre el 30% y el 40% de los perfiles que participan en las secciones de comentarios de grandes medios de comunicación podrían ser falsos o automatizados. El dato resulta especialmente preocupante porque no se trata únicamente de la circulación de información incorrecta. La presencia masiva de cuentas artificiales modifica la percepción colectiva sobre qué temas generan consenso, cuáles provocan rechazo y qué posiciones parecen dominar una conversación pública.

El negocio detrás de la polarización

El fenómeno se vuelve todavía más complejo cuando se analiza el modelo de negocios que gobierna a las plataformas digitales. Las redes sociales no operan bajo criterios periodísticos ni democráticos. Funcionan a partir de métricas de atención. Cuanto más tiempo permanece un usuario conectado, mayor es el volumen de publicidad que consume y mayores son los ingresos generados.

Esa lógica tiene consecuencias directas sobre los contenidos que los algoritmos deciden amplificar.

Diversos estudios vienen mostrando desde hace años que los mensajes que generan indignación, miedo, sorpresa o conflicto suelen obtener niveles de interacción muy superiores a aquellos que simplemente informan. Los algoritmos aprenden rápidamente ese comportamiento y terminan premiando los contenidos más emocionales y polarizantes.

La consecuencia es una espiral difícil de detener. Los creadores producen contenidos cada vez más extremos porque saben que obtendrán mejores resultados. Los algoritmos los distribuyen con mayor intensidad porque generan más interacción. Y los usuarios quedan expuestos de manera constante a mensajes diseñados para provocar reacciones emocionales.

La presión no afecta únicamente a influencers o figuras políticas. También alcanza a medios tradicionales que dependen del tráfico generado por plataformas digitales para sostener sus modelos de negocio. En la competencia por captar atención, muchas organizaciones periodísticas terminan adoptando formatos, titulares y estrategias cada vez más cercanos a la lógica del clickbait.

La inteligencia artificial acelera el problema

A esta transformación estructural se suma ahora una nueva variable: la inteligencia artificial generativa.

Inteligencia artificial (Foto: Pixabay)
La situación coincide además con un momento delicado para las organizaciones dedicadas a la verificación de información.  (Foto: Pixabay)

Si la desinformación ya representaba un desafío importante durante la última década, la irrupción masiva de herramientas capaces de producir textos, imágenes, videos y audios sintéticos elevó el problema a una escala completamente diferente.

Las principales compañías tecnológicas mantienen políticas que prohíben utilizar inteligencia artificial para campañas políticas engañosas o manipulación electoral. Sin embargo, los expertos advierten que esas restricciones tienen un alcance limitado.

La tecnología ya no está concentrada exclusivamente en manos de grandes empresas. Existen miles de aplicaciones, modelos abiertos y herramientas de generación de contenido disponibles globalmente. Mientras Meta, Google o OpenAI intentan imponer determinadas reglas, gran parte de la actividad se desplaza hacia plataformas más pequeñas y menos reguladas.

Los canales cerrados representan otro desafío creciente. Telegram y WhatsApp se han convertido en espacios donde resulta mucho más difícil rastrear campañas de manipulación. Nunca fue tan barato producir contenido falso. Nunca fue tan sencillo distribuirlo. Y nunca fue tan difícil detectarlo.

El retroceso de los verificadores

La situación coincide además con un momento delicado para las organizaciones dedicadas a la verificación de información. Durante años, los fact-checkers funcionaron como una especie de infraestructura invisible de la confianza digital. Su trabajo consistía en verificar afirmaciones virales, aportar contexto y colaborar con plataformas para reducir la circulación de contenidos engañosos.

Hoy enfrentan crecientes presiones políticas y una pérdida progresiva de influencia dentro del ecosistema tecnológico.

La paradoja es evidente. Mientras la preocupación pública por la desinformación sigue creciendo, las herramientas destinadas a combatirla parecen estar perdiendo relevancia. Organismos internacionales advierten que millones de personas consideran las noticias falsas uno de los problemas más importantes que afectan su vida cotidiana. Al mismo tiempo, algunas de las principales plataformas del mundo están reduciendo precisamente los mecanismos que habían sido diseñados para enfrentar ese fenómeno.

La confianza como nuevo activo estratégico

Sin embargo, limitar la discusión a la política sería un error.

La desinformación ya no constituye únicamente una amenaza para elecciones o instituciones democráticas. Se ha convertido en un riesgo económico de primer orden.

Empresas de todos los sectores enfrentan cada vez más campañas coordinadas de manipulación, rumores falsos, ataques reputacionales y contenidos generados mediante inteligencia artificial capaces de afectar marcas, productos o ejecutivos. Un video falso, una imagen manipulada o una campaña automatizada pueden impactar en la percepción pública de una compañía en cuestión de horas.

Para los mercados financieros, donde gran parte del valor depende de expectativas y confianza, la proliferación de información engañosa introduce nuevos factores de incertidumbre.

Por eso algunos analistas sostienen que la confianza digital se está transformando en uno de los activos más valiosos de la economía contemporánea. Es que, en ese nuevo Wild West tecnológico, donde los árbitros tradicionales pierden influencia y las plataformas parecen menos dispuestas a intervenir, la confianza podría convertirse en el recurso más valioso de todos.

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