En Oliva, al sur de la Valencia española, el lunes pasado amaneció con soldados sacando vecinos de casas inundadas, después de que cayeran más de cuatrocientos milímetros de lluvia en una sola noche, lo que Guayaquil recibe en un febrero entero. Durante esas horas nadie preguntó a quién había votado o a qué partido. Para el que estaba encima de la cama esperando que lo bajaran, el otro era alguien a quien sacar del agua, o alguien que podía sacarte.
Esa hora nos queda más cerca de lo que parece. A comienzos de mes el país tenía abiertos más de cien eventos adversos por lluvias en quince provincias, Muisne entre ellos, bajo el agua, y El Niño sigue fortaleciéndose mientras los pronósticos ponen lo peor en noviembre y diciembre. Llegamos a esa prueba sin práctica, y no por falta de aviso sino por la manera en que hemos aprendido a estar en lo público. Hay dos maneras habituales, odiar sin ver y callar sin exigir, y ninguna de las dos sirve cuando sube el agua.
Quien odia sin ver rechaza a alguien por quién es antes de saber qué propone. El ciudadano polarizado no necesita ver al otro, ya sabe quién es. El que calla sin exigir, en cambio, es más difícil de notar, porque tiene opinión y no la convierte en acto público. Pero quien calla no es indiferente, decidió irse de la conversación. El apático sí ve al vecino, incluso lo ayuda, y no construye nada con él porque dejó de creer que sirva.
Hay otras maneras de estar en lo público, aunque la que más nos falta es la más vieja, cooperar con alguien que piensa distinto sin pedirle que cambie de bando. El sociólogo Richard Sennett dice que eso es un oficio, una destreza que se aprende con las manos y se pierde cuando no se usa, y que nos hemos ido descalificando para ella. Al polarizado le cuesta cooperar con quien ya condenó. Al apático, creer que cooperar sirva de algo.
Por eso una catástrofe es la rara ocasión en que eso vuelve a practicarse, y lo es porque no deja elegir con quién. El destino compartido deja las identidades en segundo plano por unas horas y obliga a trabajar al lado de quien sea, con una incondicionalidad que ninguna vida pública normal ofrece.
Valencia lo vivió hace dos años. Más de doscientos muertos, calles que los vecinos limpiaron antes de que llegara nadie, y una cooperación aprendida a la fuerza en una semana. Lo difícil vino después, cuando bajó el agua y volvieron las etiquetas, y es ahí donde tantas cooperaciones comienzan a deshacerse. En Valencia no todas. Dos años después, las asociaciones de víctimas y damnificados siguen juntas, sin partido, negociando ascensores que no funcionan, indemnizaciones sin cerrar y barrancos sin obra, en Bruselas, en Madrid y en cada comisión donde consiguen entrar.
Aquellas horas sin etiqueta son un aprendizaje, y lo que se aprende se pierde si nadie lo repite. En Ecuador el agua va a dejar barrios que se organizaron solos, vecinos que montaron una alerta, gente que limpió un canal por su cuenta, y nada de eso tiene que disolverse cuando salga el sol. Pero el oficio no se le exige solo al vecino. También se les exige a las organizaciones empresariales y gremiales, porque comunicar una crisis no sustituye la capacidad de coordinar respuestas entre intereses distintos.
Se les exige, con más razón, a quienes gobiernan o legislan, desde cualquier silla, y para ellos consiste en algo preciso, tratar la emergencia como un problema que hay que resolver y no como un terreno donde ganar, y sentarse con el adversario que también gobierna. Y a quienes vigilan desde fuera, prensa, veedores o ciudadanos, se les exige lo mismo en su oficio, medir con justicia lo que se hace y lo que no, porque descalificar en bloque es tan poco útil como gobernar sin escuchar.
Pasaron dieciséis meses hasta que dos gobiernos de partidos distintos, el central y el autonómico, se sentaran en Valencia en una mesa formal y permanente que hoy funciona, y coordinan la reconstrucción mientras siguen peleando por quién debió avisar. Esta semana, Pedro Sánchez y Juanfran Pérez Llorca se reunieron en Oliva ante una nueva riada. En Ecuador, las elecciones se adelantaron por El Niño antes de que llegara lo peor de las lluvias. Ya tenía aroma electoral antes de tener agua.
La cooperación política no disuelve las discrepancias ni releva a nadie de responder por sus decisiones. Cooperar con quien piensa distinto es un oficio que se aprende, se entrena y puede perderse por falta de práctica. Valencia sigue practicándolo. Nosotros ya deberíamos saber si de las horas en el agua vamos a conservar la destreza o solo la anécdota. La diferencia no estará en lo que recordemos de la emergencia, sino en lo que hagamos después, si conseguimos que la cooperación forme parte de nuestra cultura política y del funcionamiento de nuestras instituciones, o si permitimos que siga siendo una excepción que, cuando baja el agua, desaparece otra vez.(O)