Donald Trump dio un paso más allá de cualquier doctrina estadounidense reciente: lanzó ataques conjuntos con Israel contra objetivos militares, de inteligencia y misiles en Irán y, en paralelo, llamó abiertamente a un cambio de régimen, mientras los petroestados del Golfo aceleran exportaciones de crudo para blindarse ante un posible shock de oferta.
Desde Mar-a-Lago, el presidente anunció “una operación masiva y en curso” contra la República Islámica, con un objetivo explícito: “eliminar amenazas inminentes” y “arrasar con su industria de misiles”.
“Vamos a destruir sus misiles y a arrasar su industria misilística. Quedará totalmente destruida -una vez más- y vamos a aniquilar su armada”, prometió, en un mensaje que confirmó la transición de la presión económica a una fase de guerra abierta.
Un llamado inédito a que “tomen el gobierno”
El giro más disruptivo no estuvo solo en los misiles, sino en el lenguaje. Trump no se limitó a justificar los ataques en clave de seguridad nacional —“Nuestro objetivo es defender al pueblo estadounidense eliminando las amenazas inminentes del régimen iraní”— sino que habló directamente a las Fuerzas Armadas y a la población iraní llamando a la insurrección.
“A los miembros de la Guardia Revolucionaria Islámica, a las fuerzas armadas y a toda la policía, les digo esta noche que deben deponer las armas y tener inmunidad completa o, como alternativa, enfrentar una muerte segura”, advirtió. Y para reforzar el discurso repitió: “Así que depongan las armas. Serán tratados con justicia y con total inmunidad, o se enfrentarán a una muerte segura.”
El mensaje a la sociedad civil fue igual de frontal: “No salgas de casa. Es muy peligroso afuera. Caerán bombas por todas partes”. Luego, los instó a aprovechar lo que describió como una ventana histórica: “Cuando terminemos, tomen el control de su gobierno. Será suyo. Esta será probablemente su única oportunidad por generaciones. La hora de su libertad está cerca”.
Benjamin Netanyahu no se quedó atrás. El primer ministro israelí, al anunciar la participación de su país en la ofensiva, definió el objetivo como “Poner fin a la amenaza del régimen de los ayatolás en Teherán” y remarcó: “Crearemos las condiciones para que el pueblo iraní pueda librarse del yugo de este régimen asesino”. “En plena coordinación con nuestro amigo el presidente Trump, digo que cualquiera que deponga las armas, incluso dentro de las fuerzas del régimen, garantizará su seguridad y su futuro”, afirmó, anticipando una campaña prolongada “mientras sea necesario””.
Misiles, apagón digital y el riesgo de una guerra regional
En términos militares, la operación combinada apunta al corazón de la capacidad ofensiva iraní. Fuentes israelíes señalaron que los ataques se concentran en las capacidades de misiles balísticos del país, mientras el Pentágono confirmó que se trata de una campaña desde aire y mar, apoyada por al menos 18 buques y decenas de aviones de combate desplegados en la región.
Teherán respondió lanzando “una descarga adicional de misiles” hacia Israel, según las Fuerzas de Defensa israelíes, aunque hasta el momento no se reportaron víctimas gracias a los sistemas de defensa aérea. Tel Aviv declaró el estado de emergencia, cerró su espacio aéreo, ordenó el cierre de la mayoría de los lugares de trabajo y comercios, e impuso restricciones a las reuniones, anticipando nuevos ataques con misiles y drones.
En paralelo, Irán redujo drásticamente su conectividad con el exterior: organizaciones de monitoreo como NetBlocks reportaron una caída cercana al 50% del tráfico normal, en el marco de un esquema de internet de “dos niveles” —uno para la población y otro para el Estado y ciertas élites— usado ya durante protestas recientes. En aquella ocasión, activistas habían logrado seguir transmitiendo imágenes del brutal apagón represivo gracias a módems satelitales Starlink introducidos clandestinamente.
El temor a una escalada regional se concentra en el llamado “eje de la resistencia”: Hizbolá en Líbano, Hamas en los territorios palestinos, los hutíes en Yemen y milicias chiitas en Irak. Trump advirtió que Estados Unidos buscará asegurar que “ya no pueden desestabilizar la región ni el mundo y atacar nuestras fuerzas”, mientras Israel intensificó sus bombardeos sobre infraestructura de Hizbolá en el sur del Líbano.
