En comercio internacional, no toda firma representa un buen acuerdo, ni toda fotografía implica una victoria económica. Ese parece ser el caso del Acuerdo de Comercio Recíproco (ART) entre Ecuador y Estados Unidos. Más que celebrarlo o rechazarlo de forma visceral, corresponde analizarlo con una visión de país: una cosa es fortalecer una relación estratégica con Washington y otra muy distinta es asumir como equilibrado un instrumento que, en la práctica, resulta más funcional para la potencia que para la parte más pequeña de la negociación.
No estamos ante un tratado de libre comercio estructurado bajo una lógica de reciprocidad real, donde ambas partes amplían el acceso a sus mercados en condiciones comparables. Por el contrario, el ART libera apenas una fracción de los productos ecuatorianos en el mercado estadounidense, mientras que Ecuador abre cerca del 90% de su universo arancelario a las importaciones provenientes de Estados Unidos.
La asimetría se vuelve aún más evidente al analizar los sectores beneficiados. En un intercambio bilateral que bordea los 8.000 millones de dólares, Ecuador obtiene ventajas significativas casi exclusivamente en el sector florícola. Sin embargo, productos estratégicos como el camarón, cuyas exportaciones hacia Estados Unidos alcanzan aproximadamente los 3.000 millones de dólares, no reciben un tratamiento equivalente.
Mientras tanto, Estados Unidos accede a mejores condiciones para una gama mucho más amplia de bienes, incluidos productos cárnicos. Aquí radica el núcleo del problema: no solo compiten productos, compiten estructuras productivas profundamente desiguales. Ecuador no enfrenta a un socio cualquiera, sino a una economía con ventajas sustanciales en escala, tecnología, logística y, además, con sistemas de subsidios directos a sus productores. La analogía de David contra Goliat se queda corta; se trata, más bien, de David frente a un Goliat subsidiado.
Esto no implica, en absoluto, promover una ruptura con Estados Unidos ni alimentar una narrativa de confrontación. La relación bilateral es relevante, tanto en lo económico como en ámbitos como la seguridad regional. Sin embargo, fortalecer una alianza estratégica no debería traducirse en sacrificar empleo, competitividad, calidad del consumo interno o capacidad exportadora.
La solución tampoco pasa por desechar el acuerdo, sino por mejorarlo. Es necesario revisarlo con rigor, corregir sus desbalances, incorporar de manera más decidida a los sectores que sostienen la economía ecuatoriana y avanzar hacia una verdadera reciprocidad. Si se pretende que este instrumento sea útil para el país, aún estamos a tiempo. Pero para ello, una firma no basta: es indispensable negociar mejor. (O)