Una fuente familiarizada con el pensamiento del gobierno israelí fue tajante: “Es muy probable que en cualquier escalada con Irán intervenga Hizbulá.”
El flanco energético: Hormuz, barriles extra y temor a un shock de precios
Si en el plano militar el foco está en misiles y fuerzas proxy, en el tablero económico la variable crítica es el flujo de hidrocarburos por el Golfo. El estrecho de Ormuz canaliza cerca de 15 millones de barriles diarios de crudo —aproximadamente 9% de la demanda global— y alrededor del 20% del GNL que se comercia en el mundo.
Consciente de que una escalada podía derivar en sabotajes, bloqueos parciales o “ataques ejemplificadores” sobre infraestructura energética, buena parte de los petroestados del Golfo activó planes de contingencia antes del primer misil. Arabia Saudita elevó sus exportaciones de crudo a unos 7 millones de barriles diarios en febrero, el nivel más alto desde 2023, mientras que los envíos de Emiratos Árabes Unidos se encaminan a un récord de 3,5 millones de barriles diarios, según datos de Kpler.

La lógica es doble: por un lado, colocar volúmenes adicionales en el mercado y en hubs de almacenamiento antes de cualquier disrupción en Ormuz; por otro, aprovechar precios en alza si el riesgo geopolítico se traduce en una prima sostenida. La gencia de noticias Reuters ya había documentado hace días que Arabia Saudita y otros productores del Golfo estaban “apurándose a exportar crudo como parte de sus planes de contingencia” ante la posibilidad de ataques estadounidenses contra Irán que “could upend oil shipments from the Gulf”.
Irán, por su parte, también aceleró cargas desde mediados de mes, apuntando a mantener exportaciones en el rango de 1,5–1,6 millones de barriles diarios pese al endurecimiento del monitoreo estadounidense. “Las exportaciones de Irán en febrero seguirán promediando entre 1,5 y 1,6 millones de bpd gracias al aumento de mediados de mes, pero una aplicación sostenida de la normativa podría reducir esa cifra drásticamente”, estiman analistas de TankerTrackers.com.
El problema de fondo es estructural: incluso con oleoductos alternativos —como el de East-West saudita hacia el mar Rojo o el ducto emiratí a Fujairah, fuera de Ormuz—, Kpler calcula que unos 9 millones de barriles diarios de crudo del Golfo siguen “estructuralmente en riesgo” ante un cierre o ataque significativo en el estrecho, equivalente a 9% de la demanda mundial.
Para los mercados, más volatilidad y menos visibilidad
Desde la óptica de negocios y finanzas, el mensaje de esta nueva fase del conflicto es inequívoco: la política exterior estadounidense bajo Trump vuelve a colocar los riesgos geopolíticos —y en particular, el riesgo Ormuz— en el centro del pricing de activos energéticos y emergentes.
La combinación de una campaña militar anunciada como “masiva y continua”, la voluntad declarada de "aniquilar su armada” y “garantizar que los agentes terroristas de la región ya no puedan desestabilizar la región ni el mundo y atacar a nuestras fuerzas", y un llamado explícito al cambio de régimen en Teherán, eleva la prima de riesgo en un sistema energético que ya operaba con stocks ajustados.
Según los informes de analistas, en los próximos días, la atención de los inversores estará puesta en tres vectores:
Si Irán opta por ataques directos a infraestructura energética -hasta el momento sus misiles se dirigieron a objetivos militares de EE.UU. en la región- o por una estrategia más calibrada de presión sobre el tráfico marítimo.
La capacidad real de Arabia Saudita, EAU y otros productores para sostener exportaciones elevadas sin tensar su propia infraestructura.
La respuesta —o falta de ella— de China, India y otros grandes compradores de crudo del Golfo, que podrían intensificar cobertura de riesgo o presionar diplomáticamente para contener la escalada.
En su mensaje, Trump admitió que “podemos perder y también tener bajas, eso sucede a menudo en la guerra”, pero definió la operación como “una misión noble” hecha “no por el ahora…. sino por nuestro futuro”.
Ese futuro que menciona Trump, más allá de la retórica, hoy tiene un denominador común para empresas y mercados: un mundo con más incertidumbre geopolítica, mayor volatilidad energética y un eje Washington‑Teherán‑Riad que vuelve a ser el principal riesgo sistémico para la economía global.
Fuente: X, Wall Street Journal, Financial Times